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sábado, 21 de septiembre de 2013

Kirchnerismo: Construcción de hegemonía y carácter de clase

Para comprender el gobierno kirchnerista es preciso diferenciar su sentido de totalidad de las medidas puntuales. En términos estratégicos, el kirchnerismo -por su capacidad de acomodarse como clase política para poder gobernar- también es producto del argentinazo del año 2001. El ciclo de luchas de la resistencia al neoliberalismo, que se solapó con el agotamiento objetivo de los esquemas de acumulación entonces vigentes, impuso nuevas condiciones para la reproducción del capitalismo argentino. El cambio de la correlación de fuerzas forzó una modificación de la forma de Estado que pudiera garantizar el compromiso entre clases. El kirchnerismo logró (si bien sobre bases objetivas no completamente sólidas) hacer aparecer la reproducción del capitalismo como fundamento de la reproducción de todas las clases sociales, relanzando el rol del Estado como árbitro entre los distintos sectores sociales. La construcción de hegemonía por parte del gobierno modificó la manera como el Estado se presenta al conjunto de los trabajadores y el pueblo: ya no como un agente inmediato del capital, sino como el asegurador de un acuerdo tenso, pero palpable entre las clases.

Lo anterior nos exige analizar cada acto de gobierno en función de su sentido de totalidad. Es preciso comprender los vaivenes a izquierda y derecha característicos del ciclo kirchnerista como parte de la respuesta de un sector del PJ que, como es usual, hace una lectura realista del momento histórico en la que visualiza la necesidad de un Estado con cierta presencia para garantizar el proceso de acumulación, y que debe restituir ciertos derechos y propiciar mejoras concretas en las condiciones de vida, con el objetivo de desactivar la movilización y consolidar un grado de hegemonía importante sobre las clases subalternas. Aún si muchas de las medidas progresistas propiciadas por el gobierno deben ser apoyadas desde la izquierda (rechazo del ALCA, alejamiento de EEUU y estrategia de articulación continental, parcial estatización de YPF, re-estatización del sistema previsional y eliminación de las AFJP, Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, creación de nuevos programas como la Asignación Universal por Hijo y aumento de pensiones no contributivas, -aunque escasos e incompletos- juicios a genocidas, matrimonio igualitario, por nombrar algunas), resulta indispensable no perder el horizonte estratégico anticapitalista y clasista, y sostener una delimitación clara con respecto al sentido de totalidad de las acciones de gobierno.

Como parte de esta construcción hegemónica se priorizó una gran politización de la escena pública y de los actos de gobierno. Esto permitió revertir el sentido común “noventista” de rechazo de lo político como tal. A la vez este espíritu litigioso del gobierno K avivó las simpatías y entusiasmos de amplias franjas del progresismo e incluso de parte de la izquierda.

Todo lo anterior se realizó en un cuadro nacional de gran liquidez fiscal -aumentaron las reservas de manera impresionante-, en una situación internacional favorable y donde varios factores (como la devaluación del peso acometida por Duhalde) facilitaron el crecimiento y “oxigenación” económica “a tasas chinas”, crecimiento basado en la exportación de materias primas con poco valor agregado, sobre todo exportación agrícola.

Hacia 2008 se comienza a vislumbrar una nueva crisis internacional que incide en el crecimiento argentino, socavando seriamente los pilares económicos de la lógica política del gobierno. En este marco se avanza con el intento de aumento a las retenciones a la exportación de soja. La alianza de la clase dominante durante la primer etapa del kirchnerismo se empieza a resquebrajar y quienes primero desertan son las patronales agrarias, enfurecidas por el intento de aplicación de la disposición 125.
Nada de lo anterior resulta una novedad en la historia política nacional: Argentina es un país periférico, situado en la división internacional del trabajo fundamentalmente como proveedor de materias primas, que a la vez ha desarrollado históricamente grados importantes de industrialización, orientada sobre todo al abastecimiento del mercado interno y la elaboración de manufacturas de origen agrario. La industrialización local se basa en su mayor medida en la elaboración de materias primas para alimentos y en el ensamblaje de material importado, presentando una gran dependencia estructural respecto a agentes económicos transnacionales.

Dos son las bases principales de acumulación de capital en Argentina: como es propio de toda economía capitalista, la explotación de la fuerza de trabajo, a la que se suma la renta agraria. La producción agraria posee condiciones naturales excepcionales, que permiten un gran rendimiento del suelo. Esta gran productividad con bajos costos representa una “renta diferencial” que es históricamente disputada en Argentina porque no afecta la normal reproducción del capital sino que viene a ser una “ganancia extra”. La pelea por la 125 fue un capítulo más de la disputa, reiterada a lo largo del siglo XX, por la renta agraria argentina.

Tras los golpes sufridos en 2009 (incluyendo la derrota electoral del propio Néstor Kirchner a manos de Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires), el equipo político oficialista logra retomar la iniciativa política a partir de algunas de las medidas populares anteriormente enumeradas, las cuales fueron acompañadas de la profundización de un discurso “politicista” de confrontación entre modelos de país. Ello les permite reinstalarse como la principal fuerza política argentina (frente a una oposición de derecha desarticulada) y ganar las elecciones presidenciales de 2011 con un caudal de votos impresionante.

