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domingo, 12 de enero de 2014

Izquierda y movimiento obrero en la historia argentina




Por Hernán Camarero
Número 6, diciembre 2013.

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Un elemento de la actual situación política argentina es la gravitante presencia de la izquierda trotskista, congregada desde abril de 2011 en el FIT, frente impulsado por el PO, el PTS e IS, con el apoyo de otros grupos, activistas sindicales y populares e intelectuales socialistas independientes. Su progreso es evidente y, en el marco del fin de ciclo kirchnerista, promueve la hipótesis de la consolidación de una franja política de izquierda anticapitalista, en oposición a las alternativas patronales, peronistas, derechistas y centroizquierdistas. En efecto, desde su debut, con aquel destacado medio millón de votos en los comicios de las PASO de agosto de 2011, el frente se expandió (incluso a nivel geográfico, en casi todas las zonas del país), hasta llegar 1.200.000 sufragios conseguidos en las recientes elecciones de octubre, en las que conquistó un inédito número de legisladores nacionales y provinciales.

El hecho corre en paralelo con la expansión de la izquierda clasista entre los trabajadores, donde se vienen multiplicando, desde hace varios años, los avances de ésta, en algunos casos vinculados a procesos de lucha, en comisiones internas y seccionales de sindicatos (docentes, alimentación, gráficos, ferroviarios, subte, mecánicos, entre otros). A ello se suman también los progresos de la izquierda revolucionaria entre el estudiantado, diversos movimientos sociales y el mundo intelectual-cultural. Las condiciones parecen abrir la posibilidad para acentuar este salto político de la izquierda y, sobre todo, de su inserción en el movimiento obrero, en disputa con la burocracia sindical y el peronismo.

Este fenómeno puede (y debe) ser analizado de varias maneras, tomando en consideración la propia configuración del sujeto socio-político en cuestión, en el contexto de las tendencias actuales o de mediano plazo de la lucha de clases, del devenir de la situación política y de la dinámica de la economía capitalista. Pero también exige el aporte de una mirada diacrónica y de larga duración que, con la distancia del tiempo histórico, permita ubicar el actual proceso en el que se encuentra la izquierda y el movimiento obrero en la Argentina como parte de una trayectoria mucho más amplia. Ello puede contribuir a identificar ciertos rasgos, problemas y desafíos comunes y diferenciados con anteriores experiencias. Quiero aportar en este sentido. La tarea no es fácil, pues requiere de un esfuerzo de síntesis y precisión conceptual. El escaso espacio apenas me deja proponer aquí un muy esquemático recorrido. Presentaré ciertos tópicos fundamentales y estaciones en las cuales habría que detenerse para extraer conclusiones acerca de los programas y objetivos, las estrategias y tácticas, las formas de organización y lucha sindical, política y electoral, que el movimiento obrero y la izquierda exhibieron en su existencia de más de un siglo.

La izquierda en la formación y primer desarrollo del movimiento obrero
Contra las concepciones objetivistas y populistas en el estudio de la clase obrera, debe recordarse que la izquierda y el movimiento obrero emergieron en la Argentina en un mismo parto histórico y coadyuvaron en sus propias constituciones, así como en las siguientes décadas lo hicieron en sus reconfiguraciones, potencialidades y limitaciones. Durante las tres últimas décadas del siglo XIX hubo un embrionario proceso de organización y de lucha de clases, en el cual los asalariados encontraron en los marxistas y anarquistas los cuadros efectivos para la conformación de un nuevo movimiento social, aún difuso y precario. Fue el anarquismo quien canalizó las tendencias a la acción directa, a la agrupación de los explotados en el momento de la lucha y a las ensoñaciones de las prácticas prefigurativas. La voluntad revolucionaria de los anarquistas fue incuestionable: la heroica FORA y sus aguerridas huelgas generales hasta 1910 son un testimonio. Pero diluyeron la potencialidad de los trabajadores como actor unificado en una orientación que no era estrictamente clasista ni logró sortear la intrascendencia del movimientismo organizativo y que bloqueó el desenvolvimiento político de los trabajadores. Su declamada lucha contra el poder del Estado oligárquico se dispersó en conflictos descoordinados, espontáneos y carentes de una estrategia revolucionaria eficaz. La tarea de construir un partido obrero debía correr por cuenta del PS. Pero, en especial desde que éste fue refundado por Juan B. Justo, a fines de la década de 1890, su compromiso con el marxismo fue tenue, careció de una orientación revolucionaria y devino en una fuerza adaptada a un programa mínimo. Se alienó de una presencia efectiva en la clase, se distanció de los conflictos y desarticuló la lucha sindical de la política. El PS privilegió in extremis la participación electoral y parlamentaria, en las que tuvo una significación no despreciable entre 1912-1943. Pero ya el perfil no era el de un partido de los trabajadores, sino el de una corriente de civilismo republicanista y consustanciado con las reivindicaciones laborales solo en tanto ellas se pudieran traducir en iniciativas legislativas.

