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miércoles, 16 de abril de 2014

Ernesto Laclau y el derrumbe del nacionalismo

(@guerrerodelPO)

En su homenaje a Ernesto Laclau, fallecido el 14 de abril, Cristina Kirchner dijo que quienes critican a este profesor de la londinense Essex —y respaldo ideológico de su gobierno— revelan su “estupidez e ignorancia”. Habitualmente, en su decadencia, la Presidenta acude a un mecanismo tautológico: se mira al espejo y cree mirar por la ventana.

Por cierto, el “posmarxismo” de Laclau fue el sistema de ideas, por llamarlo de algún modo, que mejor convino a un gobierno que contrapone su propio “relato” a su política concreta, el discurso contra las “corporaciones” y los “centros de poder cultural”, por un lado, y por otro los acuerdos con el Club de París, las devaluaciones, los tarifazos, el ataque al salario. A Laclau esas medidas de política práctica le importaban muy poco, ocupado en indagar, con ese lenguaje críptico que rudimentariamente le copia Carta Abierta, en la “concatenación de reivindicaciones fragmentarias en un liderazgo” y en los “significantes vacíos” (alguien podría recordar lo que Juan Perón solía decirles a los trabajadores: “si no lo entiende, seguro que le están mintiendo”). La política, en Laclau, no es lucha de clases por los medios de producción, sino por la “hegemonía” y la conquista de los “significantes”, sin que llegara a saberse bien en qué consistía la tal hegemonía ni cuál era el significado que los significantes intentaban representar.

El “posmarxismo” de Laclau, extendido y fragmentado en multitud de corrientes, mezcolanza ecléctica de Lacan, Foucault, Derrida y tantos otros con algún aderezo eunuco de Marx, fue un producto directo de la crisis que llevó al derrumbe de la Unión Soviética y de la ignominia del Muro de Berlín. En los años 90, Laclau llegó a sostener que ya no existía el proletariado porque un obrero francés podía tirarle piedras a un inmigrante turco. Esto es: las clases sociales ya no estarían dadas por su lugar en el proceso de la producción sino por la posición política circunstancial que esas clases, o parte de ellas, asumieran en determinado momento particular. Otros “posmarxistas” se volvieron místicos y alguno hasta volvió al catolicismo. Fue un momento de derrumbe político, ideológico y moral para toda una franja de esa pequeña burguesía intelectual. Al mundillo académico se le hundía el piso bajo los pies porque el estalinismo se había hundido.

No era para menos. En 1985, en colaboración con su esposa, Chantal Mouffe, Laclau escribió su Hegemonía y estrategia socialista, en el cual respalda a la burocracia ya derruida de Moscú y apenas le sugiere al PCUS algunas correcciones menores en su política. Poco después, la URSS simplemente desaparecía. En 2004, cuando esa obra se reeditó, Laclau, en el prólogo de esa nueva edición, se sorprendió de su propia pobreza ideológica y señaló “lo poco que teníamos para poner en cuestión”. Los enormes cambios políticos y económicos de su época, época de guerras y revoluciones, le pasaban por el costado mientras, abstraído, él se dedicaba a su “búsqueda de la hegemonía”.

En este punto, resulta interesante indagar en las raíces históricas de ese derrumbe ideológico.
A fines de los años 50, Laclau dirigió el periódico Lucha Obrera, que se declaraba de “izquierda nacional” y se proponía luchar “contra el imperialismo y sus aliados nativos”. En 1962, Lucha Obrera, desprendimiento del viejo Partido Socialista de Vanguardia, confluyó con otros grupos para fundar el Partido Socialista de la Revolución Nacional, cuyos principales dirigentes fueron Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo. En su documento fundacional, el PSRN dice que el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen (el masacrador de la Semana Trágica y la Patagonia sangrienta), había constituido un “movimiento nacional”, la “tentativa (…) para restringir la influencia política y económica de la oligarquía agropecuaria”. Aquel radicalismo, decía la declaración, había desarrollado, o se había propuesto desarrollar, una “política nacional burguesa progresiva que no logró verificarse sino en el papel”. Se debe señalar en particular el ataque exclusivo a la “oligarquía agropecuaria”, porque aquellos nacionalistas de izquierda habrían de contraponerla sistemáticamente con la burguesía industrial, que representaría el progreso frente al atraso pastoril.

