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domingo, 13 de abril de 2014

La huelga, las transiciones, lo viejo y lo nuevo


 (@guerrerodelPO)

En medio de la huelga del 10 de abril, Néstor Segovia, del sindicato del subte, acusa por televisión al gobierno porteño por no asegurar el funcionamiento del servicio: “Fijate, no hay policía”, dice. Segovia explica que ellos no paran “por cualquier cosa”, que fueron a trabajar y una patota de la UTA se los impidió.



Segovia miente. Delegados de base como Carlos Taborda, Christian Paletti o Claudio Dellecarbonara explicaron que en todos los talleres y líneas donde se hicieron asambleas se decidió mayoritariamente parar o, en el peor de los casos, dar libertad de acción. La dirección del sindicato (Roberto Pianelli y el propio Segovia, entre otros) sumó arbitrariamente encuestas parciales, sin debate, hechas solo en sectores que le son afines. He ahí la “consulta a las bases” de la que habla Segovia. Un fraude completo.

Por eso fueron Pianelli y Segovia, no Macri, los que no pudieron poner el subte en funcionamiento. Unos pocos patoteros de la UTA pudieron copar la parada porque no había trabajadores del subte que hubieran ido a trabajar. Los patoteros solo tuvieron que correr (mejor dicho, amenazaron con correrlos) a unos pocos dirigentes de la AGTSyP impotentes para organizar el carneraje.

La provocación de Segovia no es un error, apunta claramente a escamotear el hecho de que los trabajadores del subte iban a la huelga a pesar y en contra de la burocracia del sindicato. La patota de la UTA les hizo a Segovia, Pianelli y compañía ese enorme favor, el de permitirles ocultar que les había ocurrido como a los capitostes de la UOM, del Smata, de Alimentación, donde los obreros también pararon en contra de sus direcciones.

Sin embargo, no es el análisis de la huelga en el subte, ni de la huelga en general, la razón de esta pequeña reflexión (cosa que otros, como la Agrupación Trabajadores de Metrovías, harán mejor y con más profundidad), sino echarle un vistazo a la elipse que va desde la huelga por la jornada de seis horas, en el año 2004, a la situación actual, al papel de figuras como la de Segovia entonces y ahora, y al vínculo de esa relación con otras transiciones históricas en el movimiento obrero argentino. Y, sobre todo, al papel de la izquierda en esta crisis.

Así como Hegel sostiene que el amo solo es en cuanto obtiene el reconocimiento de su esclavo (no hay esclavitud sin el consenso del esclavo), la dominación capitalista descansa sobre la regimentación del movimiento obrero; es decir, en la burocracia sindical, herramienta indispensable de esa regimentación. Cuando la burocracia se resquebraja, cuando su control sobre los trabajadores vacila, queda a la vista la perspectiva de un cambio decisivo en las relaciones sociales. Se trata de una lucha de importancia estratégica.

Hay una pugna permanente, una tensión constante, entre los trabajadores que necesitan organizar la lucha por sus demandas y la burocracia que necesita suprimir esa lucha o, en todo caso, ponerla bajo su control, lo cual, en última instancia, tiene el mismo resultado. En esa tensión, muchas veces la regimentación burocrática sufrió resquebrajamientos y crisis, muchas veces emergieron direcciones nuevas que se opusieron a ella, parecieron desbordarla y en ocasiones lo lograron.

Recordamos una. En 1961, una formidable huelga ferroviaria se levantó contra el primer plan sistemático de destrucción de los ferrocarriles argentinos, elaborado por el gobierno radical-desarrollista de Arturo Frondizi, continuidad y parte de la dictadura militar que en 1955 había derrocado a Juan Domingo Perón. La burocracia sindical peronista no se proponía luchar contra ese régimen sino, por el contrario, acomodarse a él. Prueba de eso: las conducciones de los gremios ferroviarios colaboraron con Frondizi, en una comisión especial, a elaborar ese plan.

Entonces sobrevino la crisis. Una asamblea en los talleres santafecinos de Laguna Paiva decidió la huelga, y 48 horas después la medida se había extendido a 200 mil trabajadores. Los ferroviarios estaban en huelga general. Durante 40 días aquella huelga aguantó todo: el aislamiento, la represión, los despidos, el cerco por hambre.