Así llegamos a las condiciones actuales. El escenario político configurado tras las PASO, sobre todo a la luz de la disputa central librada en la provincia de Buenos Aires, parece señalar cierto agotamiento de la fuerza electoral del gobierno kirchnerista. Aún cuando el oficialismo continúa siendo la primera y casi única fuerza con presencia nacional real, sus números han quedado muy lejos del 54% obtenido por Cristina Fernández en 2011. Las condiciones, asimismo, son diferentes de las de 2009, y parece más improbable que asistamos a un nuevo gobierno kirchnerista por dos razones:

1- En las legislativas de 2009 Kirchner perdió contra un candidato, De Narváez, que si bien era peronista provenía de un proyecto político completamente ajeno al kirchnerismo, con lo cual la derrota no implicaba el socavamiento de la base electoral oficialista. En cambio, Sergio Massa participó activamente del kirchnerismo como ciclo político-económico (desde la ANSES, desde la jefatura de gabinete y desde la intendencia de Tigre) y su propuesta está seduciendo a una creciente masa de votantes, intendentes y funcionarios, muchos de ellos de pasado duhaldista, hasta hace muy poco embanderados detrás de CFK. La sucesión del kirchnerismo se disputa en el frente interno peronista, se dé o no en los marcos jurídicos del PJ.

2- En 2009 el oficialismo ya sabía que su candidato presidencial para 2011 sería un Kirchner, con lo que se delineaba una clara línea de continuidad hacia el futuro. Hoy todo parece apuntar a que el candidato de CFK para el 2015 será Daniel Scioli, quien, a pesar de que acompañó todo el ciclo del kirchnerismo, siempre fue mirado con recelo por la propia militancia kirchnerista: Scioli pareció siempre el candidato del consenso entre el oficialismo y sus opositores. Aún si en 2015 tiene la venia oficialista, Scioli no será un candidato kirchnerista sino que implicará el fin del ciclo de gobierno K y su transición hacia una forma que de momento no parece muy distinta a la que propone el duhaldismo reciclado que encabeza Massa, la liga de gobernadores justicialista, o el peronismo federal.

Massa (opositor) y Scioli (oficialista), son actores políticos con un papel semejante: ambos vienen a señalar el fin del gobierno kirchnerista pero abrazados a un discurso que señala la “continuidad con cambios” del ciclo político-económico iniciado en 2003. En efecto, para ninguno de ellos está en cuestión la actual matriz económica centrada en los agro-negocios, el extractivismo y sus manufacturas derivadas (pensados de cara a la exportación), y en una industrialización moderada pensada sólo de cara al consumo interno y subsidiaria de grupos transnacionales. Tanto Massa como Scioli, en lugar de exponer interés en modificar el modelo de país, centran sus discursos en la gestión, es decir, en la gerencia de los recursos estatales, o dicho de otra forma, en la administración de lo existente. En ese sentido, mientras el gobierno de CFK ha tenido cierta capacidad para atender a demandas sociales (en educación, salud, vivienda e ingresos) a las que se ha respondido con un robustecimiento de las funciones estatales, cabe esperar que eventuales gobiernos de Massa y Scioli, en nombre de la necesidad de sanear las cuentas estatales, construyan un estilo de gestión más indiferente a las necesidades de los sectores populares.

Este vuelco se enmarca, a la vez, en las necesidades del ciclo económico y de la lucha de clases.
Por un lado, la desaceleración del crecimiento desde 2009 hace sentir las limitaciones estructurales de la economía periférica argentina (que en sus 10 años de gobierno el kirchnerismo no revirtió). A la vez, la propia construcción de hegemonía por parte del oficialismo nos pone en una situación muy distinta de la de 2003, cuando el recuerdo fresco del argentinazo todavía asustaba a la clase dominante y exigía la imposición de otras condiciones para garantizar el consenso. Los resortes objetivos del período kirchnerista, en términos de patrones de acumulación de capital y de negociación entre clases, se han horadado significativamente en los últimos años. Si bien el equipo de gobierno del oficialismo es sumamente ingenioso y audaz, tenemos que considerar la posibilidad de que esta “década dorada” del crecimiento con consenso de clases se esté agotando. De 2015 en adelante (o incluso antes) es probable que nos encontremos cada vez más con un Estado más decidida y abiertamente represivo (incluso haciendo de esa faz su discurso de cabecera), menos permeable a los intereses populares, y al que debamos enfrentar en luchas callejeras. Cuando las limitaciones estructurales del ciclo capitalista aprieten y los márgenes de construcción hegemónica de la burguesía se debiliten, los órganos de poder popular construidos pacientemente en estos años no sólo serán un reaseguro estratégico, sino también una herramienta de lucha prioritaria.

En los años venideros, probablemente, las líneas de acumulación política del pueblo trabajador pasen por la articulación entre luchas callejeras sostenidas desde la creación de poder popular en los barrios y sindicatos, y la disputa cultural y política que logre viabilizar y visibilizar un proyecto integral, anticapitalista y antiimperialista, de y para el pueblo trabajador.

1 comentario:

Erkekjetter Silenoz dijo...

"varios factores (como la devaluación del peso acometida por Duhalde) facilitaron el crecimiento y “oxigenación” económica “a tasas chinas”"

Una aclaración por que si no se cae en el discursito típico de la derecha que, se supone, una izquierda anticapitalista, anti imperialista y demás no debería tener:

La posibilidad de crecimiento no se debió exclusivamente a la devaluación.
Con un cuarto de desocupación y el 50 o más de informalidad no hubo posibilidad de espiral inflacionaria (como el Rodrigazo entre otros) cosa que sí podría pasar hoy por la baja "reserva de trabajadores"

Por otro lado, si el P en alguna variante sigue en el 2015, olvídense de anti capitalismo, a pesar que asuma el más ferviente k de paladar negro y surgido del dedazo.

Consecuencia, seguirán los motivos que requieran una revolución

Saludos

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Politica Obrera

Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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