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domingo, 10 de noviembre de 2013

El movimiento obrero: primeras ideologías y organizaciones

El movimiento obrero: primeras ideologías y organizacionesPor Ezequiel Adamovsky


Nueva entrega de los Fragmentos de historia popular*.
Aquí, una descripción sobre las principales corrientes ideológicas y organizaciones gremiales de los trabajadores argentinos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.


El movimiento obrero nació fuertemente animado por una visión clasista y anticapitalista. En el capitalismo estaba el origen de los padecimientos del ahora y, para ponerles fin, sería necesario reemplazarlo por otra forma más igualitaria de organización de la sociedad. La lucha de clases era fundamental no sólo para mejorar las condiciones materiales de vida, sino para llegar a ese cambio revolucionario que muchos anhelaban.
Más allá de este principio general, sin embargo, comenzaban los desacuerdos. ¿De qué manera organizarse para potenciar la lucha? ¿Con quiénes convenía que se aliaran políticamente los obreros? ¿Cómo había que vincularse con el Estado? El movimiento obrero fue desarrollando en estos años diferentes respuestas a estas preguntas.

El conocimiento de las experiencias que venía habiendo en Europa fue fundamental. En el último tercio del siglo XIX ya circulaban febrilmente las ideas de pensadores y activistas de las diversas tendencias que había en el viejo continente. No todas habían llegado de la mano de los inmigrantes: un periódico afroporteño, por ejemplo, estuvo entre los primeros en difundir nociones del socialismo europeo en Argentina. Aunque las ideas socialistas predominaron en los primeros años, fueron las del anarquismo las que pronto alcanzaron la mayor influencia.

El primer grupo de esa orientación funcionó en Buenos Aires ya en la segunda mitad de la década de 1870 y en 1879 apareció el primer periódico, El Descamisado. Argentina pronto llegaría a tener uno de los movimientos anarquistas más poderosos del mundo. Su influjo dentro del movimiento obrero fue hegemónico y llegó a su pico máximo en 1910, luego del cual fue perdiendo lugar hasta casi desaparecer en los años cuarenta.

Inspirados en las doctrinas de Bakunin, Kropotkin, Malatesta y otros, los anarquistas no eran un partido ni un grupo unificado, sino más bien un movimiento federativo laxo y descentralizado, compuesto de agrupamientos que podían tener posturas bien diferentes. Detestaban las jerarquías en todas sus formas y se preocupaban no sólo por la explotación de los trabajadores, sino por cualquier forma de opresión, incluyendo la de las mujeres bajo el mando patriarcal. Eran ante todo convencidos antiestatistas.

Los obreros, para ellos, no tenían nada que hacer en el ámbito de la política y del Estado, a los que consideraban invenciones de la clase dominante sin otro fin que el de asegurar la opresión. Ni las elecciones ni las reformas les interesaban en absoluto. Apostaban en cambio a la autoemancipación a través de la educación, a la acción directa y a la organización sindical autónoma (aunque un grupo minoritario de “individualistas” rechazaba cualquier forma de organización centralizada, incluso las gremiales). Su confianza en la fraternidad de los obreros más allá de sus diferencias nacionales les permitía aprovecharlas para organizar a los trabajadores de acuerdo a su procedencia o su lengua. Sólo sindicatos autónomos podrían llegar a propiciar una huelga general revolucionaria capaz de derribar la podredumbre del Estado y de los capitalistas de un solo golpe y fundar las bases de una sociedad de productores libres e iguales. Una minoría de los grupos utilizaba también métodos considerados terroristas, como atentados con bombas contra personajes o edificios emblemáticos del mundo de los poderosos. La mayoría, sin embargo, rechazaba tales métodos.

Desde fines del siglo XIX también venía organizándose una corriente socialista, en la que emigrados franceses, italianos y sobre todo alemanes tuvieron un papel de primer orden. A diferencia de los anarquistas, los socialistas creían que había que organizarse en un partido centralizado, capaz de llevar representantes de los obreros al congreso y presionar así por una mayor democratización y por reformas que mejoraran sus condiciones de vida y les otorgaran mayores derechos. Esperaban que estas reformas condujeran gradualmente hacia una sociedad socialista. Aceptando las reglas del juego político, estuvieron en general en contra de medidas como la huelga general revolucionaria, que consideraban contraproducentes.

