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jueves, 25 de junio de 2015

Hace 70 años: La burocracia estalinista ahoga la revolución en Italia

Edición Impresa #1368 | Por Christian Rath 

A mediados de abril de 1945, cuando Alemania está prácticamente derrotada y el ejército aliado -Estados Unidos, Gran Bretaña- avanza a marcha forzada desde el sur, una insurrección de la clase obrera y de las legiones de partisanos se hizo dueña de todo el norte de Italia, el corazón industrial del país, y dejó planteada la perspectiva de un desenlace revolucionario. 
 
Combinando las huelgas con las acciones armadas, milicianos y activistas liberaron todas las grandes ciudades y la mayor parte del territorio. "Los guerrilleros salvaron las empresas industriales y las comunicaciones que los alemanes se preparaban a destruir, hicieron decenas de miles de prisioneros y se apoderaron de considerable armamento. Los guerrilleros establecieron en todos los lugares el poder de los Comités de Liberación Nacional (CLN) y ejecutaron a todos los principales cabecillas del fascismo italiano"1. Entre ellos, Benito Mussolini, ejecutado contra la opinión del alto mando aliado. 
 
La derrota nazi y el Frente Popular
 
Es difícil apreciar la magnitud y el vértigo de la situación revolucionaria que se abrió en Europa prácticamente desde la derrota de los ejércitos nazis en Rusia. Desde ese momento -inicios de 1943-, la posibilidad de una salida revolucionaria a la guerra antifascista se libró de una manera neta en cuatro países: Francia, Italia, Yugoeslavia y Grecia. Se avizoraba la derrota de Alemania y no existían fronteras al despliegue de los ejércitos soviéticos. Es el año en que las burguesías norteamericana e inglesa advierten sobre lo que puede venir y exigen la liquidación de la Internacional Comunista -que Stalin consumará en junio de 1943- y la determinación de una estrategia de parte de la URSS que excluya la perspectiva revolucionaria. 
 
En 1943, dos años antes, los obreros del norte de Italia habían desenvuelto un movimiento huelguístico que nació en Turín y se extendió a Milán y Génova, convocando más de 100.000 trabajadores. La derrota nazi, las huelgas, el desembarco angloamericano en Sicilia llevaron a la burguesía italiana a entender que había llegado la hora de desprenderse de Mussolini y buscar la sombra protectora de los aliados. Destituyeron al líder fascista y formaron un primer gobierno de Frente Popular que incluía elementos vinculados con el fascismo -el mariscal Badoglio y la monarquía italiana- con el respaldo de los aliados y de la burocracia estalinista, expresada en la "Declaración sobre Italia", en fecha tan temprana como octubre de 1943. 
 
El Frente Popular, aquí, como en Francia, reveló acabadamente su naturaleza: los partidos obreros, en alianza con la burguesía, vienen a contener un desenlace revolucionario con el aliento de la burocracia de la URSS, alineada, a su vez, a una política de compromiso con el capital imperialista. 
 
El PC era el gran protagonista del movimiento insurreccional de las masas. Las brigadas, al momento de las huelgas del '45, sumaban más de 200.000 luchadores. El PC saltó de 5.000 miembros, a inicios de 1943, a dos millones en 1946, no por la política del Frente Popular, sino por la existencia de un escenario de lucha contra la burguesía de características históricas. 
 
El viraje de Salerno 
 
Uno de los primeros llamamientos del gobierno encabezado por Badogilio, en 1943, planteaba: "todo movimiento debe ser aplastado inexorablemente en su origen... Las tropas actuarán en formación de combate, abriendo fuego a distancia... y al cuerpo"2.
 
Pero la caída del líder fascista rompió todos los diques que contenían al movimiento de masas: los sindicatos estatizados pasaron a mano de comisarios designados por los comités de liberación, se multiplicaron las huelgas exigiendo la liberación de los detenidos políticos y en las fábricas se eligieron comisiones obreras, primeros órganos electos luego de la caída de Mussolini. 
 
La rebelión estuvo acompañada por un hecho impensado. Los alemanes, lejos de replegarse, mantuvieron la ocupación del norte de Italia y constituyeron la República Social Italiana o República de Saló, con Mussolini al frente. El rey y el mariscal, la gran burguesía italiana, que consideraban que Italia prácticamente había quedado fuera de la guerra y podían concentrarse en aniquilar "el enemigo interior", habían fallado en su propósito. Italia quedaría partida en dos desde fines de 1943, el norte y centro ocupado por los alemanes, el sur por los aliados.
 
