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lunes, 16 de septiembre de 2013

Las balas de plomo y las balas de tinta

A 58 años de la revolución fusiladora

Por:  Alejandro Horowicz

"Ni las balas de plomo derrocaron al general Juan Domingo Perón, ni existen balas de tinta, ni, en caso de existir, podrían destituir gobiernos. Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955. Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo."
"Las 'balas de tinta' no matan ni hieren,

ni mucho menos derrocan gobiernos.

Esos proyectiles sólo informan, analizan, investigan y critican."

La Nación, 2 de septiembre de 2013

Dos afirmaciones merecen particular atención: "Las balas de tinta no matan ni hieren, ni mucho menos derrocan gobiernos", la primera. "Ni las balas de plomo derrocaron al general Juan Domingo Perón", la segunda. No es preciso compartir ninguna de ambas para comprender su inconsistencia lógica. Si aceptamos que las balas de tinta no matan ni hieren, resulta complicado admitir que la balas de plomo tampoco derrocaron al General Juan Domingo Perón. Suponer que unas sean inocuas, las de tinta, equivale a contraponerlas a las de plomo que obviamente no lo son. Ahora bien, sostener que el derrocamiento del gobierno legal en septiembre de 1955 no constituyó un acto de fuerza, resulta excesivo hasta para La Nación.

Vale la pena reconsiderar los "argumentos". Hasta el editorialista de La Nación admite que las balas de tinta "forman opinión", es decir existen. David Hume (1711 – 1776) observó "la facilidad con que las mayorías son gobernadas por las minorías" y que es precisamente "la opinión", mejor dicho su conformación, la que permite que esa "maravilla" suceda. Por tanto termina sosteniendo que básicamente la opinión "funda el gobierno". Este editorial no pareciera contradecir a Hume. Y aunque no lo sostiene taxativamente sugiere que el general Perón cayó cuando "la opinión" dejó de acompañarlo. Claro que transformarla en una pilita de palabras, en una pura representación lingüística, carente de toda eficacia ideológica, sirve para exculparse de cualquier responsabilidad directa. Esto es lo que intenta hacer retrospectivamente La Nación, de modo que su papel quede reducido a investigar, analizar y criticar. Vale decir, la "decisión" política de derrocar el gobierno mayoritario, el 16 de septiembre de 1955, no implica también a la dirección del diario de los Mitre. Cuidado, conviene no exagerar, Carlos Marx (1818 -1883) distinguía perfectamente entre las "armas de la crítica y la crítica de las armas". Pero esta distinción no supone construir una barrera china entre ambas. Al punto que William Pitt (1758 – 1806), "el joven", jefe del gobierno conservador británico, caracterizó los ejércitos de la Revolución Francesa de "opinión armada". Eso es hablar claro, la opinión gaseosa sostiene la moral de los que empuñan el fusil, y la opinión cristalizada empuja a la dirección armada en pos de una nueva "opinión pública".

Ahora una pregunta se impone: ¿Cómo se preparó septiembre de 1955?
Robert Potash nos recuerda que en 1954 la Marina elaboró el Plan Alcazar. Puerto Belgrano debía estar preparado para resistir ataques por tierra y aire hasta que la flota de guerra estuviera en condiciones de bloquear el Río de la Plata. Eso fue lo que terminó haciendo el almirante Isaac Rojas en el '55. La Marina, primera pieza del dispositivo golpista, estaba lista.
El 16 de junio el vicealmirante Toranzo Calderón se insurreccionó sin obtener el respaldo de la fuerza. Cinco días antes toda "la oposición" marchaba bajo las banderas vaticanas en la conmemoración de Corpus Christi. El gobierno reprimió y el 14 la CGT convoca al paro general. Los bombardeos de Plaza de Mayo del 16, a resultas del levantamiento de la Marina, se transforman en la verdadera respuesta opositora. Aunque nadie se suma, y queda claro el fracaso de la intentona a las 18:15 horas (35 minutos antes se había rendido el comando revolucionario) se produce el último y masivo bombardeo de Plaza de Mayo, con cientos de víctimas civiles. Un bombardeo pedagógico anticipa la política de masacre. Las balas de plomo sostuvieron las balas de tinta.

