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domingo, 10 de noviembre de 2013

La crisis estructural del capital

Por Aldo Casas

István Mészáros destinó la Parte 3 de su voluminosa obra Más allá del capital al tema que abordaremos en éste sexto encuentro*
: la crisis estructural del capital. El libro fue publicado en inglés en 1995 y su autor venía tratando el asunto desde mucho antes, al menos desde los años 70 del siglo pasado. Es decir que la caracterización de crisis estructural del capital es muy anterior a la crisis económica mundial que estalló en el 2008 y todavía está en curso, pese a lo cual, como ya veremos, nos permite una mayor y mejor comprensión del momento actual.

En primer lugar, hablaré de esta crisis que viene haciéndose larga, destacando que aunque ya pasaron cinco años y se han escrito innumerables artículos, en la corriente principal del pensamiento económico brilla por su ausencia cualquier reflexión crítica sobre las contradicciones y antagonismos del capitalismo que provocan la catástrofe. No se debe a la ignorancia, sino a una ceguera ideológica y de clase. Como ya dijera Marx, … los apologistas se conforman con negar la catástrofe misma y (…) se obstinan en sostener que si la producción se atuviese a las reglas de sus manuales, jamás existirían crisis.

De hecho, la semana pasada fue premiado con el Nobel de Economía una “eminencia” que, en medio y a despecho de la crisis más profunda del sistema, lleva medio siglo repitiendo que el capitalismo goza de perfecta salud y que los desajustes pasajeros podrán ser resueltos por el sistema financiero desregulado según sus consejos. Este personaje se llama Eugene Fama y, realmente, merece la fama… de apologista. Yo no soy un apologista del capital, no tengo fama ni aspiro al Nobel de economía. Modestamente, soy de los que opinan que, desde Marx en adelante, no debiera hablarse del capital sin hablar de su crisis. Felizmente, muchos son los autores que lo han hecho, aportando polémicamente diversas explicaciones que ponen el acento en el sub-consumo, en la financiarización, en la sobreproducción o en la caída de la tasa de ganancia.


Acá trataré de soslayar tales polémicas para concentrarme: primero en los rasgos más generales de las crisis del capital, luego en las características de esta crisis económica, detenerme después en las múltiples dimensiones y derivaciones de lo que Mészáros llama crisis estructural del capital para concluir abordando los nuevos condicionamientos y desafíos que enfrenta el viejo y largo combate por la emancipación social. Porque pienso que el apuro por “salir de la crisis” no debiera ocultar que lo urgente es salir del capitalismo.

La crítica de Marx sigue siendo una guía imprescindible para indagar más allá de las apariencias y la confusa superficie de las cosas, buscando en el corazón del sistema las razones de la sinrazón, la lógica de lo ilógico, las contradicciones que subyacen a las crisis. Ya el Manifiesto Comunista se refería a “las crisis comerciales, que, en su periódica recurrencia, ponen en cuestión de manera cada vez más amenazante la existencia de la entera sociedad burguesa”, llamaba la atención sobre una calamidad jamás vista en el pasado: “la epidemia de la sobreproducción”. Y avanzaba un diagnóstico que no envejeció: ¿De qué manera supera la burguesía las crisis? Por un lado, a través de la forzada aniquilación de una masa de fuerzas productivas; por otro lado, a través de la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensiva de los viejos. ¿De qué manera, pues? Preparando crisis cada vez más multilaterales y poderosas, y reduciendo los medios para prevenir las crisis.


Esa multifacética crítica teórico-práctica sostenida a lo largo de décadas debía culminar en El capital y específicamente en una sección o capítulo final que debía titularse “El mercado mundial y las crisis”. Porque la hipótesis de Marx era que, conformado el mercado mundial como supuesto y soporte del orden del capital, Las crisis representan el síntoma general de la superación de [ese] supuesto y el impulso a la asunción de una nueva forma histórica.