Los trabajadores no dejaron de contar con esos diputados como aliados para algunos de sus reclamos, pero esta faena fue nula para la construcción de una alternativa que pugnara por la hegemonía obrera y el proyecto socialista. En parte como intento de superación de los límites del anarquismo y el PS fue que surgió y se desarrolló el sindicalismo revolucionario. Una corriente obrerista, que pretendió encontrar en la pura acción sindical la clave de bóveda de lo que inicialmente diseñó como un proyecto revolucionario. Anuló la dimensión política, sobre todo, la apuesta por un partido obrero. Su deriva fue inevitable. Si la apertura de la ley Sáenz Peña consumó la conversión del PS en un partido electoral-parlamentarista-reformista, ello también significó un salto en la adaptación del sindicalismo al intento integrador de los gobiernos de la UCR. Luego, los sindicalistas terminaron expresando los elementos más atrasados de la experiencia obrera: el apoliticismo, el reformismo economicista, el corporativismo y el burocratismo, como se evidenció en su dirección de la FORA IX y la CGT.
El Partido Comunista fue una alternativa diferenciada. Inicialmente, desplegó una exitosa empresa de penetración y dirección de la clase obrera en los sitios de trabajo, en los conflictos y en las organizaciones sindicales. Y lo hizo vinculándola a la acción política revolucionaria, planteando a los trabajadores que era en ese plano en el que se producía el desenlace en la lucha contra el Capital, no solo en contra de los planteos políticamente neutralistas o de prescindencia ideológica de anarquistas y sindicalistas, sino también frente a la deriva reformista del PS. Durante los años veinte la participación electoral y la esporádica experiencia de ejercicio parlamentario a nivel municipal de los comunistas se desarrollaron en este sentido, aunque en los treinta ello se vio imposibilitado por la proscripción y persecución bajo el nuevo régimen conservador. El proceso de estalinización, en sintonía con el termidor soviético, anuló la potencialidad revolucionaria del PC desde todos los puntos de vista: programáticos, estratégicos y políticos. Primero lo condujo al desvarío de la sectaria y ultraizquierdista línea de “clase contra clase”; luego de 1935, lo definió en la estrategia del frente popular antifascista, ubicando al PC en la política de la conciliación de clases con la burguesía democrática y de la “revolución por etapas”, y alejándolo definitivamente de la lucha por el poder obrero y el socialismo.

Conquistas laborales, pérdida de la autonomía de clase y declive de la izquierda
No es extraño, pues, que la izquierda en sus distintas expresiones no pudiera sobrellevar el mayúsculo desafío representado por el peronismo. Carente de posiciones firmes en el proletariado, en un sentido clasista y socialista, y políticamente desperfilada, dada su incapacidad para construir un partido con claridad programática y estratégica, las penurias de su cosecha electoral de 1946 fue la síntesis de un fracaso: no solo (o no tanto) por la escasa cantidad de votos, sino porque ellos se hallaban lesionados en su propia legitimidad al sumarse con los que expresaban la desconfianza patronal a las medidas laborales de Perón. Una izquierda distante de la clase obrera en casi todas sus formas.

