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lunes, 29 de julio de 2013

Una gobernabilidad mercantilizada

No recomiendo su lectura a quienes coincidan con ser soldados de un/a jefe/a que les dicte todas sus tareas 

(Columna de Luis Tonelli)

Una alternativa al neoliberalismo y al neopopulismo debería ser por una repolitización de la delgada democracia argentina

Si hay pocas cosas que se discuten en la actualidad es que el kirchnerismo forma parte de un fenómeno más amplio, por lo menos continental, caracterizado como el “regreso de la política”. Aparentemente, esta repolitización es evidente: se retira el “mercado” de los territorios que conquistó en los ’90 y es el “Estado” el que vuelve a recuperar su lugar perdido. Por otra parte, se da una activación de movimientos sociales y grupos juveniles que hasta el momento se mantenían al margen de la política.
En esa línea, el Gobierno puede levantar la bandera altamente politizada de la expansión de los derechos civiles y la redistribución del ingreso, así como también la que reclama un nuevo orden internacional. A las que habría que agregar, últimamente, la de la gesta contra las corporaciones, que incluye la reforma de la “corporación judicial” y hasta el pedido de reforma de la Constitución “neoliberal” (sic) de 1994.

Sin embargo, esa hiperpolitización del kirchnerismo, denunciada por sus enemigos, desde una mirada un tanto más desapasionada y técnica parece brillar por su ausencia en lo atinente a su lógica gubernativa, al tipo de gobernabilidad kirchnerista. Una gobernabilidad politizada en sentido estricto entraría en contradicción con dos elementos centrales del tipo de acción gubernativa que el kirchnerismo ha exhibido en estos años en el poder: por un lado, la ausencia proverbial de una organización formal política propia que genere una jerarquía de posiciones que gocen de una cierta autonomía relativa.

Por otro lado, e íntimamente conectada con lo anterior, ciertas instancias de discusión y diálogo colectivo de las decisiones políticas. Más aún, en términos un tanto más estrictos, el kirchnerismo siquiera representa un avance significativo del Estado (que hoy adolece de la ausencia de cuadros técnicos idóneos, y los pocos que quedan están absolutamente radiados de las decisiones importantes).

En realidad, el kirchnerismo representa el ascenso y avance sobre la sociedad de un “gubernatismo” centrado en el ejercicio implacable del poder por parte de una pequeña camarilla (ayudado por los medios técnicos que hoy permiten recaudar información sensible en tiempo real). Algunos dirán que el verticalismo kirchnerista es hijo dilecto del verticalismo peronista, del que es su expresión contemporánea (ADN que evidencia su genética militar) y que, por lo tanto, cuando en el movimiento se resuelve la cuestión del liderazgo, simplemente se obedece al conductor. Cierto, pero, por un lado el kirchnerismo parecería más bien una caricatura del orden jerárquico peronista, ya que hasta el carismático Perón escuchaba y negociaba con los jerarcas del movimiento y, por el otro, esto no niega de ninguna manera que el verticalismo decisionista y frío del kirchnerismo se encuentre en los antípodas de lo que una politización tout court debiera implicar.

La del kirchnerismo es, entonces, una gobernabilidad construida enteramente, para decirlo en las palabras de su fundador, en términos de “cash y expectativas”. O sea, “dinero” para los “jugadores” en el poder real y “palabras” para los “interpretes” y “minorías militantes” en el campo virtual. Es en el terreno de las “palabras” en el que el kirchnerismo librará una gesta contra los “poderes antipopulares”; en el de los “hechos”, constituirá acuerdos transitorios con los poderes del establishment político y económico nacional mientras genera sus propios poderes corporativos, tan o más antidemocráticos que los del “establishment”.

Un punto importante es que esas corporaciones no son integradas en el aparato estatal, como en la época del populismo clásico, si no que pasan a formar parte de un poderoso esquema de “poder privado” (definido por Roberto Lavagna como “capitalismo de amigos”). En esencia, se trata de una “gobernabilidad” basada en la mercantilización de las relaciones políticas antes que una “gobernabilidad” basada en la construcción política.

Por cierto, el último gran intento de generar una “gobernabilidad política” fue el de Raúl Alfonsín. La del menemismo inaugura la era de la “gobernabilidad mercantilizada mercadocéntrica”, o sea, la de una aceptación plena y genuflexa de las corporaciones del establishment (y una cooptación de la dirigencia sindical previo sacrificio de sus dirigidos en el “altar neoliberal”). La gobernabilidad kirchnerista también se encuentra mercantilizada, pero en un contexto de abundancia inédita de recursos estatales, al contrario del contexto de escasez en el que operó el menemismo, pero en ambas gobernabilidades lo que impera es el tráfico de recursos económicos antes que la construcción organizativa e institucional política. Y la llegada del tiempo electoral pone en evindecia esta configuración común: en el kirchnerismo se impone la conformación del “partido de los que gobiernan”, provengan políticamente de donde provinieren, así como Menem hablaba de la “liga de los ganadores”.

Si algo resalta en estas elecciones es el escaso protagonismo en las listas oficialistas de los miembros de Unidos y Organizados y de los movimientos sociales, o sea, lo nuevo y más dinámico de la política kirchnerista, que tuvieron que ceder lugar a sus políticos históricos y al de los dueños del territorio. Y eso, a pesar de la supervisión y veto sobre todas las listas desde lo más alto del Gobierno Nacional.

Por supuesto que las diferencias de la política pública del menemismo y del kirchnerismo aparecen como polares. ¿Pero hubiera hecho el menemismo algo esencialmente distinto del kirchnerismo de haber asumido en los 2000? ¿Hubiera hecho el kirchnerismo algo esencialmente distinto del menemismo de haber gobernado en los ‘90? La postura tanto del gobernador Menem bajo el alfonsinismo como del gobernador Kirchner bajo el menemismo nos da pistas contundentes sobre la adaptabilidad ideológica de ambos políticos.

Neoliberalismo y populismo coinciden así esencialmente en su efecto despolitizador: en uno, por el imperio de un relato de preeminencia del mercado, pero el dominio efectivo de los oligopolios y los centros financieros internacionales, con compensación económica para los políticos integrantes de la coalición; en el otro, por un relato de preeminencia de un Estado que brega por el bien público pero, en realidad, manda un grupo gubernativo con una capacidad recaudadora inédita en la Historia Argentina y que impone un férreo verticalismo con el dinero público como disciplinador.

Una alternativa al neoliberalismo y al neopopulismo debería ser obligatoriamente por una verdadera repolitización de nuestra delgada democracia, en la forma de una recuperación de los espacios horizontales de negociación y del fortalecimiento de los actores colectivos representativos. En la generación de una nueva dinámica federal en las relaciones intergubernativas que aliente el desarrollo y la autonomía. En la revitalización de los partidos políticos, en momentos en que comenzamos a darnos cuenta de que su ausencia nos condena a una democracia tan delgada como la pantalla plana en la que impúdicamente se refleja.

Fuente : El Estadista  

 

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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