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sábado, 27 de junio de 2015

Perón y su rol en la creación de la Triple A

En su nuevo libro, los periodistas Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó se proponen demostrar el papel clave del líder justicialista en la aparición de la organización paramilitar que mató a más de 900 personas durante el gobierno de Isabelita. Infobae publica un extracto

En los registros de la memoria colectiva de los argentinos se ha atesorado una frase por cierto musical y poética. Fue pronunciada por el presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, el 12 de junio de 1974, frente a una multitud que ansiaba escucharlo: "Llevaré grabado en mi retina este maravilloso espectáculo [...] llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino".

Esas palabras, que transmiten el vínculo emocional de un líder con el pueblo que lo escuchaba arrobado en la Plaza de Mayo, se conservarán para siempre como el testimonio final de una época y de un ícono. Desde 1946 hasta ese día, el hombre que la pronunciaba había participado de manera decisiva, primero desde el gobierno y luego desde el exilio, en la compleja política argentina. De pie en el balcón de la Casa de Gobierno, testigo de jornadas multitudinarias, Perón se estaba despidiendo de su pueblo y eligió las mejores palabras, que quedaron grabadas en las páginas de la historia como su último mensaje.

¿Fue ese su último mensaje? Frente a su pueblo, sí. Pero no el último.

Cinco días más tarde, ante un grupo más reducido, habló nuevamente: "Tendríamos que emplear una represión un poco más fuerte y más violenta también".

El 17 de junio de 1974, el líder del justicialismo pronunció esa frase amenazadora. Fue su última advertencia; frente a él estaban los máximos dirigentes gremiales, partícipes directos e indirectos de crímenes aberrantes, atentados con bombas, torturas y desapariciones de opositores. Ignoraba que faltaban catorce días para su muerte, pero era absolutamente consciente de que con esa recomendación desataría una ola todavía más sangrienta de la que ya aquejaba a la Argentina.

Apenas habían pasado doce meses desde su retorno definitivo y llevaba nueve en el ejercicio de la presidencia. A pesar de que los muertos se contaban por decenas y que las armas acallaban toda voz discordante, el General insistió en recomendar una represión "más fuerte y más violenta", precisamente ante quienes sabía que eran cómplices de esa violencia. No lo hacía frente a los jefes de las fuerzas de seguridad, autorizados por la Constitución Nacional para reprimir a quienes atentaran contra el sistema democrático, sino ante jefes de sindicatos que habían convertido sus sedes en verdaderos arsenales para castigar a cualquiera que cayera en la categoría de enemigo.


Dejaba así un legado que se ejecutaría sin piedad durante el siguiente año y medio. Sus palabras contenían una parte de verdad: había intentado erradicar la violencia mediante una convocatoria a someterse a la ley y abandonar las armas. Pero advertido rápidamente de que su predicamento caía en el vacío, recurrió a la peor de las alternativas: la represión parapolicial, la autorización para que operaran bandas de ultraderecha de su propio partido, el aliento a una burocracia sindical que no titubeaba en el uso de las armas, la designación de funcionarios con antecedentes criminales y el silencio condescendiente ante cada acto cometido por ellos.

Esas bandas entendieron y acataron su mensaje: continuaron secuestrando y matando a un universo muy amplio de militantes, activistas sindicales, estudiantes, defensores de presos políticos, intelectuales, líderes sociales y religiosos. A partir de la muerte del líder, cuando lo sucedió su esposa y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, el accionar de esos grupos se incrementó todavía más en una espiral de violencia que desembocó en el golpe militar de 1976.

Perón había realizado reiterados llamados a la convivencia y al diálogo que tenían como telón de fondo enfrentamientos ideológicos y políticos en el interior del universo peronista pero también fuera de él. Su convocatoria fue escuchada y apoyada por la ciudadanía, por partidos políticos y sectores empresariales. Pero rechazada no solo por las organizaciones armadas marxistas que habían luchado contra la dictadura militar de los generales Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston y Agustín Lanusse (1966-1973), sino también por aquellos que buscaron darle una nueva identidad al peronismo, enfáticamente rechazada por Perón y por el aparato peronista mediante una violencia descarnada e inédita durante un gobierno elegido democráticamente en la Argentina. A pesar de contar con todos los instrumentos legales de la Constitución Nacional, el Estado se involucró en ese combate ilegal utilizando grupos armados que actuaron con el beneplácito de un gobierno que no supo —o no quiso— ajustarse a la ley.

Al recurrir a métodos ilegales, el propio Estado se convirtió en una banda. Existen dos presuntas verdades aceptadas por una parte significativa de la historiografía política que se inscribe en esa línea: a) La Triple A fue una creación de José López Rega y comenzó a actuar luego de la muerte del presidente Juan Domingo Perón; b) El Plan Cóndor fue ideado y llevado a la práctica luego del golpe de Estado de 1976. Esa interpretación de los hechos históricos tiene como objetivo deslindar las responsabilidades de Perón desde su regreso al país en junio de 1973 hasta el día de su muerte, el 1° de julio de 1974.


En la batalla por imponer una determinada interpretación del pasado, el desplazamiento de fechas y episodios ocurridos en la década del setenta se ha convertido en un lugar común que sirve para ocultar, o en el mejor de los casos confundir, la responsabilidad que tuvieron dirigentes relevantes de la política nacional. La transferencia de decisiones tomadas por unos y adjudicadas a otros procura disimular esas responsabilidades. Para ello se corren los calendarios, se silencian declaraciones y decisiones, se ignora la firma de decretos clave en la historia de ese período o, con argumentos más o menos desarrollados, se construyen explicaciones acerca de influencias personales, debilidades físicas y cercos invisibles nunca comprobados.

Hechos, nombres y decisiones se recuerdan parcialmente, se niegan, se escamotean o se esfuman sigilosamente del presente. Es un archipiélago de memorias, pequeñas islas que van cambiando sus sentidos mientras se asocian, se interpelan, se enriquecen o se desmienten. Porque la memoria es una construcción social que se va conformando con retazos y parcialidades.

Desde múltiples miradas, distintos sectores sociales intentan preservar su propia versión y en muchos casos es prácticamente imposible hallar puntos de unión que concuerden en el signifi cado de un mismo suceso. De acuerdo con la selección que se haga, la narración parcial de episodios puede ser un instrumento que justifi que cualquier acción individual o institucional. Incluso el terrorismo de Estado y las prácticas políticas ilegales. En buena parte de los casos se intenta sumar la adhesión social a la propia memoria sectorial.

Se disputa palmo a palmo la interpretación de cada suceso como se disputaría la trinchera del enemigo; porque si se logra imponer la versión propia se habrá conquistado la historia pasada. Y con ese triunfo, también el presente. Pero cuando las ideas sobre el pasado se transforman en verdades absolutas, se obtura toda posibilidad de diálogo y discusión.

"Perón y la Triple A", de Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó (Sudamericana).

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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