El peronismo resultó una experiencia decisiva, de consecuencias históricas. Un sofisticado movimiento nacionalista burgués que, merced a las excepcionales e irrepetibles condiciones económicas de mediados de los años cuarenta, logró montar un proyecto bonapartista, redistribucionista y estatista, basado en la sindicalización masiva y grandes pero coyunturales mejoras en el nivel de vida de los trabajadores. Lo que la clase obrera ganó en conquistas materiales y simbólicas, lo perdió como sujeto social y político: los trabajadores quedaron identificados con una ideología que no solo retomó y potenció al extremo las viejas tendencias reformistas y de conciliación de las anteriores décadas, sino que las metabolizó y grabó a fuego en la experiencia obrera. Coaguló una conciencia burguesa y heterónoma, partidaria del acuerdo “justo” con el Capital, dependiente del auxilio estatal e infectada con las más degradadas prácticas de mando de una poderosa burocracia sindical.
Para la izquierda significó su marginalización política. Desde las variantes reformistas, en especial el disminuido socialismo, se optó por un ejercicio de oposición en clave liberal-republicana, que lo llevó a un destino definitivamente hostil al mundo de los trabajadores. El PC osciló entre ese perfil y un fallido intento de rescate del contenido “popular” y “antiimperialista” del peronismo. El trotskismo inició sus primeras experiencias de inserción aún moleculares en la clase obrera, intentando comprender el nuevo fenómeno nacionalista burgués. En la izquierda no faltaron los que concibieron la necesidad de disolverse en este último o de procurar actuar en su seno como alas radicales.

Resistencia, clasismo e izquierda revolucionaria
El derrocamiento del peronismo en 1955 y las combativas luchas de resistencia de los trabajadores contra la racionalización industrial y la proscripción, permitió cierto debilitamiento de la burocracia y la emergencia de una nueva vanguardia obrera. Los trotskistas supieron consustanciarse con ese proceso y protagonizar experiencias de organización de base, pero sin lograr erigir un programa y una estrategia efectiva para autonomizarse y resistir la presión de la conciencia peronista y su detritus material, la burocracia.

La reconstitución de esta última, bajo liderazgo vandorista, como producto de las derrotas y del rearmado del viejo modelo gremial peronista impulsado por Frondizi, fue acompañado de un ciclo que, si bien permitió momentos de agudización de los conflictos, estuvo signado por un relativo repliegue, más firmemente garantizado por la dictadura de Onganía.

