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miércoles, 17 de julio de 2013

Daniel James: "Cristina hace suyos los peores prejuicios de la clase media sobre los sindicatos"

Entrevista

Por Diego Genoud | Para LA NACION

El historiador británico, estudioso del sindicalismo peronista, analiza las dificultades del kirchnerismo para enfrentar la presión gremial y alerta: "El neoliberalismo no terminó en 2003"

Dice Daniel James que durante muchos años los estudiosos del sindicalismo argentino fueron arqueólogos, encargados de reconstruir un pasado del que sólo quedaban restos sepultados. Tras el estallido de 2001, con la devaluación y el ciclo kirchnerista, el poder gremial recuperó en la Argentina un protagonismo que había perdido y resurgió con muchas de las mismas caras, pero transformado.

James escribió en 1990 Resistencia e integración (reeditado en 2010 por Siglo XXI), el que para muchos es el mejor libro sobre el sindicalismo peronista, resultado de 15 años de trabajo.
De paso por la Argentina, el historiador y sociólogo británico confirma la vigencia de los gremios como factor de poder real. Asiste a los días del paro de La Fraternidad, los zigzagueos del gremialismo en el cierre de listas y el regreso de Camioneros con una huelga nacional.
James afirma que durante diez años el kirchnerismo decidió sellar una alianza de hierro con la ortodoxia sindical, que hoy empieza a hacer agua. "En 2004, había una idea de que el propio Ministerio de Trabajo iba a renovar la vida interna de los sindicatos. Pero nada de eso sucedió. Al fin de cuentas, es un lujo para un gobierno dedicarse a eso, cuando es mucho más sencillo manejarse con un grupo de dirigentes que pueden cumplir con lo acordado", dice. Justo cuando, en la Casa Rosada, algunos vuelven a pensar en exhumar una iniciativa para "democratizar los gremios".
Nacido en Londres hace 65 años, James enseña hoy en la Universidad de Indiana Bloomington y vive en Chicago. Vino a Buenos Aires para terminar un libro sobre la comunidad de Berisso, que está escribiendo junto con la historiadora Mirta Lobato.

En este diálogo, analiza la ruptura de Cristina Fernández de Kirchner con Hugo Moyano, el crimen de Mariano Ferreyra, y habla de la nueva generación de trabajadores que ingresó en el mundo laboral en la última década. Sostiene, además, que "la Argentina neoliberal no dejó de existir en 2003" y advierte sobre los desafíos actuales para las organizaciones sindicales.

-¿Con qué características renace el sindicalismo peronista a partir de 2003?

-El sindicalismo renace de las cenizas. Hay una recuperación importante. Hoy, la tasa de sindicalización en la Argentina anda por el 25 por ciento. Si se compara con los años 70, cuando llegó al 35 por ciento de los trabajadores, es baja. Pero si se compara con lo que sucede a nivel mundial, es una cifra muy impresionante todavía. Inglaterra debe tener un índice de afiliación similar, en Estados Unidos hoy es bajísimo, en Francia históricamente ha sido bajo. Tal vez Alemania sea el único país de Europa que tenga un índice más alto. Pero hay un cambio muy importante en el perfil del movimiento sindical. Después de 10 años, sigue pesando mucho el sector de los trabajadores en negro. Resurgen el Smata y la UOM. Por un lado, es notorio el aumento del peso de los sindicatos estatales, los trabajadores de cuello blanco, algo que ha pasado en otros países. Pero sindicatos como el textil difícilmente recuperen alguna vez la fuerza que tuvieron.

-Desde la muerte de Néstor Kirchner, la relación entre el Gobierno y una parte del sindicalismo se tensó de manera impensada. ¿Cómo ve ese vínculo en este momento en que la Presidenta habla de extorsión y los sindicatos parecen un factor de poder decisivo?

-Diría que el sindicalismo después de 2003 ha regresado a una cierta normalidad. Kirchner hablaba de un país normal. Lo que ha ocurrido es una normalización. Eso implica varias cosas y no todas son buenas para un gobierno. Un movimiento sindical normalizado, por definición, en algún momento va a enfrentarse con los empresarios y también con el gobierno. Es mucho menos manso. De todas formas, la posición de los sindicatos es mucho menos dominante que en los 70. Ya nadie los considera la columna vertebral del movimiento peronista. Eso se ve ahora en las listas electorales de las distintas vertientes del peronismo.

-Moyano rompe con el Gobierno cuando empieza a decir que el sindicalismo debe ser la cabeza del movimiento y que hace falta un trabajador en la Casa Rosada.