Esa sección final nunca llegó a ser escrita, pero la cita nos recuerda que Marx no investigaba las crisis para resolver los problemas del capitalismo, sino para superarlo y alcanzar una nueva forma histórica. Las crisis vienen a revelar las irresolubles contradicciones que son constitutivas del sistema del capital en sus diversos niveles o momentos. Porque lo característico del capital no es, como dicen sus apologistas, el equilibrio y la armonía, sino todo lo contrario. Mészáros destaca que es un sistema constitutivamente antagónistico y fragmentado en “microcosmos productivos” obligados a combatir entre sí y a expandirse para sobrevivir. Porque el antagonismo social básico entre Capital y Trabajo viene acompañado por otras fracturas: El trabajo productivo queda separado del control. La producción pasa a estar separada del consumo. Los microcosmos productivos son competitivos y al mismo tiempo interdependientes en el marco de una circulación global en continua expansión. Es un sistema potencialmente explosivo que no estalla gracias al Estado moderno convertido en la estructura de mando política totalizadora y, sobre todo, a la formidable capacidad de desplazar y postergar dichas contradicciones, incluso cuando la crisis recuerda su existencia, apoyándose en las mismas para incrementar su autoexpansión.


Marx pasa y repasa estas determinaciones de la crisis y las hace converger en la denominada “ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, cuya presentación ocupa muchas páginas del Capital que concluyen con un lacónico párrafo: La inmensa capacidad productiva con relación a la población que se desarrolla dentro del régimen capitalista de producción, y aunque no en la misma proporción, el aumento de los valores-capitales (no solo el de su sustrato material), se halla en contradicción con la base cada vez más reducida, en proporción a la creciente riqueza, para la que esta inmensa capacidad productiva trabaja, y con el régimen de valorización de este capital cada vez mayor. De aquí las crisis.



¿De aquí las crisis? La “simple” constatación disimula que tras la apariencia económica de la “baja tendencial de la ganancia” se manifiestan el conjunto de las barreras sociales con que choca la acumulación del capital. La resultante, aquellos momentos en que la reproducción ampliada o autoexpansión del capital parece cortarse o quedar suspendida en el vacío, depende siempre de múltiples variables, de luchas sociales de resultado incierto, de inestables relaciones de fuerzas sociales y políticas. En un nivel muy abstracto y general puede decirse que la contradicción entre el desarrollo absoluto de las fuerzas productivas del trabajo vivo y el propósito de preservación y valorización del capital constante existente lleva a la sobre acumulación de capital y empuja a que ese capital excedente busque modos especulativos de valorizarse sin arriesgarse en la producción, pero el momento y las formas en que esto se concrete depende de una multiplicidad de factores. Yo creo que lo más importante es advertir que Marx no dejó una fórmula explicativa de toda y cualquier crisis, sino instrumentos teóricos para hacer abordajes concretos de crisis concretas. Es lo que trataré de hacer.


Porque los ciclos económicos no son monótonamente iguales a sí mismos, ninguna crisis es similar a otra y todas ellas, para ser realmente entendidas, deben ser incluidas en el gran recorrido temporal del capitalismo. Remitiéndonos pues al presente y a partir de estos criterios, podría decirse que no estamos ante una crisis cíclica más, sino una crisis sistémica entendiendo por crisis sistémicas las que por su gravedad y alcances sólo pueden postergarse o desplazarse introduciendo cambios significativos en el ordenamiento y geopolítica del capital. La que se produjo a fines del siglo XIX derivó en el pasaje del capitalismo competitivo al monopolista y los imperialismos; la que se iniciara en 1929 desembocó, luego de la Segunda Guerra, en el mundo de la ONU, las “esferas de influencia”, las políticas “keynesianas” y el neocolonialismo… Es imposible adivinar el desenlace de la crisis iniciada en el 2008, pero el pleno desarrollo del mercado mundial, la internacionalización de la producción y las finanzas y la decadencia de la hegemonía norteamericana permite suponer que sus consecuencias serán también significativas.