El peronismo, a partir de 1945, traería, en la visión de la “izquierda nacional”, una novedad determinante: la incorporación al “movimiento nacional” de “la nueva clase obrera”, de los “obreros criollos”, que ya no eran producto de la inmigración externa sino de los movimientos migratorios internos. En verdad, el proceso deformado de industrialización acelerada que comenzó a principios de la década de 1930, en los prolegómenos de la II Guerra Mundial, multiplicó el número de obreros industriales y construyó un proletariado flamante, ajeno a las tradiciones socialistas, sindicalistas y anarquistas del pasado, de las cuales, sin embargo, saldrían las figuras más notables de la burocracia sindical peronista de aquellos tiempos. Esa clase obrera que irrumpía con Perón le daría al peronismo, según el PSRN, su “espíritu revolucionario”.

El documento dice que el peronismo era un “frente nacional”, integrado por los trabajadores, el ejército, sectores de la burguesía nacional, la Iglesia, franjas de la clase media urbana y rural, y la burocracia del Estado. El documento fundacional del PSRN termina con una pregunta: “¿Qué clase dirigirá el proceso?El texto no se ocupa de buscar la respuesta, que, en verdad, ya había sido dada por los primeros gobiernos de Perón, aunque el peronismo era aún, para los trabajadores, una experiencia inconclusa.

No se sabe cómo habría actuado Laclau a partir de la crisis abierta por el Cordobazo en 1969, porque ese mismo año se marchó a Europa por simple conveniencia personal, por una beca que obtuvo para estudiar en Oxford con el historiador británico Eric Hobsbawm, y ya no regresó. Sin embargo, antes de irse criticó a Ramos y a Spilimbergo por el raquitismo del PSRN, que él atribuía a que aquellos exigían a los militantes la adhesión a “determinantes teóricas no esenciales”, como, por ejemplo, la defensa de la Revolución de Octubre, de las figuras de Lenin y Trotsky, el rechazo tajante a Stalin, todo lo cual, decía Laclau, no tenía la menor importancia.

Lo que no tenía importancia, en verdad, eran las diferencias de Laclau con Ramos y Spilimbergo. En 1973, el partido de Ramos, el Frente de Izquierda Popular (FIP), sucesor del PSRN, llevó en sus boletas la fórmula Perón-Perón (el viejo general y su mujer, Isabel). Con los años, Ramos se integraría al gobierno de Menem (fue su embajador en México) disolvió al FIP y se afilió al Partido Justicialista. Más tarde, Laclau encontraría en Essex la desaparición del proletariado porque un obrero francés le tiró una piedra a un turco.

Con todo, y aunque respaldó al gobierno K, es una simplificación sostener, como hace casi todo el mundo, que Laclau era kirchnerista. Laclau no era un funcionario pago de Carta Abierta, un intelectual que entrega lo que piensa a cambio de un puesto o una prebenda. Laclau era más y más trágico que eso: Laclau era el derrumbe de un sistema de ideas que recorrió buena parte del siglo XX y lo que va del XXI. Y, si se tratara de ponerle etiquetas, Laclau era chavista, no kirchnerista, e incluso le reprochaba a los K no haber llegado tan lejos como Chávez, si bien los justificaba porque estos tenían “limitantes” que no podían conocerse y que se superarían en un futuro indefinido. Chávez y su sucesor, cierto es, tienen un “relato” más acorde con los gustos de Laclau que el balbuceo “cultural” del kirchnerismo. Pero el filósofo de Essex no se detuvo a analizar las bases materiales de un “relato” y del otro. El chavismo pudo ser lo que fue porque puso bajo control del Estado al corazón de la economía venezolana: el petróleo, PDVSA. La diferencia de discursos es la diferencia que va de la expulsión de la conducción pro-norteamericana de PDVSA a la nacionalización fraudulenta de YPF y el pago de 10 mil millones de dólares de indemnización a Repsol. Aún ahora esas diferencias subsisten, cuando el chavismo ha entrado, desde hace mucho, en su declive final.

Cuando se discutió aquí la ley de medios, Laclau, que la respaldó con entusiasmo, dijo: “Si prevalecen los monopolios, la guerra está perdida”. Sí, está perdida para este gobierno impotente, que en su giro para llegar a 2015 aunque sea con bastones, se entrega de cuerpo y alma a los monopolios, a Chevron, a Repsol, al Club de París, a los buitres, al FMI. Esa “guerra”, incluida la “batalla cultural”, solo puede ser ganada por la clase obrera, por un gobierno de trabajadores. Esa es la perspectiva histórica del Frente de Izquierda, llamado a reemplazar al peronismo, al nacionalismo en todas sus variantes, de la dirección del movimiento obrero.

Fuente: http://revistaelotro.wordpress.com/2014/04/16/ernesto-laclau-y-el-derrumbe-del-nacionalismo/

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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