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jueves, 12 de diciembre de 2013

Esquemas, sectas y oportunismo

Horacio Gonzalez(el negacionismo de Horacio González)

| 12 diciembre, 2013

Según Horacio González, el ascenso político del Frente de Izquierda y del Partido Obrero carece de perspectiva (“Significado de la izquierda”, Página/12, 24/11). Sólo podría tenerla si renunciaran a sus propias premisas clasistas y anticapitalistas para incluirse en lo que denomina una “cultura de izquierda”. Lo que esto significa para González se concreta cuando recuerda al respecto que tomó forma cuando el “trotskista” Nahuel Moreno planteó que la izquierda se disolviera en el peronismo, o que los “comunistas” de Victorio Codovilla hicieron algo semejante con el desarrollismo frondicista. La “cultura de izquierda” sería, por lo tanto, aceptar el límite insuperable del nacionalismo de contenido burgués en sus variopintas expresiones, según la circunstancia histórica, incluidas las más proimperialistas.

En la fórmula de la “cultura de izquierda” de González, es la izquierda la que desaparece como fuerza política independiente. El propio González admite esto como un “peligro”, como si fuera una eventual amenaza a futuro y la historia hubiera pasado en vano, dando su veredicto sobre semejantes despropósitos. González dice que no sabe cómo evitarlo porque supone que si la izquierda se mantuviera fiel a sus principios se condenaría, en definitiva, a la marginalidad. El hombre se pierde en un callejón sin salida en el cual se metió solito. Una especie de autoprofecía de la derrota inevitable: para la izquierda, la disolución o la nada.

Cuando se despoja el planteo gonzaliano del lenguaje más confuso que barroco (y, al mismo tiempo, una mezcla de ambas cosas a la vez) lo que queda es una vulgaridad envejecida que Carta Abierta repite como si descubriera la pólvora, envileciendo el lenguaje hasta límites insoportables. No podía ser de otro modo cuando se trata de defender en nombre de la “cultura de izquierda” al kirchnerismo “realmente existente”, el que ahora se entrega a Chevron-Repsol en nombre de la “liberación”.

La ironía entrecomillada tiene su sentido: los planteos de Carta Abierta son un remedo de las formulaciones recurrentes del estalinismo desde hace ochenta años, cuando postuló la defensa del orden capitalista en nombre de un supuesto “frente popular”, que debutó quebrando la revolución española de los años 30 y la huelga general en Francia en la misma época. Ya desde entonces, la “cultura de izquierda” debía servir para “alianzas diversificadas”, que “incluyen a la burguesía” y renuncian a la transformación socialista, como vuelve a insistir González en el texto de ahora. En nuestras pampas, la fórmula sirvió alternativamente para someterse a la Unión Democrática gorila y al peronismo, en su degradación sistemática posterior. La fórmula fue más tarde “aggiornada” por el italiano Antonio Gramsci, quien, convenientemente adaptado y deformado, se transformó en emblema de quienes desertaban de la izquierda para encarar una “batalla cultural”, una mera excusa retórica para ampararse en la complicidad con lo que ahí está. Naturalmente, González es “gramsciano”.

Admitamos que en alguna línea de su texto a González se le infiltra la realidad, cuando reconoce que “la novedad es que la izquierda pudo hacer un papel infrecuente mostrando sus insignias más puras”; o sea, sin disimular su condición detrás de algún antiizquierdista. ¿Qué tal lo nuevo? Entonces ¿existe una salida al callejón cerrado de la disolución de la izquierda o de la ninguneidad? ¿Una salida que se articula en la impotencia y descomposición de un régimen y en la experiencia de las masas con esa misma impotencia y descomposición? 

La respuesta del director de la Biblioteca Nacional es… negativa. Para González, la irrupción explosiva del Frente de Izquierda y el PO es una anomalía. La norma válida -su “norma”- es que sean condenados a la inocuidad si no se arrojan al magma indiferenciado de la “cultura de izquierda”. Es la “cultura” que los cartaabiertistas se han impuesto como verdadero dogma para embellecer al kirchnerismo como el límite de lo posible. Es la “cultura de izquierda” de la renuncia a todo.

En el planteo de González, por lo tanto, lo “nuevo” de la izquierda es reducido al viejo y degradado esquema del intelectual. La realidad novedosa es admitida sólo para condenarla en nombre de ese mismo esquema preestablecido, doctrinario: de un lado, la disolución; del otro, la esterilidad. Si la novedad de lo real no responde al esquema “González”, porque la izquierda crece sin disolverse, desplegando sus “insignias”, el hombre condena… a la realidad, para mantener su propio esquema. No hay peor estigma intelectual… para un intelectual -en este caso numen del kirchnerismo. El esquema, claro, es recurso recurrente de la secta o del oportunista, dos caras de una política conservadora. Carta Abierta es una carta cerrada. La ruina intelectual de un proyecto en ruinas. Una expresión de negacionismo, palabrita no hace mucho inventada en el afán de la ciencia académica de renovarse como pueda y que alude a la capacidad de negar los modos de ser de la realidad histórica.

Pablo Rieznik

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