A la vez, la política de la burocracia de la URSS divergía de la del PC en el país, que llamaba a enfrentar a Badoglio y la monarquía, si bien en nombre de una "efectiva democracia popular", así como con la de otras organizaciones antifascistas. 
 
Es en estas circunstancias que Togliatti, secretario general del PC, regresa a Italia como enviado de la burocracia del Kremlin. En su primer discurso público, va a plantear, sin ambigüedades: "hoy no se plantea ante los obreros italianos el problema de hacer lo que se hizo en Rusia". En marzo de 1944, en lo que va a llamarse "el giro de Salerno", la dirección del PC resolvió "poner en primer plano la unión de todas las corrientes políticas en la guerra contra Alemania e ir a la creación inmediata de un gobierno de unión nacional". Era el ingreso sin condiciones al Frente Popular, aún con su ala fascista, que el propio Togliatti rubricaría con su ingreso al gobierno. 
 
No fue, sin embargo, suficiente. 
 
La hora del norte 
 
A esta altura, existía un doble poder en vastas zonas de Italia. El PC, luego de Salerno, llamó a evitar "un desdoblamiento de poderes", pero no pudo contener su desarrollo. La mayor aprensión de la burguesía italiana era la eventualidad de una explosión revolucionaria en el norte al consumarse la derrota alemana, allí donde era más fuerte la implantación de los partidos obreros y las columnas partisanas.
 
La Democracia Cristiana y el conjunto de las fuerzas del régimen exigieron al PC apretar el freno sobre la rebelión de las masas, pero fueron mucho más lejos. El alto mando militar aliado resolvió paralizar el avance hacia el norte en septiembre del '44, para que las tropas hitlerianas y mussolinianas pudiesen ahogar en sangre al movimiento antifascista en lucha. El mismo alto mando llamó a las fuerzas insurgentes del norte a cesar toda operación hasta la primavera, una política suicida. 
 
Fue, entonces, cuando se libró uno de los capítulos más heroicos, que dejó al desnudo, como pocos, la política contrarrevolucionaria del PC y la burocracia del Kremlin. El ejército guerrillero y la clase obrera del norte enfrentaron y derrotaron una a una las ofensivas fascistas y el interminable invierno de 1944/45. Demostraron, de este modo, que eran el poder real en el corazón de la Italia industrial.
 
La situación revolucionaria llegó así al paroxismo. Durante días, la clase obrera y las masas del norte ejercieron el poder, con miles de combatientes y el armamento tomado a los alemanes. En la frontera del este se encontraba el ejército yugoeslavo, que había derrotado a los nazis y ejercía el poder, en oposición a la burocracia del Kremlin. En el límite con Austria, el ejército soviético. En el Mezzogiorno, sur de Italia, un enorme movimiento de braceros y campesinos enarbolaba el reclamo de la tierra.
 
La insurrección conmovió a toda Italia. Ahora sí las fuerzas aliadas apresuraron su paso y declararon el estado de guerra en el norte de Italia. El alto mando abolió todas las disposiciones democráticas de los comités de liberación nacional y destituyó del aparato dirigente a los que contaban con la confianza del pueblo, reemplazándolos por funcionarios afectos. Devolvió a los monopolistas y terratenientes las propiedades confiscadas y, en la operación más resistida, desarmaron a los destacamentos guerrilleros y disolvieron el comité de liberación nacional del norte de Italia. El PC estuvo a la cabeza de la rendición, en nombre de "no recurrir a la violencia" y la URSS no planteó siquiera una protesta frente a la acción de los ocupantes. Frente a la iniciativa de las masas estaba el cerrojo de la política de "unión nacional" y de coexistencia pacífica entre la burocracia estalinista y el imperialismo establecida en Postdam y Yalta. 
 
La clase obrera fue, en el curso de la II Guerra Mundial, un factor decisivo, pues su intervención, a través del Ejército Rojo, las rebeliones obreras y la lucha armada de los partisanos hizo fracasar los planes imperialistas. Estos no eran otros que el hundimiento de la Alemania nazi y la URSS en una guerra entre ambos -el imperialismo abrió el segundo frente occidental sólo cuando advirtió el derrumbe del nazismo.
 
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1. Informe de Luigi Longo en la reunión constitutiva del Kominform, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1948.
2. Battaglia, Historia de la Resistencia Italiana, Einaudi, 1955.
 
 

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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