Esta crisis estalló al finalizar un ciclo de acumulación ininterrumpida que fue el más prolongado en la historia del capitalismo. Pero ya durante esos cincuenta y tantos años hubo cambios significativos. Terminados “los Treinta Gloriosos” de formidable expansión en los años de posguerra, a fines de la década de 1970 los gobiernos de EE.UU., Europa y Japón se toparon con una persistente combinación de estancamiento, inflación, “desempleo estructural”, despilfarro de recursos derivados al “complejo militar-industrial”, una incipiente competencia con las Metrópolis de sectores industrializados en el Tercer Mundo que alentaba la deslocalización de empresas y una disminución de la tasa de ganancia disimulada todavía por su masa. Para enfrentar estas contradicciones adoptaron tres grandes orientaciones: las políticas neoconservadores de liberalización y desreglamentación con que se tejió la mundialización, un nuevo régimen de crecimiento sostenido mediante el endeudamiento privado y público y la plena incorporación de China al mercado mundial. Todo lo cual condujo a “un régimen de acumulación financiarizado o dominado por las finanzas” Hasta que en el 2008 estalló la crisis.


Pasados ya cinco años, podemos analizar cuál ha sido la “productividad” de la crisis, si se me permite la expresión. La sobreacumulación de capital a nivel mundial se mantiene. También subsisten el peso aplastante del capital ficticio y un desmesurado poder de las finanzas. La intervención de los Estados centrales como “rescatista de última instancia” impidió una “Gran Depresión” en cadena pero está lejos de constituir una efectiva política económica “anticíclica”.

Norteamérica exhibe un crecimiento extremadamente débil y alto subempleo. Alguien dijo hace poco que la economía estadounidense no parece estar recuperándose, sino muriéndose. Sin olvidar el muy concreto y letal riesgo de default, postergada por dos o tres meses. Europa sigue en el centro del huracán. En septiembre 2013 salió de dieciocho meses de recesión, pero subsiste el riesgo de nuevas crisis bancarias y las políticas de ajuste hicieron que se extendieran la desocupación y la pobreza – en Grecia alcanza el 27,7%, en España el 25,5%, en Portugal el 25,3% y en Italia el 24,5%, según estadísticas del 2012.

China operó como un factor de relativa contención de la crisis, a costa de un desmesurado incremento de la inversión fija que multiplicó la sobrecapacidad instalada y los préstamos impagos. Ya no logra mantener el ritmo de crecimiento y puede ser alcanzada de lleno por la crisis en un explosivo contexto interno de polarización social, cientos de miles protestas fragmentadas pero en constante aumento y crecientes conflictos ecológicos.


El neodesarrollismo latinoamericano se reveló frágil e iluso. El gobierno de Dilma Rouseff creía en el eslogan “Brasil es más fuerte que la crisis” y cultivó pretensiones subimperiales, lo que no impidió ni la ralentización de su economía, ni los desequilibrios macroeconómicos que aceleran una tendencia regresiva que agrava los antagonismos entre desarrollo, igualdad y soberanía. La masiva protesta popular de junio-julio de 2013 terminó de barrer las ilusiones. Y Argentina es el ejemplo paradigmático de que la crisis global en las áreas de la periferia capitalista puede adoptar la forma de una profundización radical de los procesos de acumulación por desposesión: mercantilización, apropiación y control por parte del gran capital de una serie de bienes, especialmente de aquellos que llamamos los bienes comunes de la naturaleza.

Parecería que de la crisis no se salva nadie… Pero mirando mejor podrá advertirse que algunos pocos vienen siendo muy favorecidos. El conjunto de la población está sufriendo, el capitalismo como un todo no goza de buena salud, pero una fracción de la clase capitalista está extremadamente bien. Esto explica que los discursos sobre “la crisis” y las elucubraciones sobre “la luz que se ve al final del túnel” sean confusas y confusionistas. Se naturaliza la crisis, como si fuese una catástrofe inevitable a sobrellevar se pueda, sembrando al mismo tiempo la ilusión de que “al final del túnel” espera la “normalidad”. Se oculta que esta crisis es también la crisis de un “modelo de desarrollo” impulsado por la industria automotriz, las obras públicas y la construcción que no se repetirá, y que a nivel mundial el “desempleo estructural” comenzó bastante antes del estallido de la crisis, puesto que paralelamente a la financiarización, se produjo un profundo cambio de régimen tecnológico con la irrupción de la microelectrónica en la esfera de la producción y de la informática en la circulación de informaciones. El trabajo muerto desplaza al trabajo vivo aunque esto acentúe la tendencia a la baja de la tasa de ganancia e incremente el precio de la energía y las materias primas, procesos que los capitalistas contrarrestan aumentando la tasa de explotación y acentuando el despojo de los bienes comunes de la humanidad en la búsqueda desenfrenada de “materias primas”. Llegados a este punto debemos dirigir la mirada más allá de lo estrictamente económico y mirar de frente los múltiples rostros de la crisis: la crisis energética, la crisis alimentaria, las crisis urbanas, la desenfrenada expansión del complejo militar-industrial, el impasse tecnológico-civilizatorio, todo lo cual se articula con la crisis ecológico-ambiental y la crisis del cambio climático.

