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sábado, 8 de marzo de 2014

Control bonapartista, Trotsky y autonomía de clase

Rolando Astarita

Una de las discusiones que se presentan en la izquierda gira en torno a si los regímenes de tipo socialista bonapartista, o burocrático capitalista, representan progresos para la lucha anticapitalista y por el socialismo. En otras entradas he explicado por qué el capitalismo de Estado, o las diversas formas de estatismo burocrático, no necesariamente representan, en sí mismas, un progreso en el desarrollo de las fuerzas productivas de un país. También sostuve que los socialistas no deberían ayudar al fortalecimiento del aparato represivo estatal. En esta nota abordo la cuestión desde otro punto de vista, que posiblemente sea más fundamental, porque atañe a la unidad y a la autonomía política de la clase trabajadora. A fin de introducir el tema, comienzo con una explicación de Trotsky..

Trotsky sobre las estatizaciones en Polonia

Para ubicar el escenario, recordemos que a raíz del acuerdo alcanzado entre la URSS y Alemania en agosto de 1939 (el llamado pacto Ribbentrop Mólotov), las tropas de Hitler invadieron la parte occidental de Polonia, y pocos días después los soviéticos ocuparon la parte oriental polaca. Fue el preámbulo inmediato del inicio de la Segunda Guerra mundial. En esas circunstancias, entre los argumentos con que los stalinistas defendieron la ocupación de Polonia oriental figuraba la incorporación de millones de nuevos ciudadanos al “socialismo”.

Enfrentado al hecho consumado, Trotsky evaluó sus consecuencias. Dada su caracterización general de la URSS, y su asimilación de economía estatizada con el Estado obrero, consideró que la estatización de la economía polaca constituía un gigantesco cambio social, al que se había obligado la burocracia, a pesar incluso de ella misma. Sin embargo, en su opinión el balance no era positivo para la clase obrera, ni para la lucha por el socialismo. Escribía; “Con la ayuda de la Comintern (la Internacional Comunista) el Kremlin ha desorientado y desmoralizado de tal manera a la clase obrera que no sólo ha facilitado el estallido de una nueva guerra imperialista, sino también ha hecho extremadamente difícil la utilización de esta guerra para la revolución. Comparado con esos crímenes, la transformación social en dos provincias, que para peor fue pagada con la esclavización de Polonia, es por supuesto de secundaria importancia” (In Defence of Marxism, p. 166, New Park Publications, London, 1971).

No hay necesidad de coincidir con la enfoque de Trotsky sobre las estatizaciones y los Estados obreros, o sobre el carácter de la burocracia stalinista, para rescatar el criterio con que mide la progresividad de una acción como la de Stalin: su efecto sobre la conciencia y la capacidad de movilización de la clase obrera. Es el criterio que inspira lo que sigue.

Control bonapartista y represivo

La idea que defiendo es que no hay nada progresivo cuando el resultado de las medidas “estatistas socialistas” redundan en la división de las masas explotadas, y en mayor control de las instancias burocráticas estatales. Lo explico a través de ejemplos tomados de la vida argentina o venezolana de estos últimos años.

Por caso, considero que no hay nada progresivo cuando se selecciona a los trabajadores que aplican para ingresar a una empresa del Estado según adhieran, o no, al “socialismo popular”. Tampoco cuando se relega en las promociones a trabajadores de empresas estatales porque son críticos del gobierno; o cuando se obliga a empleados públicos a concurrir a manifestaciones oficialistas, bajo pena de represalias; o cuando se despide a trabajadores estatales porque simpatizan con la oposición, así sea ésta de derecha. Para que quede más claro aún: un alto funcionario que amenaza con despedir a los empleados estatales “no alineados políticamente”, no es un “compañero con contradicciones superables”, sino un burócrata que fomenta el divisionismo y debilita a la fuerza laboral de conjunto, tanto desde el punto de vista organizativo, como político e ideológico.

Lo mismo se puede decir cuando las estatizaciones sirven para vaciar empresas, resultando en el debilitamiento y desmembramiento social de la clase obrera. O cuando los “productos populares subvencionados” y los “mercados populares” dan lugar a fabulosos negociados de los funcionarios -vía mercado negro o contrabando-, generando mayores penurias en el pueblo y nuevas divisiones. Nada de esto es “construir poder popular”.

De la misma manera, no hay nada de progresivo cuando desde el Estado se discrimina en el otorgamiento de planes o viviendas sociales, según sea el grado de adhesión al gobierno del que los solicita. Tampoco cuando se favorece el control de los punteros políticos sobre los barrios populares; o cuando se fortalece el despotismo de la burocracia sindical sobre los trabajadores; o cuando una Universidad estatal promueve la división de un centro de estudiantes porque no lo domina, y selecciona a los docentes según adhieran al “proyecto político”. Tampoco tiene algo de progresivo que un Estado promueva la división de organismos de derechos humanos; o los corrompa a fuerza de dinero y prebendas de todo tipo.
En todos estos casos se establecen divisorias falsas; se cohíbe la acción de clase; se promueve la adhesión a conducciones burguesas o burocráticas; y se anulan canales de expresión independiente de la gente. Concretamente, cuando se despide a un chico de 18 años de un obrador “nacional y popular” por negarse a ir a una marcha de apoyo a los Kirchner -el caso me consta personalmente-, no se ha “fortalecido el campo popular”, como rezan muchos (¿tiene límites la imbecilidad?). Simplemente, han dado otro paso en la siembra del divisionismo.

Por eso, no me vengan con el cuento de “estamos construyendo poder popular a pesar de las contradicciones”. La verdad es que los intelectuales de izquierda que defienden esas porquerías, o miran para otro lado hablando de “contradicciones”, sólo construyen poder del Estado. Hacen lo que siempre hicieron las clases dominantes: dividir, paralizar, desmoralizar, controlar y, cuando esto no basta, reprimir. Por eso también, los “socialismos bonapartistas” de todo tipo pavimentaron, invariablemente, el camino para el regreso del dominio del capital sin cortapisas. El marxismo, que ha levantado la bandera de la unidad de los trabajadores, que afirma que la liberación de los explotados debe ser obra de los explotados mismos, tiene que adoptar una postura muy crítica frente a este fraude ideológico y político que se disimula bajo el palabrerío altisonante del “poder popular”, “antiimperialismo” y “revolución socialista de nuevo tipo”. La autonomía de clase, la independencia obrera frente al capital y el Estado, no es una abstracción, es una necesidad concreta a conquistar, y para eso hay que llamar a las cosas por su nombre. Toda forma de control bonapartista y burocrático es alimento para la conciliación de clases y el sometimiento de los asalariados. El socialismo tendrá futuro si argumenta, si mueve conciencias, si sus ideas se transforman en fuerza material asumiéndose en la gente. Toda forma de brutalidad y control burocrático -y a esto lleva el bonapartismo “socialista”- está en contra de esa meta.

En conclusión, aun si admitiera, en aras de la claridad del debate, que por el lado de lo económico hay algo progresivo en el estatismo, no hay saldo positivo cuando tomamos conciencia de sus efectos sobre los trabajadores y los movimientos sociales. El criterio del viejo Trotsky conserva toda su importancia.

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