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sábado, 22 de agosto de 2015

Brasil: una crisis de elefante

Edición Impresa #1377 | Por Jorge Altamira  

"Balança, balança, mas (ainda) não cai"

La nueva oleada de manifestaciones en 25 estados y el distrito federal no resultó tan grande como la primera, que sorprendió al gobierno con más de un millón de personas el 15 de marzo, apenas dos meses y medio después de que Rousseff asumiera su segundo mandato.  

De todos modos, este hecho no indica que la crisis se haya detenido. Por un lado, la recesión se ha profundizado, la desocupación superó el 8 por ciento, y está en marcha una ola de despidos; asimismo, la fuga de capitales se ha acelerado. La combinación de la recesión y la devaluación hará caer el PBI de Brasil, medido en dólares, un 30% en 2016. La caída del precio internacional del petróleo ha tenido un efecto demoledor sobre el conjunto de la economía, cuyo pivot se encontraba en las inversiones ‘pre-sal' de Petrobras y su constelación de contratistas. El derrumbe fue anticipado por la quiebra del Cristóbal López de Brasil, hace dos años, Eike Batista. Desde entonces el armado económico del régimen gobernante se desmoronó; el estado perdió los recursos para financiar la obra pública. Desde 2003, Brasil acumuló un ingreso de fondos de un billón y medio de dólares, que dopó el crédito interno. Este capital se bate ahora en retirada y deja sin base financiera al mercado doméstico.

La crisis de Brasil es simplemente enorme. El Petrolão ha desatado un terremoto en el poder. Las detenciones por desfalco pegan cada vez más alto; la presidenta tiene varios pedidos de juicio político en la cámara de diputados y Lula está acusado de tráfico de influencias en favor del grupo contratista Odebrecht. Las contratistas brasileñas han sido el arma principal de la expansión de los negocios de Brasil en América Latina (incluso Africa), especialmente en Cuba. El tsunami que afecta a las contratistas rompe la estructura de la burguesía brasileña.

Las denuncias de corrupción y acusaciones cruzadas ponen al descubierto una disputa que, más allá del ajuste va dirigida a forzar al gobierno a una apertura económica al gran capital internacional y a una ola de privatizaciones, en el petróleo y en la contratación de obra pública. Está en juego, en primer lugar, el plan de obras por 65 mil millones de dólares anunciado por Rousseff. Según la versión siempre interesada de Página/12, "mientras el gobierno defiende la tesis de que las grandes firmas brasileñas pueden participar en estas obras a pesar de los escándalos (sic), se advierte un lobby en el Congreso y medios de comunicación para que se las excluya y favorezca a constructoras extranjeras" (20/6). También está en juego una mayor injerencia de petroleras y capitales foráneos en Petrobras y acerca del futuro del BNDES, el banco de desarrollo que ha subsidiado a los grandes grupos de la burguesía brasileña, con el dinero de los jubilados y del Tesoro. Para amplias franjas de la burguesía, el Mercosur debe dejar de ser una "unión aduanera" y quedar en libertad de suscribir tratados de libre comercio con Europa y Estados Unidos. 

Juicio político  

¿Estamos en la puerta de un juicio político? La respuesta debería ser afirmativa, ya que Rousseff encabezó Petrobras hasta 2010.

La burguesía, sin embargo, no lo ve así, y acaba de expresarlo en forma rotunda por medio de una declaración que fue firmada nada menos que en la sede de la Cámara Americana de Comercio. Obama no quiere el ‘impeachment'. Para eso, los jefes de empresa han ganado para su campo a Renato Calheiros, el presidente del Senado, dispuesto a impedir el juicio político. Ocurre, sin embargo, que la pertinencia del juicio le corresponde a Diputados, a partir de lo cual la Presidente podría quedar suspendida del cargo. El trabajo para frenar esta posibilidad ya comenzó, pero a un precio elevado: el PT deberá firmar esta semana un programa de ajuste grueso, grueso: desde la elevación de la edad de jubilación, el retorno a convenios por empresa, la tercerización del empleo público, libre comercio con Europa, desinversión de Petrobras a favor de firmas privadas, abandono de su condición de operadora en pozos fundamentales, fuerte ajuste fiscal, desplazamiento del BNDES por la banca privada. Para evitar el ‘impeachment', Brasil se encamina hacia el gran estallido. La operación fraguada en la cámara americano-brasileña ha servido para aislar las manifestaciones que organizan grupos neoliberales por medio de las redes. Habrá que ver si podrán hacer lo mismo con las huelgas que ya han sido anunciadas contra los despidos. La CUT y Lula se han comprometido a asegurar la viabilidad del programa dictado por el gran capital y la Embajada yanqui.

La poderosa federación de industriales de San Pablo (Fiesp) y la de Río de Janeiro publicaron una nota indicando que es el momento de la "responsabilidad, diálogo y preservación de la estabilidad institucional" (Clarín, 8/8). Se plegó Luiz Carlos Trabuco, presidente del banco Bradesco. El vicepresidente Michel Temer, 75 años, alienta un gobierno de unidad nacional, mejor si es encabezado por él mismo. La posibilidad de que Lula ingrese al gabinete debe ser leída como un recurso último. Dilma Rousseff se convierte, en este desarrollo, en "un gobierno de transición", o sea en rehén del lobby de los monopolios. Ocurre que aún le faltan casi cuatro años de gobierno. La remoción del gabinete actual se ha transformado en un rompecabezas, al cual nadie le encuentra la pieza adecuada. Los contratistas detenidos por fraudes, serían puestos en arresto domiciliario o en libertad condicional.  

Izquierda y movimiento obrero

En la izquierda, tanto dentro del PT como fuera de él, el debate sobre el impeachment opera como una extorsión: acepten el ajuste para seguir en el Planalto. La amenaza golpista es un pretexto para capitular ante la mayor ofensiva anti-obrera desde la dictadura militar. Que "Dilma balance mas não caia".

El panorama político descripto solamente podría ser alterado por la clase obrera. Ha comenzado, en la gran industria, la resistencia contra los despidos (ver nota sobre la huelga en General Motors).

Los sindicatos y las centrales obreras frenan y atomizan las luchas, pero esto no es efectivo a mediano plazo dada la inmensidad de la crisis y la brutalidad de sus repercusiones.

Brasil se ha convertido en el eslabón más débil de la crisis mundial. 


Fuente: http://www.po.org.ar/prensaObrera/1377/internacionales/brasil-una-crisis-de-elefante

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