A lo largo de los últimos treinta años hubo múltiples crisis “limitadas” que resumo mencionando sólo algunas: las crisis de la deuda externa en la periferia, la crisis mexicana, la crisis del sudeste asiático, la crisis rusa. Aquellas crisis más o menos localizadas, así como la crisis que estalló en el 2008, se extendió por “contagio” desde las finanzas a la economía real y desde Norteamérica a Europa impactando al mercado mundial en su conjunto y que acabamos de analizar, pueden y deben ser contextualizadas y reconceptualizadas dentro de lo que István Mészáros denomina crisis estructural del capital y presenta como una novedad histórica con estas palabras:

1) Su carácter es universal, en lugar de restringido a una esfera particular (por ejemplo, la financiera o comercial, o de afectar ésta o aquella rama particular de la producción, o aplicarse a éste más que a aquél tipo de trabajo, con su abanico de destrezas y grados de productividad, etc.);

2) Su cobertura es verdaderamente global (en el sentido más amenazadoramente literal del término), en lugar de confinada a un conjunto de países en particular (como lo han estado todas las grandes crisis del pasado);

3) Su escala temporal es extensa, continuada –si se prefiere: permanente- en lugar de limitada y cíclica como resultaban ser todas las crisis anteriores del capital;

4) Su modo de desarrollarse podría llamarse reptante –en contraste con las erupciones y derrumbes más espectaculares y dramáticos del pasado- aunque agregando la salvedad de que no se pueden excluir convulsiones más vehementes o violentas en cuanto atañe al futuro; es decir, cuando a la compleja maquinaria ahora involucrada activamente en el “manejo de la crisis” y el “desplazamiento” de las crecientes contradicciones se les acabe la gasolina.

Negar que esa maquinaria exista y es poderosa resultaría rematadamente tonto. Ni habría que excluir o minimizar la habilidad del capital para añadir nuevos instrumentos al ya vasto arsenal de su continuada autodefensa. Sin embargo, el hecho de que la maquinaria existente está siendo puesta en juego con frecuencia cada vez mayor y que está evidenciando ser cada vez menos efectiva tal y como marchan las cosas hoy en día, constituye una medición imparcial de esta crisis estructural que se va profundizando. (783/784)

Recuerdo que lo citado fue escrito hace ya muchos años, para subrayar su notable actualidad. Ocurre que Mészáros supo interpretar y sacar las debidas conclusiones de una dinámica tendencialmente incontrolable y destructiva:

Despilfarro de recursos en “gastos militares”, con su impacto en el crecimiento de ramas no productivas y la distorsión de costos; Vertiginoso endeudamiento norteamericano sostenido por los mercados financieros de todo el mundo que dio sustento material a la estrecha alianza entre el complejo militar-industrial y “la finanza” como fracción dominante del gran capital;

El “desempleo estructural” coexistiendo con un vertiginoso incremento de capitales ficticios, etcétera.

Advirtió el pasaje de la otrora alabada “destrucción productiva” del capital a un estadio signado por la conversión de las fuerzas productivas en fuerzas destructivas y la misma producción es cada vez más producción destructiva: producción despilfarradora y, al límite, producción de basura.

El capital que siempre subordinó los valores de uso a los imperativos del valor de cambio y la capitalización, logró al promediar el siglo pasado que los pueblos internalizaran y se encadenaran a pseudo-valores de uso funcionales a las necesidades del capital.

