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lunes, 7 de octubre de 2013

Dificultades auditivas, rasgos confusos y crisis

La salud presidencial

Por:   Alejandro Horowicz

 "Pero puedo afirmar que aquellos grandes oradores se aburrían mucho escuchándose unos a otros, y, lo que es peor, la nación entera se aburría también al oírles."  
Alexis de Tocqueville 
La política argentina es cristinodependiente, y no tiene grandes oradores. La peligrosa centralidad de su figura retrata la intensidad de la crisis. Claro que este signo no es meramente local, se puede registrar en el escenario norteamericano y también en Europa. Los nombres propios de la política, los electos para decidir, son un puñadito. En ese pequeño pelotón milita Cristina. Y el sábado pasado un ramalazo de esa crisis  volvió a golpear acá. 
La internación de la presidenta en la Fundación Favaloro y el dictamen médico posterior, "colección subdural crónica", alteraron el tablero político; la "normalidad" argentina –no la que postula Hermes Binner– volvió a subrayar la fragilidad sistémica; a nadie se le escapa que el cuadro clínico, anunciado en monocorde parte de prensa, advierte que Cristina Fernández no participará en el último tramo del proceso electoral.  El asunto del "cuánto afecta", si la dolencia supone mayor o menor empatía entre la sociedad y Cristina, en rigor de verdad contiene el lado obvio del problema; la pregunta pesada es otra: ¿qué sucederá el día 31, cuando concluya el reposo? ¿Cristina continuará?
En la Argentina se hace política a favor o en contra. En el '51 la contra aulló: "Viva el cáncer". ¿Leeremos en alguna pared de Recoleta  "viva la colección subdural crónica"? Algo queda claro: hacer política no es gratis. No se reduce a leer encuestas. El rango del conflicto impide sustraer el cuerpo; tanto la televisión, como el dolor personal, caen en la redada, al menos en un extremo del arco. En el otro, miles y miles de fieles marchan a Luján pidiendo un milagro.  La política nacional no ofrece ningún milagro, y por tanto se debate entre una manifiesta incredulidad, el grado de abismado desinterés de la compacta mayoría, y la obstinación de los profesionales. 
UNA HISTORIA TRÁGICA.
 En la década del '70 se trataba de otra cosa. La democracia de los militantes sintetizaba las expectativas colectivas. Se movían de a millones, y  no a Luján precisamente. El milagro era la militancia, la voluntad de cambiar protagónicamente la sociedad y el mundo. 30 mil militantes desaparecidos nos recuerdan esa derrota.  La militancia era una forma de hacer política, hace mucho que no es así. No se trata de ignorar que todavía existen militantes, tampoco se trata de obviar que el modelo imperante pasa por el funcionario eficaz. La profesionalización de la política es el dato relevante.
En el '83, con la victoria electoral de Raúl Alfonsín, la movilización remitía al derecho a peticionar. Los ciudadanos, tras la dictadura burguesa terrorista, vuelven a tener derechos y los ejercen; las autoridades de aplicación, por su parte,  deciden la pertinencia de sus reclamos, y, sobre todo, los instrumentos que los viabilizan. Los tiempos de esa política pasaron a regularse por los de la administración pública, y pocos ignoran que la burocracia no sólo es banal e insensible, además disfruta de su parsimoniosa lentitud. Exhibe poder  acelerando o no cualquier trámite. Mientras tanto, los ciudadanos aguardan. 
El enorme caudal político que el alfonsinismo contuvo, el modo en que afectó a las demás fuerzas políticas, hoy casi resulta impensable. La confianza en la potencia democrática, en la necesidad de refundar la política, hizo de la fórmula "consenso" la nueva estrella del firmamento conceptual. Y claro, el consenso democrático se contrapuso al antidemocrático. Es decir, al mesianismo minoritario de la izquierda radicalizada, y a todo lo que oliera a uniforme y charreteras. Los dos demonios. Los militares eran la esencia misma del autoritarismo. Cuando esa palabreja fungía como descalificante insulto político. 
La democracia alfonsinista no intentó revisar las dolorosas llagas del pasado inmediato, sino enterrarlas. Con evitar el golpe de Estado, con impedir el temido retorno de las chaquetillas militares, con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, alcanzaba. Y lo demás vendría por añadidura. Entonces vino la hiperinflación y Carlos Saúl Menem (foto), corría el año '89. 
