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miércoles, 2 de abril de 2014

De linchamientos, palacios derrumbados e invocaciones presidenciales

joven


Por  (@guerrerodelPO)

Vicente Palermo, un investigador del Conicet, recuerda en La Nación de hoy (1° de abril) un párrafo de una obra teatral de Bertold Brecht: “Cuando se derrumba el palacio de los poderosos, los humildes, que no habían participado de las horas de jolgorio, son los primeros en sentir caer sobre sus cabezas el peso de las piedras”.

Debe añadirse (Brecht lo hacía), que esos humildes no suelen soportar en pasividad el desplome de las piedras palaciegas que les caen encima: la historia les ha dado elementos para resistir, y en efecto lo hacen. Cuando la crisis (el derrumbe) sobrepasa determinados niveles y la resistencia también, lo que ayer producía determinados efectos hoy produce los contrarios.

Eso ha debido ocurrir, seguramente, con el discurso presidencial en la parte referida a los linchamientos, a la violencia inaudita que ahora se extiende. Cuatro veces en Rosario, la Capital Federal, Río Negro, Santa Fe, Córdoba, han visto ejecuciones callejeras de ladrones reales o supuestos (en Rosario, unos remiseros asaltados casi asesinan a dos trabajadores, a quienes confundieron con quienes les habían robado). Frente al espanto, el coro de opinadores ensordece porque grita doblemente, como exudan doble sudor las personas cuando tienen miedo.
Entretanto, en Caseros, una maestra de 28 años también ha sido linchada pero a la inversa: la mataron unos asaltantes que querían robarle el auto y el celular. Los vecinos, ahora, se movilizan contra ese crimen.

Se debe reconocer, es cierto, que, a diferencia de casi todos los demás, la Presidenta no estaba asustada. Ella, según dijo, no tiene nada que ver con el asunto. La culpable es “la sociedad”, que excluye a los marginales en vez de integrarlos. Habló, también, de las drogas que hacen estragos entre esa marginalidad y recordó que “quienes tienen plata toman de la buena”. Hizo una invocación para que esa “sociedad” integre a los excluidos.

“Necesitamos miradas y voces que traigan tranquilidad, no voces que traigan deseos de venganza, de enfrentamientos y odio”, añadió.

Sorprendente.

La Presidenta pretende colocarse en el lugar del árbitro entre sectores en pugna y convoca a la paz, a la tranquilidad. Tal vez lo habría logrado tiempo atrás, cuando en efecto tenía el silbato entre las manos. Ahora no, ahora el palacio (el “modelo”) se derrumba, y no solo sobre los humildes caen las piedras. Ahora el “relato” cede, ahora es tiempo de devaluaciones, de tarifazos, de ajuste, de esta nueva versión del Rodrigazo de 1975 para “volver a los mercados”; es decir, de endeudarse (el gobierno del “desendeudamiento”) para llegar con bastones a 2015. Ahora es un gobierno débil, deteriorado, que no puede tener ni el rango de bonapartista tardío. Ahora, la invocación a la paz y a la tranquilidad tendrá el efecto contrario al que busca.

Acusa a “la sociedad” en general de “excluir” a los marginales la jefa de un gobierno que mantiene las jubilaciones apenas por encima del nivel de indigencia, que deja en ruinas salud y educación mientras le paga 10 mil millones de dólares a Repsol —el gran vaciador del petróleo argentino—, reconoce sin regatear una deuda fraudulenta de otros 10 mil millones a los usureros de París y anuda un acuerdo leonino con Chevron. Presenta esa acusación quien pretendía ponerle a las paritarias un techo del 20 por ciento de aumentos salariales mientras la inflación anual proyectada se ubica en el 45 por ciento. Si eso no prosperó fue por la formidable huelga de maestros, que rompió ese techo porque los humildes, los explotados, se resisten a ser los que reciban sobre sus cabezas las piedras del derrumbe palaciego. Y tienen con qué.

Otros, desde la oposición (que ha respaldado, por otra parte, el giro del gobierno hacia un acuerdo general con el capital financiero internacional) hablan de “Estado ausente”. Entre ellos, Sergio Massa justifica sin vueltas los linchamientos porque “la gente no quiere más impunidad”. Obviamente, un arrebato no queda impune si el arrebatador es linchado en la calle.

Pero el Estado no está ausente, todo lo contrario. Está muy presente en la policía vinculada íntimamente con el narcotráfico, con el delito organizado, con el gatillo fácil, las zonas liberadas. En la policía que hizo desaparecer a Luciano Arruga porque el chico se negó a robar para la comisaría. Está presente en los 21 puertos privados de Rosario por los que sale la droga. Está presente en los bancos que lavan el dinero de los narcos. Está presente en la corrupción política fuera de control. Como hemos dicho en otra nota, en este mismo medio, el problema no está dado por la ausencia del Estado sino por su presencia.

Algunos, por su lado, han traspuesto sin vergüenza los límites del ridículo. Entre ellos, por citar un caso, María Rachid y Pablo Ferreyra quieren detener los linchamientos… con un petitorio, y puestos a la tarea están juntando firmas con ese propósito. Un poco más serio pero igualmente impotente, el CELS (Horacio Verbitstky) organiza una campaña en la que dice que “la justicia por mano propia no es justicia, es asesinato”. Sí, exudan doble sudor los que tienen miedo.

Esos “demócratas”, horrorizados por la descomposición del régimen social y político que ellos avalan, pretenden el imposible de que la represión estatal, el poder político y la policía, corrompidos hasta el hueso, vengan a poner orden y traigan la paz. El miedo es tan impotente como inútil.
En un comentario a la nota “El linchamiento fácil” publicada en este mismo medio, un vecino rechaza la reacción bárbara de los linchadores pero explica, al mismo tiempo, que su propio barrio de trabajadores se siente aislado por el delito, dice que ya no hay sillas ni mate en las veredas sino temor constante y encierro. Se trata de zonas que la policía libera, esa es una de las fuentes que alimentan sus cajas negras. Ahí está el centro del problema. Esta catástrofe social no puede pararse con firmas ni con invocaciones a la paz, la tranquilidad y la “inclusión”. Menos si vienen de quien aplica un ajuste brutal mientras pone a un represor al frente del Ejército para que organice un sistema de espionaje clandestino.

Si no quieren retroceder en cuatro patas a la barbarie junto con este régimen descompuesto, los vecinos necesitan indispensablemente organizarse, promover asambleas populares, movilizarse, no para aplicar la ley del talión y linchar pibes sino para atacar el asunto en sus orígenes: la protección orgánica al delito por parte de la policía, del poder político y el judicial, de los bancos lavadores. En fin, contra la presencia activa y corrupta de un Estado en descomposición.

Fuente : El otro

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