La productividad definida como crecimiento y el crecimiento definido como productividad sancionando una circularidad autoimpuesta por el capital y su imperativo expansionista, que lleva a extremos impensados e insostenibles la tasa de utilización decreciente, en un proceso que alcanza a bienes y servicios, instalaciones y máquinas e incluso a la fuerza de trabajo: todo y todos estamos sujetos a la “obsolescencia programada” que requiere la reproducción ampliada del capital. Pero la resultante es la crisis estructural, esto es, la crisis del todo, el bloqueo sistemático de las diversas dimensiones del sistema de modo tal que las perturbaciones antagónicas se hacen acumulativas, estructurales y bloquean el desplazamiento de las contradicciones.

Hoy la dominación planetaria del capital con su intrínseca incapacidad para admitir barreras choca y activa los límites absolutos del sistema, y este comienza a perder la capacidad de mantener el relativo control que en el pasado lograba desplazando y/o postergando sus contradicciones. Vemos que la expansión del capital comienza ya a destruir, en determinadas regiones del mundo y para los estratos más vulnerables, las condiciones de la reproducción metabólica social. Se han desatado procesos que ponen en riesgo la supervivencia misma de la humanidad, con requerimientos energéticos insostenibles, saqueo y despilfarro de los bienes comunes del planeta, descontrol de los recursos químicos y la agricultura global, despilfarro de un elemento tan vital como el agua, etcétera.

Sumemos a lo antedicho que capitalismo, imperialismo y guerra se entrelazan. Estados Unidos muestra que la militarización es una modalidad de existencia de un capitalismo en que el Estado impulsando el gasto militar garantiza la mayor de rentabilidad para el capital y, por añadidura, incrementa aún más el capital ficticio al financiarse por la deuda pública. Si tenemos presente que los trances de quiebre hegemónico nunca ocurrieron de forma pacífica en la historia del capitalismo, que desde hace años las acciones bélicas se banalizan y encubren bajo el manto de “la guerra contra el terrorismo” y que Norteamericana se empeña en mantener su abrumadora superioridad bélica sobre todos los demás países, el riesgo de aventuras militares de catastróficas consecuencias no puede ser ignorado ni minimizado.

Estamos, pues, ante una crisis civilizatoria, han llegado a un punto crítico las estructuras socioeconómicas, las instituciones políticas y culturales y el sistema de valores que configuró y dio sentido a la cultura occidental. El “occidentalismo” desplegándose como cara externa del capitalismo en la era de la globalización y pretendiendo la homogenización cultural, alimenta el neocolonialismo, la xenofobia, el racismo y el egoísmo individual, generando un sentimiento de pérdida cultural en millones de personas en todo el mundo. La crisis estructural del capital es una crisis civilizatoria que solo podrá sortearse superando al capital.

Retomo entonces lo que dije al comienzo: nuestro preocupación no es tanto “salir de la crisis” como salir del capitalismo. Creo como David Harvey que Las crisis son momentos de paradojas y de posibilidades… los cambios cuantitativos llevan a deslizamientos cualitativos y hay que tomarse en serio la idea de que podríamos estar precisamente en ese punto de inflexión en la historia del capitalismo. Cuestionar el futuro del capitalismo como sistema social viable debería estar por tanto en el centro del debate actual.

Para decirlo con las palabras de Mészáros: debemos comprender y asumir la actualidad histórica de la ofensiva socialista. Mészáros no ignora que las organizaciones obreras, los movimientos sociales, el marxismo y nosotros mismos estamos también en crisis. Fueron conmovidos o trastocados los puntos de referencias (materiales, organizativas y conceptuales) que orientaron el combate por la emancipación social durante un largo período histórico que ha quedado atrás. Incluso en Nuestra América, donde la cartografía del cambio viene siendo diseñada por múltiples luchas y organizaciones populares que son protagonistas o herederas de grandes confrontaciones con los gobiernos neoliberales y la tutela yanqui, está planteado el urgente desafío de fecundar las luchas defensivas y reivindicativas con una concreta practica emancipatoria que ensaye y articule desde ahora experiencias no capitalistas y formas de poder popular que las efectivicen y extiendan.

