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lunes, 27 de enero de 2014

El kirchnerismo, herencias y legados

DYN06.JPGPor Fernando Rosso
frossocba@gmail.com
 

A la recauchutada escuela del neo-revisionismo histórico le gusta ubicar al kirchnerismo en la línea de continuidad con otros “movimientos nacionales y populares”, como el radicalismo de Hipólito Yrigoyen y el mismo peronismo. 

Sin embargo, el kirchnerismo como movimiento surgido en respuesta a una de las crisis de la Argentina Dependiente en decadencia, repite mucho de sus defectos y casi ninguna de sus virtudes. El yrigoyenismo pasó a la historia como el agente de institucionalización de las nuevas clases medias. Marcó el fin de la Argentina oligárquica o el aburguesamiento moderno de la oligarquía. El primer peronismo hizo lo propio con la clase obrera, creando un Estado con base de masas que evitó su irrupción por medios violentos. La estatización del movimiento obrero fue el precio pagado por las concesiones, el presunto carnet de ciudadanía y la integración a la “república”.
 

Desde aquel momento hasta la derrota propinada por la última dictadura y luego continuada por el “neoliberalismo”, la política estuvo marcada para las clases dominantes, por la insufrible presencia de la clase obrera en el escenario argentino.  

Memoria y balance
 
¿Qué legado deja el kirchnerismo como emergente de la crisis orgánica de principios de siglo? De las tareas que la historia le exigía desde el punto de vista burgués, el kirchnerismo no resolvió prácticamente ninguna, si se hace abstracción de que fue el factor central de la pasivización del proceso que tuvo su mayor expresión en las jornadas de diciembre del 2001.
 
Las bases estructurales de la economía argentina no hicieron más que empeorar.  “A medida que la crisis económica avanza, el equilibrio de poder se iba quebrando, por cuánto la expansión habría tenido sólo características coyunturales, no habiéndose zanjado la crisis estructural. Al contrario: el propio crecimiento industrial se transformó en un factor agravante de ella, dado que la industria había creado nuevas necesidades específicas que sólo un desarrollo adecuado de la infraestructura podía resolver. Al carecer de ese desarrollo básico, la crisis económica, en cuánto coincidiera con una nueva depresión coyuntural, sería aún más profunda que en etapas anteriores, en las que había afectado a una sociedad económicamente menos compleja”. Aunque puede parecer una descripción hecha de la realidad por cualquier analista actual, esto lo escribió Juan Carlos Portantiero en 1963, en el Nro. 1 de la revista Pasado y Presente, y se refiere al segundo gobierno del primer peronismo.  

Si el diagnóstico es completamente válido para los años peronistas de la Argentina de mediados de siglo pasado, también lo es y potenciado para el país de la “década ganada”. El déficit energético y los desequilibrios comerciales -con la importación de insumos industriales como una de las principales causas de la salida de dólares-, son una demostración elocuente de que hubo expansión, pero no desarrollo o crecimiento orgánico de la economía, cuestión difícil de lograr de la mano de esa entelequia u oxímoron al que llaman “burguesía nacional”. 

La devaluación en curso es una de las consecuencias lógicas y la inflación es la forma que adopta el ajuste. Pero además, sufrimos el agravamiento otras crisis estructurales. El transporte (Masacre ferroviaria de Once), los servicios básicos (cortes recientes de luz) o incluso la decadencia de las grandes ciudades y la “re-distribución” socio-económica clasista del espacio urbano y sus consecuentes crímenes sociales (inundaciones de La Plata).  

Utopía  

El balance de la “arquitectura institucional”, es decir del régimen político legado por el kirchnerismo, no es mucho mejor. Fueron un fracaso la transversalidad y la concertación plural, y el intento más general de equilibrar la democracia argentina con dos grandes coaliciones de centroizquierda y centroderecha.  