Pero, antes que las razones, el desarrollo y los resultados de esa huelga, por cierto heroica, nos interesa ahora ver quiénes la condujeron. En contra de la burocracia, surgió entonces una nueva dirección desde las asambleas de base, integrada por activistas jóvenes procedentes en parte de la izquierda y mayoritariamente del que ya se llamaba a sí mismo “peronismo revolucionario”. Ellos desplazaron a los burócratas y se respaldaron en las asambleas, en la democracia obrera. Uno de aquellos activistas jóvenes, que había pasado por el Partido Comunista y adhería ahora al sindicalismo combativo del peronismo de izquierda, era José Pedraza.

Resulta interesante observar la trayectoria personal de Pedraza, porque en ella se ve el surgimiento, el apogeo, la crisis y la descomposición (descomposición criminal, en su caso) de un enorme movimiento político y social. Pero, al mismo tiempo, se advierte cómo, en lo nuevo que surge, sobrevive lo viejo, que se da modos para reproducirse una y otra vez. Cuando hoy se habla de fusionar al movimiento obrero con la izquierda revolucionaria, se habla, entre otras cosas, de la necesidad de impedir que los luchadores de hoy devengan en los burócratas del futuro. Esa es, sustancialmente, una tarea política, partidaria. Es decir, del partido revolucionario.

En el caso del subte, al que nos referimos a modo de ejemplo, lo nuevo surgió en el proceso que tuvo su punto culminante en la huelga de 2004 por la jornada de seis horas. Ese movimiento tuvo entonces a su mejor dirigente en Charlie Pérez, militante de la Agrupación Trabajadores de Metrovías y del Partido Obrero. En ese momento, delegados como Segovia, y en menor medida Pianelli, fueron parte de lo nuevo que surgía. Es cierto que se trataba de activistas vacilantes, a quienes las bases muchas veces debieron empujar hacia adelante, pero eran parte de lo nuevo. Después se vería, también, que eran parte de lo viejo que sobrevivía en lo nuevo. Eso queda hoy patéticamente a la vista, cuando ellos, dirigentes de aquella huelga de hace diez años, son hoy organizadores del carneraje, cooptados por el gobierno. Se trata, como puede verse, de un proceso complejo, lleno de contradicciones.

Hoy la situación es distinta. Hoy toda estabilidad se ha perdido para la burguesía y sus gobiernos debido a la crisis (crisis mundial, aunque no se refleje de manera idéntica en todas partes), que rápidamente se transforma en política. Esa crisis ahonda los resquebrajamientos internos en la burocracia, en la relación de los burócratas con el gobierno y, sobre todo, en la del movimiento obrero con esas conducciones. En otras palabras: es más profundo y más próximo el peligro mortal que significa para ellos la posibilidad cierta de que los trabajadores terminen de quebrar la regimentación. Por eso, para la izquierda revolucionaria, el problema de expulsar a la burocracia —a todas sus variantes— de las organizaciones sindicales resume todos los problemas. Es el problema político más inminente, agigantado por la presencia de la izquierda, histórica por su magnitud, en el panorama político argentino.

Se trata, claro está, de un proceso contradictorio, lleno de dificultades dadas por la obvia resistencia de la burocracia a cualquier tendencia que la afecte, pero, muy especialmente, por las vacilaciones de la propia izquierda. Vacilaciones o, más precisamente, concepciones políticas que históricamente han resultado ruinosas. Esas tendencias se manifestaron, por ejemplo, en la respuesta que dieron algunas corrientes al documento de convocatoria a la huelga elaborado por el V Plenario del Sindicato del Neumático (Sutna) de San Fernando (se debe subrayar que se trató de un quinto encuentro, porque eso indica una continuidad, la consolidación de un reagrupamiento obrero). El documento del Sutna, entre otras cosas, señalaba la necesaria delimitación, tajante, respecto de la burocracia de Hugo Moyano, además de señalar la perspectiva de la huelga general.

La delegación de la llamada Mesa de Atlanta (coalición del PTS, Izquierda Socialista y el sector de Carlos “Perro” Santillán) se negó a firmarla con una excusa administrativa: que ellos tenían su propia declaración. Era cierto, pero cuando se lee el documento de Atlanta se advierten las diferencias políticas que no quisieron poner en debate en San Fernando. El documento del Sutna no se limita a exigirle a la burocracia la elaboración inmediata de un plan de lucha. Denuncia, además, el entrelazamiento de Moyano y Barrionuevo con la oposición patronal y el intento de llevar a los trabajadores detrás de esos patrones. También se señala la adaptación oportunista de la CTA-Micheli a esas políticas.