Por cierto Menem había sido el alumno peronista del éxito discursivo alfonsinista: la renovación. La política debía renovarse y los modos anteriores, "autoritarios y anacrónicos", debían quedar definitivamente atrás. En congresos democráticos y con internas abiertas todos serían definitivamente iguales, y el voto de los conciudadanos determinaría quién era candidato a qué. El vaciamiento de la política fue definitivamente garantizado. Lo único que se discutía era quién; un debate que nunca excedió los nombres propios, mientras  el aspecto sustantivo, el programa de transformaciones, se redujo brutalmente: todos desde el poder convocaban siempre a los mismos para hacer lo mismo. Era la democracia de los consumidores.
Eran los años en que Mariano Grondona predicaba sobre la nueva normalidad. Y otra vez  la política tuvo tres tiempos. En el primero se votaba y la mayoría decidía. En el segundo esa estabilidad pasaba a la economía, y la sífilis inflacionaria desaparecía por Convertibilidad, con el fin de la emisión monetaria. Con las privatizaciones, el rol subsidiario del Estado se garantizaba, tanto como la calidad de los servicios públicos. Y la alegría de no tener que esperar una década para conseguir teléfono, se vio cínicamente contrastada: una llamada de Madrid a Buenos Aires, por la misma compañía, era sensiblemente más barata que  el timbrazo Buenos Aires-Madrid. 
Claro que el tercer tiempo pondría fin a la corrupción, ese era todo el flagelo menemista, y por fin los argentinos tendríamos la normalidad del Primer Mundo. Entonces llegó Fernando de la Rúa, corría el año '99. Y según Grondona estábamos por alcanzar el mejor de los mundos: el 2001 finalmente llegó.
LA BRUMOSA ACTUALIDAD. 
Salir del fondo del pozo no resultó sencillo. No pocos se preguntan si realmente terminamos de salir. La pregunta vale, porque ni entramos iguales ni salimos con lo mismo. Trampa, gritan los opositores encendidos, del pozo nos sacó el precio internacional de la soja. Convengamos que el precio sigue más o menos en el mismo lugar, desde hace un rato, y que la situación cambió. Claro, sostiene la Mesa de Enlace, si en lugar de agredir a los productores les facilitaran las cosas, si en lugar de repartijas demagógicas, y capitalismo de amigos se restableciera la normalidad republicana, todo andaría muy bien.
No comparto tan módica visión, pero la despolitizada sociedad argentina en rigor de verdad no sabe qué pensar. En su desarmada sencillez registra el conflicto de intereses, después de todo la política no es otra cosa que laudar en ese escarpado territorio, como una mañosa estratagema de políticos profesionales.  Y mientras tanto, la profesional más importante hace reposo absoluto. Dejemos en manos de especialistas como Nelson Castro el diagnóstico a distancia. No es momento para tanto simplismo existencial. 
La idea institucionalista de la política, no pone el acento en Cristina Fernández. Tal vez en Suiza este punto de vista tenga mayor impacto predictivo. Tengo mis dudas. Acá nadie cree semejante cosa. El resultado electoral, que tiene su importancia, sirve para volver a medir las relaciones de fuerza. Ahora bien, esas relaciones tienen como referencia explícita a Cristina. Si ella no volviera a sentarse en la poltrona de Balcarce 50, el orden político no podrá no pensarse íntegramente de nuevo. La sociedad argentina tiene problemas auditivos, le cuesta detectar el súbito cambio de rango de la crisis. No se trata como algún ingenuo manifestó de un "problema" del oficialismo, sino de una crisis que se devora la dirigencia política, cuando esta dirigencia en su extrema pobreza dispone de muy baja aptitud para el reemplazo eficaz. Para decirlo con una fórmula cara a Alexis de Tocqueville, se trata de los  "rasgos confusos que forman la fisonomía indecisa de mi tiempo".  -
El punto es que a Cristina le quedan dos años y si ella no fuera capaz de gobernar se adelantarian los tiempos directo a 2015 . La eleccion dentro de 20 dias basicamente va a dejar el escenario de quienes vienen acotada y acabada esta etapa y dejan en duda los 2 años que restan del mandato y quien paga los costos del ajuste de las cuentas  La interna del PJ pasa justamente por ver quien paga el costo , si lo paga Cristina o le deja la bomba al siguiente presidente tal como en su momento hizo Menem o se anima a hacer una violenta reforma impositiva o tomar el control del comercio exterior

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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