La respuesta popular fue clara. Responsabilizó a la Iglesia Católica de los bombardeos. Una docena de templos fueron incendiados esa misma noche. La biblioteca eclesiástica de 80 mil volúmenes ardió en medio de cánticos virulentamente anticlericales. Al día siguiente Perón no refrenda la iniciativa popular. Sostiene en el acto: "Nosotros no estamos predicando la lucha ni la guerra, estamos predicando la paz." Es decir, frente a la masacre pedagógica de la Marina, y la respuesta defensiva de la multitud, la capitulación discursiva del gobierno.

El Ejército aún estaba inmóvil. El paso de la oficialidad al gorilismo activo requirió dos tiempos. En el primero, caía Perón; en el segundo, la ciudadanía política de los trabajadores. El gobierno peronista pretende quitar apoyatura civil a la intentona militar y convoca a la pacificación. La postura de la UCR resultaba decisiva. Por cadena nacional Arturo Frondizi la rechaza. Las balas de tinta remiten a las de plomo si Perón no renuncia. Antes, el gobierno había convocado a una Constituyente para separar la Iglesia del Estado, mientras trata de negociar con la jerarquía eclesiástica. La pacificación había fracasado y el presidente intenta un bluf a escala gigantesca: aterrorizar verbalmente con el espectro de la guerra civil.

El 31 de agosto ofrece su retiro. Tanto el PJ como la CGT convocan a una movilización para que el general reconsidere su postura. Desde el histórico balcón Perón ruge: "Y por cada uno de nosotros que caiga caerán cinco de ellos." La amenaza al no articular ningún dispositivo político deviene fórmula irresponsable. El 7 de septiembre la CGT ofreció sus 6 millones de afiliados al ministro de Guerra. Franklin Lucero, como todos esperaban, rechazó las milicias obreras. La víctima de la martingala no era el Estado Mayor sino los trabajadores de a pie. El gobierno ahora depende exclusivamente de la decisión de los oficiales superiores del Ejército.

El 16 de septiembre del '55 el general retirado Eduardo Lonardi ingresa clandestinamente en la Escuela de Artillería de Córdoba. Y siete días más tarde este oficial sin mando de tropa, sin un programa previamente acordado con sus camaradas ni con los partidos golpistas, asciende a la presidencia mediante la ejecución de un golpe de Estado exitoso. La hazaña no es pequeña. Máxime, si para lograrlo fue preciso dar vuelta el Ejército como una media. Traspasar la muralla de ruido informativo uniformemente adicta y oficial, y neutralizar al movimiento obrero que tres semanas antes se había movilizado bajo el 5 por 1 y contra la renuncia presidencial. O la hazaña de Lonardi resulta épica o el desmoronamiento del gobierno guarda cierta independencia de las pequeñas escaramuzas que victoriosamente libró el cruzado católico.  

A mi juicio la primera clave del derrocamiento del General Perón, de la derrota del primer peronismo, está determinada por su incapacidad para luchar y vencer fuera del hemiciclo parlamentario, su inepcia para combatir exitosamente en la lucha de calles. Conviene no equivocarse, en el '55 el gobierno contaba inicialmente con la mayoría de las FF AA, y la mayoría de la ciudadanía. Y ambas mayorías no impidieron su derrota. La soledad militar de Lonardi no admite prueba en contra, y el impacto del voto peronista tampoco. Basta recordar que el triunfo de la Libertadora se terminó transformando en proscripción electoral del peronismo, y que durante 17 años ese orden político logró sobrevivir. Y por último, que el regreso del General a la patria, el 17 de noviembre de 1972, no permitió que en las elecciones del 11 de marzo del '73 Perón fuera candidato presidencial. Entonces, denunciar el comportamiento de los enemigos de los proyectos de transformación política tiene sentido, cuando se está dispuesto a resolver las falencias de la estrategia popular. Sin admitir esta debilidad fundante la victoria termina siendo una fantasía reaccionaria. 

Fuente: Tiempo Argentino

2 comentarios:

Mariano T. dijo...

Pero las balas de tinta eran todas a favor de Peron. Es una prueba de que no son ni suficientes, ni necesarias.

Javier dijo...

De acuerdo en los ultimos años se ha exagerado la influencioa mediatica y subestimado la inteligencia de los argentinos en muchisimas oportunidades

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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