-Hay que tomar lo que dice públicamente un dirigente como Moyano con una dosis de distancia. Como pretensión retórica, me parece bien que él lo quiera. Y como forma de negociar, también tiene tu sentido. Después se puede retroceder y negociar. Eso es un buen sindicalista, alguien que sabe maximizar su capacidad de negociación. Tomarlo literalmente, en cambio, puede parecer demasiado ingenuo.

-¿Moyano acertó o se equivocó cuando rompió con el kirchnerismo?


-Cualquier sindicalista sabe que lo que plantee públicamente tendrá una respuesta de la fuerza política que controla el Estado. No puede atacar sin pensar en las consecuencias posibles. El Estado tiene muchas maneras de hacer valer su poder sobre los sindicalistas: las obras sociales, la personería gremial...

-En su libro, usted dice que esa debilidad es una marca de origen del sindicalismo peronista, que llevó a fracasar cualquier intento de autonomía con respecto al Estado.

-En la Argentina, un dirigente tiene que respetar hasta cierto punto las reglas del juego: son claras en cuanto a la injerencia del Estado en los asuntos sindicales. Por eso, alguien como Moyano tiene que adoptar un cierto doble discurso. Él se dio cuenta de que en el Gobierno no lo estaban escuchando -sobre todo con el impuesto a las ganancias, que afecta a su base- y había perdido la influencia que había tenido con Néstor. Pero el Estado puede complicarles la vida hasta a un sindicato muy fuerte como camioneros y a su CGT. De hecho, básicamente el Gobierno ha dividido a los sindicatos en cuatro o cinco centrales.

-¿Coincide con los que comparan a Moyano con el líder de la UOM Augusto Vandor?

-Hay diferencias. Cuando mataron a Vandor, su mujer siguió trabajando en la enfermería de la UOM. Vandor intentó crear una representación sindical política independiente de las directivas de Perón. Moyano también quiere expresar el poder en la esfera política. Pero Vandor tenía mucho más camino libre. En los 60, el peronismo político casi no existía por fuera de Perón.

-Hoy da la sensación de que los dos fracasan en su intento de autonomizarse...

-Habrá que ver si fracasa Moyano, todos dicen eso. No creo que Vandor haya querido reemplazar a Perón, pero sí tener mayor autonomía para negociar con los demás factores de poder. Tampoco Moyano piensa realmente en ser presidente. Pero tiene mucha más capacidad de golpear que Vandor en cierto sentido: controla un sindicato que controla la Argentina. Si no hay camiones, el país para. Su capacidad de presionar al Gobierno es muy grande: la Argentina agroexportadora depende de los camiones.

-¿Cómo ve el discurso de la Presidenta hacia el sindicalismo?


-Es un doble discurso que le ha servido bien hasta un cierto punto. Cuando ella apela a la necesidad de cuidar el modelo, está tocando un tema central para la mayoría de los sindicalistas. Les recuerda que esto es un logro frágil, vulnerable y puede cambiar si este Gobierno, o sea ella, se va. Como discurso, es valedero y tiene su peso. Ahora, cuando tiene que responder a los desafíos del sindicalismo, Cristina hace suyos los peores prejuicios de la clase media argentina sobre los sindicatos: son corruptos, compran dólares, son "grasas". Un taxista alguna vez me dijo: "Ella es importante, porque es la que controla a los negros". Sin embargo, eso no le da resultados en cuanto a la lealtad política de esa clase media que ella busca representar cuando habla así. Un diálogo entre Cristina y los dirigentes sindicales es el choque de dos mundos. Kirchner tenía una capacidad de empatía mayor, me parece a mí, de pensar un poco afuera de sí mismo. Supongo que en estas elecciones, la mayoría de los sectores obreros van a votar por una forma de peronismo. Hasta qué punto van a quedar leales a Cristina, personalmente no sé. Es una incógnita.

-¿Qué características nota en la nueva generación que ingresó en el mundo del trabajo en los últimos diez años?

-En las fábricas, en el mundo del trabajo, al obrero de hoy lo que le importa es si tiene un sindicato fuerte. Para un afiliado que gana 10.000, 20.000 o 25.000 pesos por mes, en algunos casos, si el sindicato mantiene ciertas formas, si siguen funcionando las comisiones internas, las bases sindicales no tienen mucho de qué quejarse. La crítica a la burocracia sindical ha perdido peso. Hoy por lo menos en el discurso público, en lo que puede verse a través de los medios, no tiene la misma carga como símbolo de la subjetividad obrera que existía en los 60 y 70. Mi libro fue un testimonio de eso: intenté recuperar la cultura obrera militante que tenía sus raíces en la propia fábrica.

-Sin embargo, sucede el crimen de Mariano Ferreyra y la condena a Pedraza, un exponente nítido de lo que se llama "burocracia sindical".