Así lo entendió y así lo dijo en un documento llamado “Golpe de Timón” y que constituye su gran testamento político, el inmenso y querido Comandante Hugo Chávez Frias, citando precisamente a István Mészáros, de quien se declaraba asiduo lector. Vivimos una época de transición o, si se me permite decirlo así, una transición epocal. En condiciones sustancialmente distintas a las del siglo pasado, debemos repensar la “actualidad de la revolución”. Urge desarrollar como reclama István una teoría de la transición. Sabiendo que el pasaje a una sociedad emancipada no es instantáneo, ni es acometido simultáneamente por los trabajadores de los diversos países. Sabiendo también que la transformación socialista implica la subversión del trípode que sostiene al viejo orden, Capital, Trabajo asalariado y Estado, en un proceso que debe desplegarse a nivel internacional y requiere para consumarse la activa participación de los trabajadores del mundo. Comprendiendo que el socialismo implica una constante auto-renovación de revoluciones dentro de la revolución. Advirtiendo sobre todo que “otro mundo es posible” sí y sólo sí nuestras prácticas presentes lo prefiguran. Porque la historia y la vida misma muestran que es posible y necesario, bajo formas muy diversas según las circunstancias, desafiar desde ahora el dominio del capital y construir poder popular poniendo en marcha al menos rudimentos de un nuevo metabolismo económico social: para sobrevivir y para empezar a vivir de otro modo. La revolución no consiste sólo en la expropiación del gran capital. Debe ser también una ruptura radical con la división social jerárquica del trabajo y el paradigma productivo-tecnológico-cultural impuesto por el capital. Debemos producir y consumir otras cosas y de otro modo. Terminar con la explotación del hombre y la mujer, pero también con la explotación de la naturaleza, haciéndonos incluso cargo del fardo que implica el cambio climático. Construir otras relaciones sociales en ruptura con el patriarcalismo, la alienación y los fetiches del capital. Existen infinidad de problemas específicos para los que no tenemos respuestas válidas a priori, porque las respuestas sólo serán “correctas” cuando podamos “fabricarlas” colectivamente. ¿Por dónde empezar? ¿Qué es lo determinante? ¿Qué sujeto sociopolítico? En realidad, todas las esferas de la actividad social son terrenos de confrontación y de posible creación: la tecnología y formas organizativas, las relaciones sociales, los dispositivos institucionales y administrativos, los procesos de producción y trabajo, las relaciones con la naturaleza, la reproducción de la vida cotidiana y las especies e incluso las concepciones mentales del mundo.

Todas y cada una estas áreas de la totalidad social existen en relaciones de co-dependencia y co-evolución, con tensiones y antagonismos que subyacen a la crisis y a los desplazamientos de la crisis. Nuestras políticas no pueden limitarse a responder a tal o cual aspecto de la crisis, porque queremos ir más allá del capital y necesitamos hacerlo ahora mismo. David Harvey, que no es precisamente un extremista, dice: …podemos empezar por cualquier parte y en cualquier momento y lugar, ¡con tal de no permanecer en el mismo punto donde comenzamos! La revolución tiene que ser un movimiento en todos los sentidos de esa palabra. Si no podemos movernos en y a través de las distintas esferas, en último término no iremos a ningún sitio.

Sólo así podemos conformar un bloque social y político popular capaz de sostener el cambio radical al que aspiramos. La revolución, el socialismo, el comunismo, entendidos como perspectiva y realidad en devenir y no como modelo a imponer, implican un largo combate que articula utopía y realismo. Un realismo estratégico que en las antípodas del inmediatismo y el posibilismo nos oriente a largo plazo. Una utopía cotidiana para “soñar con los ojos abiertos” impulsando la autoactividad y autotransformación de “los de abajo”, apostando a cambiar la vida y cambiar el mundo, recuperando la capacidad política de pensar y de actuar cotidianamente y estratégicamente. A escala nacional, en el más amplio terreno de la lucha de clases que es la Patria Grande y en todas partes, porque, en definitiva, nuestra Patria es la Humanidad.

Aldo Casas, 30 de octubre de 2013

* Intervención en el 6º encuentro del Foro-Seminario-Taller “El pensamiento de István Mészáros en la actualidad socio-política de Indo-Afro-Latinoamérica”, coordinado por Isabel Rauber.

Fuente : http://www.albatv.org/La-crisis-estructural-del-capital,10331.html

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