En cambio, la Mesa de Atlanta evita esas delimitaciones. El expositor de la Mesa, Rubén “Pollo” Sobrero, se había sacado, horas antes, otra foto (la enésima) con Hugo Moyano. En Atlanta habían dicho, además, que quieren “muchos Frente de Izquierda”, con lo cual queda diluida la perspectiva política real de los trabajadores, la que obtuvo 1,3 millón de votos en las últimas elecciones y no deja de crecer entre la población trabajadora. En cambio, Santillán militó y milita en corrientes opositoras al Frente de Izquierda, es un adversario declarado del FIT. Atlanta representa, por tanto, el intento de constituir un bloque político ajeno al Frente de Izquierda.

Esa posición por parte de dos partidos que integran el FIT tiene sus raíces históricas. El fundador de la corriente a la que pertenecen, Nahuel Moreno, sostuvo hace ya cincuenta años la idea de construir un partido obrero “basado en los sindicatos”; es decir, un partido sindical, movimientista. Moreno llegó a proponerle la constitución de ese partido a Augusto Timoteo Vandor, el burócrata metalúrgico que respaldó el golpe de Juan Carlos Onganía contra Arturo Illia en 1966. Ahora, el tendido de puentes hacia Moyano reproduce la experiencia del fallecido Movimiento Intersindical Clasista (MIC) que proponía “cavar trincheras con la burocracia”, cuando de lo que se trata es de sepultar a la burocracia, de expulsar de los sindicatos a esa mochila de piedras puesta sobre la espalda de los trabajadores.

Es fácil, ciertamente, “delimitarse” de los burócratas cuando ellos permanecen en la quietud, cuando su entrega a las patronales es explícita. Pero resulta indispensable delimitarse de ellos, mucho más aún, cuando asumen poses combativas, cuando se ven obligados a tomar medidas como la huelga de este 10 abril para descomprimir y contener la movilización obrera. Lo contrario es ponerle alfombras a la traición de esta gente, a su trampa. Pero, sobre todo, es resquebrajar la salida política que el Frente de Izquierda significa hoy para el movimiento obrero.

Moyano es un hombre lúcido. Él no duda en recibir a Sobrero, en sacarse fotos con él y elogiarlo en público, ni en convocar a paros domingueros como el que quiso tener este 10 de abril. Él sabe que ingresamos en una fase crítica de un periodo de transición en el movimiento obrero. Sabe también que esa tendencia es irreversible y de ahí sus reacomodamientos. Solo cuando vio que los piquetes y cortes de ruta de la izquierda le habían arruinado el domingo en jueves que trató de organizar el 10 de abril, mandó a su hijo Facundo a bramar contra la izquierda. Lo mismo hicieron Luis Barrionuevo, el chacarero Eduardo Buzzi y ese servidor de la Sociedad Rural que es Gerónimo “Momo” Venegas. Solo después, porque vio que la izquierda le había transformado el paro en una huelga activa y consolidaba su lugar y su crecimiento, cosa que él no podía permitir.

El sindicalismo, por más combativo que fuese, no es ni puede ser revolucionario por sí mismo. El activista sindical se verá, en principio, condenado a luchar siempre por unos centavos más por peso si no le da a su actividad una perspectiva política, una política de partido. Y pronto descubrirá que sin esa perspectiva política no podrá siquiera luchar eficazmente por esas reivindicaciones, por las demandas inmediatas. El Frente de Izquierda no es un agrupamiento de lucha por las demandas sindicales del movimiento obrero. Eso lo hemos hecho siempre, sin necesidad de Frente de Izquierda. El FIT tiene la función de ofrecerles a los trabajadores argentinos una perspectiva de poder político, de darle a la crisis argentina su necesaria salida obrera y socialista. La posibilidad de lograrlo está a la vista, porque no nos encontramos en la situación de 1961 o 1973, cuando el peronismo era aún una experiencia inconclusa. El peronismo ahora está agotado, es un gran cadáver en busca de sepultura, y la izquierda está obligada a tomar su lugar en la dirección del movimiento obrero. Ese es el camino que se debe transitar.

Para que no vuelva a imponerse lo viejo, que se las arregla para sobrevivirse a sí mismo dentro de lo nuevo.

Foto: Gustavo Ortiz.


http://revistaelotro.wordpress.com/2014/04/10/la-huelga-las-transiciones-lo-viejo-y-lo-nuevo/

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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