-Es cierto. El pescado se pudre por la cabeza. Esto fue posible por la situación terrible de la Argentina neoliberal, que en ciertos aspectos no ha cambiado: la tercerización y el trabajo en negro. Un sindicato que va perdiendo decenas de miles de afiliados mientras los dirigentes crean empresas. Es un ciclo que empieza en los 90, pero se mantuvo en los últimos diez años. Mariano Ferreyra y los muertos de Once son víctimas del mismo sistema, un sistema podrido, donde el Estado alentaba la tercerización. Había mucha plata en juego y mucho que perder si los grupos que integraba Ferreyra lograban lo que querían y entraban en la formalidad laboral. La Argentina neoliberal no dejó de existir en 2003. Hay cambios, no lo dudo, pero tal vez la sorpresa más grande es la condena a Pedraza. Es la primera vez que un dirigente va preso por un crimen. Ahora, ¿esto representa un salto cualitativo ética, moral y políticamente? ¿O se trató simplemente de un exponente del sindicalismo que era indefendible, que se pasó de la raya y tanto la Justicia como el Gobierno se lavaron las manos pensando: "No vamos a poner en riesgo todo por este tipo"? Yo no lo sé. Es una pregunta.

-¿Cómo opera en ese marco el reclamo contra el empleo en negro, que afecta al 35 por ciento de los trabajadores?

-Un reclamo para que entren en el mundo del trabajo millones de trabajadores es hasta cierto sentido clasista. Mantiene un componente importante de reivindicación de clase. A pesar de los avances, aún estamos hablando de esto: que estos sectores sean incorporados para disfrutar de los beneficios del trabajo en blanco, las leyes laborales, la protección, la cobertura de salud, el acceso a una vivienda, ¡trabajar menos! Cualquier burócrata. por más corrompido que sea, tiene que tomar en cuenta la amenaza que representan los sectores del trabajo en negro. La forma de conjurarla es incorporarlos en el sector formal. Pero eso hoy sería revolucionario. Tal vez tengamos que cambiar nuestras categorías analíticas.

-¿Cómo ve el intento de Facundo Moyano de fusionar tradiciones dentro del sindicalismo, cuando dice que reivindica a Rucci y a los 30.000 desaparecidos?

-Es algo todavía muy nuevo. Facundo encarna una doble tensión, la del componente familiar y la del representante sindical que hace política. Tiene antecedentes fuertes en los orígenes del peronismo, en el Partido Laboralista, en Luis Gay y Cipriano Reyes. Ellos decían que en el sindicato siempre iban a tener un límite para resolver los problemas. Ahora, juntar a Rucci con los 30.000 desaparecidos me parece muy sui géneris. Es obvio que él piensa en esto, cuando lo dice está reflejando un fuerte sentido en la clase obrera. Un sentido común. No está inventando esto por su cuenta. Lo novedoso es que reivindica también a los desaparecidos. Es interesante. Los cambios generacionales son difíciles de medir. Puede ser que sea un poco un bicho raro. No sé hasta qué punto su generación en general lo toma en serio. Tampoco sé cómo va a combinar este discurso en el futuro en su carrera política.

-¿Cuáles son los desafíos actuales para el sindicalismo?

-Me parece que es cada vez más importante para los sindicatos trascender la demanda sectorial y ofrecer un análisis sobre el todo. Siento que en la nueva situación es difícil limitarse a luchar por los derechos cotidianos de los afiliados. Siguen siendo lo más importante, sin duda, los salarios, las condiciones de trabajo. Pero, al mismo tiempo, hace falta ofrecer alternativas coherentes en términos de las prioridades sociales. Porque, si no, lo único que ve el público es el caos cotidiano y se desentiende del reclamo. Me refiero a un proyecto alternativo para ofrecer al público sobre el sistema que los contiene, sobre todo cuando se trata de un servicio público. Los docentes, los ferroviarios, los trabajadores del subte, ellos conocen y viven los problemas al pie de la letra. Pero muchas veces el sindicato no los expresa en una visión más amplia o renuncia a pensarlo. Prima el viejo modelo sindical. En el caso de los trenes, esto no da más, especialmente cuando el propio Gobierno intenta culpar a los miembros del sindicato, a los trabajadores, por los accidentes y los muertos. En el último accidente del Sarmiento, me dio la sensación de que se estaba empezando a hablar de los problemas de fondo del sistema. Hace falta un discurso público en ese sentido. En Brasil está apareciendo, finalmente, gracias a lo que está pasando en las calles. Los sindicatos forzosamente comienzan a decir: "Éste es un sistema que nunca tuvo en cuenta las necesidades del público". Pero no estaban en la vanguardia de ese debate. Hizo falta una rebelión en las calles.


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