Hacia 1893 comenzaron en Buenos Aires conversaciones entre núcleos sindicales y algunas figuras no obreras, como el médico Juan B. Justo, para la creación de un partido. El Partido Socialista (PS) quedaría oficialmente constituido dos años después, con Justo como su líder máximo, quien le imprimió un talante moderado que no compartían otros socialistas de la época. Sus éxitos electorales no se hicieron esperar. En las elecciones de 1904 los votantes del popular barrio de La Boca convirtieron a Alfredo Palacios en el primer diputado socialista de América. Dentro del movimiento sindical tuvieron también su influencia. Inicialmente cooperaron con los anarquistas, pero pronto compitieron para organizar una central propia. Así, mientras la FORA permanecía en manos de los primeros, el PS propició una Unión General de Trabajadores (UGT) en 1903.

Sin embargo, sería una tercera corriente la que iría ganando el mayor peso dentro del movimiento obrero, especialmente luego de 1910. Se la conoció entonces con el nombre de “sindicalismo revolucionario” y más tarde simplemente “sindicalismo”. Había surgido de las filas del PS, cuestionando su orientación reformista y su descuido del trabajo sindical. Como los anarquistas, rechazaban la participación de los obreros en la alta política y creían en la independencia de clase. Pero a diferencia de ellos, priorizaban por sobre todo la unidad del movimiento, por lo que solían evitar la organización sobre bases étnicas y cualquier adhesión a doctrinas que pudiera causar divisionismo. Les importaba especialmente consolidar las estructuras sindicales y promover acciones coordinadas y bien planificadas (a diferencia de muchos anarquistas, que confiaban en el “espontaneísmo”). Aunque al principio rechazaban cualquier contacto con el Estado, fueron flexibilizando sus posturas y acostumbrándose a negociar con él mejoras y reformas puntuales.

La tendencia sindicalista pronto desplazó a los socialistas de la conducción de la UGT y en 1909 la disolvió para fundar una nueva central, la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA). El movimiento obrero quedaba así dividido. Tras una ardua polémica, en 1914 los sindicalistas aceptaron disolver su nueva entidad e ingresar a la FORA. Pero la unidad fue de corta duración. Para favorecerla, en su noveno congreso la conducción de la FORA había aceptado quitar la mención al “comunismo anárquico” de su lista de objetivos. Eso motivó que se retirara un grupo minoritario que se negaba a renunciar a ese ideal; esa fracción anarquista se reagrupó con el nombre de FORA “del V Congreso”. El grupo mayoritario, la FORA “del IX Congreso”, quedó dominado por los sindicalistas. Para entonces contaban con casi 200 sindicatos de varias zonas del país adheridos a la central, cifra que crecería rápidamente en los últimos años de la década de 1910.

Con la fundación del Partido Comunista en 1918 surgió todavía una cuarta corriente que posteriormente disputaría la dirección del movimiento obrero. A diferencia del PS, los comunistas, atraídos por el modelo de la insurrección bolchevique triunfante en Rusia, apostaban a la creación de un partido que apuntara a organizar y dirigir una revolución trabajadora. Si la vocación revolucionaria y comunista los acercaba a los anarquistas, su insistencia en la necesidad de un partido jerárquico y centralizado dispuesto a tomar el poder del Estado en sus manos los enfrentaba irremediablemente a ellos.

Las mujeres participaron desde temprano en el movimiento sindical. A principios del nuevo siglo adquirieron mayor visibilidad, cuando fundaron varias agrupaciones gremiales de mujeres, de vida efímera. A partir de 1907 contamos con datos sobre la cantidad de mujeres involucradas en huelgas. La mayoría de los años no llegaban al 4% del total de huelguistas, aunque hubo algunos picos, como el de 1924 a 1926, donde rondó el 20%. En oficios donde las mujeres eran más numerosas, como en el textil, su participación podía alcanzar el 65%. A pesar de este protagonismo, el mundo de los sindicatos y de las centrales obreras permaneció en manos de varones. No es que faltaran militantes femeninas: las hubo muy destacadas, como la anarquista Juana Rouco Buela y muchas otras. Pero los cargos gremiales solían quedar siempre para los hombres. Una excepción destacable fue la de Cecilia Baldovino, que llegó a integrar la Junta Ejecutiva de la UGT en 1903.


*Fragmento del libro Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003, Buenos Aires, Sudamericana, 2012.
Algunos de los datos de esta nota están tomados de investigaciones de Ricardo Falcón, Nicolás Iñigo Carrera y Mirta Lobato.

Fuente: Marcha

3 comentarios:

Mariano Andres Montenegro dijo...

Ay, ay, ay... Es cualquiera lo que dice este muchacho.
Muy mal informado.

Javier dijo...

Sobre FORA decis ?

Mariano Andres Montenegro dijo...

Sobre como surgieron los primeros movimientos sociales de tinta socialista y anarquista antes del 1900. Y por sobre todo, en cuanto al funcionamiento, composición y contexto de la FORA.
Nada que ver con lo que dice...

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