Con la vuelta a escena de la crisis económica; se hace patente la ausencia de un régimen político fuerte. Aunque hay que reconocer que en esto el kirchnerismo comparte responsabilidades con la oposición tradicional que colaboró para fortalecer al gobierno y debilitar al régimen.
 

Pero además, a esta herencia general, el kirchnerismo le aporta las consecuencias de su ADN frepasista o de un “peronismo pequeñoburgués”, como lo llamó el intelectual Carlos Altamirano.  
Si el yrigoyenismo trabajó para la integración de las clases medias y el peronismo la de la clase trabajadora; el kirchnerismo “logró” su expulsión de la coalición de gobierno, y la dejó en cierta medida a la “intemperie” política. Los votos que perdió a manos de Massa en la provincia de Buenos Aires y claramente por izquierda con el FIT, son una manifestación de patente de este hecho. Trabajó persistentemente para la división de la burocracia sindical y debilitó los eslabones de las cadenas de contención de los trabajadores.  La expulsión y el desprecio por los sindicalistas no es más que la expresión distorsionada de su repulsa por la clase obrera de conjunto, sobre todo cuando intenta transformarse en sujeto, es decir, cuando es reacia a dejarse “mandar”.
 

Sin embargo, la debilidad de los dirigentes sindicales no es sinónimo de debilidad de la clase trabajadora. El legado, no ya del kirchnerismo, sino del crecimiento económico del que se vio beneficiado y que llegó a su límite, es una clase obrera con fuerzas renovadas (pese a sus importantes divisiones) que reclama nuevamente su tradicional protagonismo en el entramado nacional. La ronda de paritarias en puerta, amenaza con convertirse en una importante batalla de este enfrentamiento que viene de largo.

Alejandro Horowicz, autor de uno de los clásicos estudios sobre el peronismo (“Los cuatro peronismos”), afirmó recientemente que la “diáspora” que significaron la dictadura y el “neoliberalismo” para los trabajadores argentinos, estaba comenzando a superarse y advirtió que “los trabajadores soportaron la derrota más cruenta de su historia; y el camino de la recuperación política, tras el estallido de 2001, recién comienza a desbrozarse. La batalla por sindicatos representativos y eficaces, sometidos al control de sus bases, con direcciones probadas en la lucha, ha cobrado un cierto envión”.  

Y sentenció muy certeramente: “Los trabajadores pueden ser personalmente muchas cosas, pero el peronismo del movimiento obrero no existe, es una pieza del museo histórico. Y la idea de construir una nueva herramienta de transformación política que no los incluya, más que una idea práctica se parece a los consejos de los “expertos” tipo Jaime Duran Barba, sirven para ganar alguna elección, pero no sirven para cambiar la historia” (“Una política sin protagonismo obrero”, Tiempo Argentino, 06/01)  

Frente al peronismo histórico que “integró” a la clase obrera, erosionando su independencia, y la reciente experiencia del “peronismo pequeñoburgués” que la rechaza; la disputa que está abierta es sobre el carácter de esa nueva herramienta política que refiere Horowicz.
El millón doscientos mil votos que obtuvo el Frente de Izquierda el año pasado, representaron su emergencia electoral, que no es sinónimo de emergencia política integral. La “ilusión de lo político”, como practica sin anclaje social y militante (es decir, como puro parlamentarismo), no es un riesgo sólo de los partidos tradicionales y de los “Durán Barba”; es un peligro permanente también para la izquierda clasista. La crisis se acelera y acorta los tiempos. La emergencia electoral debe traducirse en amplia fuerza militante, que ya no puede contarse por cientos, sino por miles o decenas de miles, si lo que se pretende no es sólo ganar en alguna elección, sino cambiar definitivamente la historia.

 

“París, bien vale una misa” (y Buenos Aires una devaluación) http://diarioalfil.com.ar/?p=24775

Fuente : http://diarioalfil.com.ar/2014/01/27/el-kirchnerismo-herencias-y-legados/ 

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Politica Obrera

Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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