El nuevo ascenso de las luchas obreras, el surgimiento de una vanguardia sindical clasista más emancipada del peronismo y el inicio de una situación prerrevolucionaria, a partir del Cordobazo, volvieron a abrir para la izquierda la posibilidad de su fusión con el movimiento obrero y la construcción de una alternativa socialista revolucionaria. Para que ello finalmente no prosperara no solo operaron los factores objetivos, como lo fue la propia apuesta de la burguesía por intentar desmontar el ascenso y la radicalización obrera y juvenil con la represión, la convocatoria electoral, el regreso de Perón y los acuerdos interpartidarios, e incluso más tarde con el giro ultraderechista del gobierno peronista y su consumación en el golpe genocida de 1976, sino las propias limitaciones exhibidas en el campo de la izquierda y de la vanguardia.
Las tendencias clasistas se autoexcluyeron de una salida política, al renunciar a dar el paso hacia un partido obrero revolucionario (e incluso a algo más elemental, como un polo clasista en el plano electoral en 1973). El trotskismo, sobre todo el PST, en su debilidad relativa, pretendió pugnar por ese camino. Pero lo cierto es que el PC y otras fuerzas reformistas y frentepopulistas incidieron en sembrar ilusiones con sus programas de conciliación de clases con la burguesía nacional y/o el peronismo. Y el extenso y diverso conglomerado de organizaciones practicantes de la lucha armada foquista o guerrillera, que combinaban radicalidad o espectacularidad en los métodos con modestia en sus apuestas estratégicas, en general, articuladas bajo planteos frentepopulistas y de revolución por etapas (desde Montoneros al ERP), se alienaron del combate más necesario: el de orientar a la vanguardia para la tarea de conquistar la dirección del proletariado con un programa socialista y de independencia de clase, que derrotara a la burocracia y superara al peronismo. La dictadura y el terrorismo de Estado, lógicamente, terminaron de obturar estos procesos.
Nuevos contextos y desafíos
La original continuidad de las tres décadas del “régimen del voto” supuso persistencias y transformaciones. Implica un cambio en las formas socio-políticas de dominación de la burguesía: pretende mantener el control despótico en la empresa para asegurar la subsunción del trabajo al Capital y procura bloquear la autonomía de base en la organización gremial y la independencia política de los trabajadores, mientras permite un margen de legalidad para la intervención electoral de la izquierda. En los años ochenta, bajo el despliegue del proyecto alfonsinista, que buscaba la fragmentación y subordinación del movimiento obrero, y mientras el peronismo y la dirigencia sindical volvían a su juego de golpear y negociar para ofrecerse como mejores garantes del orden capitalista, la izquierda pudo protagonizar ciertas experiencias de reconstitución y crecimiento. Claro que estuvieron las de perfil reformista y frentepopulista, como el PI y el PC, pero fueron fuerzas menguantes (a excepción del PCR, que mantuvo ciertas posiciones). Fue el MAS el que, especialmente, fue ganando influencia en la clase obrera y organizó al activismo de base en combativas comisiones internas, de manera inédita para una fuerza trotskista. Finalmente estalló en una incesante división interna y se frustró como alternativa, producto de debilidades teórico-estratégicas, en la que se combinaron problemas de caracterización de la etapa y coyunturas, concepciones electoralistas e inconsecuencia en la lucha contra la burocracia.

El agudo colapso económico hiperinflacionario y político de 1989 llevó ese crecimiento de la izquierda al plano electoral a su máxima expresión de la década, pero se trató de una conquista efímera. La crisis logró ser canalizada bajo los marcos del régimen con la entronización del menemismo y su ofensiva burguesa neoliberal, que replegó a un movimiento obrero enchalecado por una burocracia sindical adiestrada en su papel de entregadora de las luchas y reivindicaciones de los explotados. La izquierda revolucionaria se fue tonificando en los nuevos fenómenos de enfrentamiento que los trabajadores y desocupados protagonizaron frente al régimen de la convertibilidad y que, en la nueva crisis de 2001, promovieron los métodos de lucha piqueteros y las ocupaciones y puesta en funcionamiento de fábricas quebradas por la patronal. La década del kirchnerismo, un proyecto de reconstitución burgués de adaptación y respuesta a la brutal crisis capitalista de principios de este siglo, que generó nuevas tentativas en los vínculos con el movimiento obrero, la burocracia, el peronismo y cierto electorado progresista, y sobre todo el actual declive de semejante experiencia, es el contexto del proceso de expansión de la izquierda revolucionaria que se diagnosticó al comienzo de esta nota.
El análisis de todas las experiencias históricas aquí apenas enumeradas constituyen una cantera, de la cual pueden extraerse fértiles balances para una historia del movimiento obrero y la izquierda que aporte a una reflexión sobre los actuales desafíos. Ello exige un programa de estudios acerca de problemáticas diversas: los marcos programáticos, estratégicos y tácticos para el desarrollo de una izquierda socialista y revolucionaria de masas; las disposiciones objetivas y subjetivas para insertarse y disputar la conciencia y la dirección del movimiento obrero a la burocracia y al peronismo, tanto en los niveles de base como en las estructuras sindicales; las formas de organización de la vanguardia y del partido, y sus modalidades de participación en el campo político, electoral y parlamentario.

Fuente: Ideas de Izquierda

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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