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sábado, 18 de junio de 2016

Es el capitalismo, PTS

16 de junio de 2016 | #Prensa Obrera 1415 | Por Gabriel Solano 
Confirmando la máxima marxista de que el azar es la expresión casual de la necesidad, un tuit de Jorge Altamira en vísperas del #3J (“La trata no es machismo: es la explotación capitalista organizada de mujeres y niña/os”) produjo la indignación del PTS, algo a priori imprevisto si se tiene en cuenta que se califican a sí mismos como una organización anticapitalista 
La indignación los llevó a comenzar una polémica en la que defendieron una única idea rectora: el machismo, como expresión de la discriminación y la opresión de la mujer, no remite en la sociedad actual al capitalismo, sino que es una expresión ancestral que requiere una lucha y un programa específico. En defensa de esta posición pusieron un esfuerzo digno de las mejores causas, pasando de Twitter a Facebook, y de éste a la Izquierda Diario, todo para atacar al Partido Obrero por osar atacar al capitalismo en vez de al “patriarcado”. No faltó, claro, que nos acusaran de practicar un “reduccionismo economicista”, sin saber, o quizá sabiéndolo, que éste ha sido un sambenito utilizado reiteradas veces por los adversarios del socialismo para combatir al marxismo. 
Aunque el PTS comenzó el debate, evitó todo el tiempo sacar todas las conclusiones políticas de su posición. Se entiende por qué: si la lucha contra el machismo -o, más en general, contra toda forma de opresión de la mujer- no remite al capitalismo, entonces puede ser combatido sin levantar un programa anticapitalista.
El PTS dejaría de ser, al menos en el terreno de la mujer, un partido anticapitalista y socialista, para transformarse en una organización antipatriarcal o antimachista. Pero las derivaciones políticas no concluyen en lo señalado. En la medida en que el combate no es contra el capitalismo, la lucha de clases es sustituida por una lucha de géneros -o sea, por la conciliación de clases. Nada original, claro, pues es el planteo que caracteriza al feminismo pequeñoburgués. 
La dirigente de Pan y Rosas, Andrea D’Atri, quiso disimular este renunciamiento al socialismo afirmando que la trata “también es machismo” -o sea, que además es el capitalismo. Pero la afirmación, que no sirvió a tales fines, puso de manifiesto el eclecticismo del PTS, que redujo a la lucha de clases y al capitalismo a “una” de las causas de la opresión actual de la mujer. Esta 'pluricausalidad' caracteriza al centrismo político y teórico, que busca conciliar al marxismo con el oportunismo. Es útil para la franela con el centroizquierdismo y el feminismo pequeñoburgués, que se indigna ante el marxismo por meterse en un terreno que consideran exclusivo para sus divagaciones. Los/as defensores/as de la ‘pluricausalidad’ se jactan a sí mismos por destacar la “cuestión cultural” subyacente en la opresión de la mujer, y se anotan ellas mismas para librar la “batalla cultural”, para lo cual reclaman subsidios de las ONG o de las universidades. Omiten, claro, que la propia cultura no puede sustraerse del régimen de explotación dominante y, en última instancia, es la “cultura” de la clase explotadora. Su rechazo a la tesis marxista, de defensa de la lucha de clases para terminar con toda forma de opresión y explotación de la mujer, tiene un carácter de clase profundo. La pequeñoburguesía siente que puede jugar el rol principal en las “batallas culturales”, pero se siente relegada a un segundo plano cuando se trata de la lucha de clases entre el proletariado y la clase capitalista.
La capitulación del PTS ante esta capa social es profunda. Por eso suma su indignación contra el PO por ‘reducir’ la cuestión de la mujer a la lucha por derrocar el régimen capitalista. Afirma -D’Atri- que las mujeres de la burguesía también sufren la opresión y la discriminación, ignorando que en una sociedad dividida en clases la forma en que se manifiesta esa opresión es cualitativamente distinta entre mujeres obreras y mujeres burguesas. Sólo yendo contra sus intereses de clase las mujeres burguesas podrían admitir un impuesto al gran capital para financiar un plan de ayuda a las mujeres víctimas de la violencia de género y, aún más, admitir la presencia de comisiones de mujeres en las fábricas para asegurar el cumplimiento de sus reivindicaciones contra los abusos y tratos discriminatorios. Esto, que debiera ser evidente para todo/a socialista, el PTS lo omite para justificar una política de conciliación de clases. 
Las sucesivas respuestas dadas por el PTS en esta polémica no hicieron más que repetir que, como el machismo o el patriarcado son previos al capitalismo, la abolición de este último no resuelve la cuestión de la mujer. D’Atri, en su respuesta última a Altamira, va más allá, al señalar que “consideramos que la revolución obrera y socialista no resuelve en sí misma, integralmente, la emancipación de las mujeres de la esclavitud doméstica y su subordinación patriarcal; pero con la liquidación de la propiedad privada de los medios de producción, se sienta las bases fundamentales para ello”. ¿De qué depende, entonces, la resolución de la cuestión de la mujer? Esta afirmación de D’Atri mezcla adrede cuestiones de orden distinto, con el único propósito de justificar su adaptación al régimen. Ocurre que es claro que “la revolución obrera y socialista no resuelve en sí mismo” la cuestión de la mujer, porque al día siguiente de la revolución seguirá habiendo capitalismo. La construcción del socialismo tiene como punto de partida la revolución, pero no es un acto único. Esta es la posición del anarquismo, no del marxismo. Es más, incluso la eliminación de la propiedad privada no es condición suficiente para definir una sociedad como socialista. En la Rusia revolucionaria de 1917-1920 la propiedad privada fue abolida por el “comunismo de guerra” impuesto por las dudas condiciones de una guerra civil. Pero ni bien ésta concluyó la propiedad privada volvió con la NEP. El socialismo es una etapa superior al capitalismo, con un mayor desarrollo de las fuerzas productivas, que permita eliminar la propiedad privada junto con la lucha por la existencia individual. Si ésta subsiste, como en la Rusia pos-revolución de octubre, no tiene sentido hablar de socialismo incluso aunque transitoriamente haya sido abolida la propiedad privada. D’Atri y el PTS confunden estas cuestiones deliberadamente, para justificar que la erradicación del machismo u otra forma de violencia y/o discriminación de la mujer depende de cuestiones culturales y no de la superación del capitalismo y la abolición de toda forma de opresión y explotación clasista. 
El PTS sustituye al materialismo por el idealismo, al sostener que es el “patriarcado” y no el capitalismo el responsable de la opresión de la mujer. 
Tendríamos una institución que no tiene sus raíces en el régimen social imperante, sino que se mantiene en lo esencial inalterable durante etapas históricas y regímenes sociales sustancialmente distintos. 
Este idealismo puede tener también su costado reaccionario, como lo prueba tanto el antisemitismo como el sionismo, pues ambos buscan defender sus posiciones en hechos que remiten a etapas históricas pretéritas. Se trata de un idealismo pre-hegeliano, pues desconoce la dialéctica, que tiene por principio rector que “lo único constante es el cambio”. Pero fue el socialismo quien pudo dar cuenta de la raíz social del antisemitismo moderno, o sea, capitalista. Mientras los sionistas remontaban la explicación a la expulsión de los judíos de Palestina en el año '70 de nuestra era, planteando la vuelta a la tierra sagrada, los socialistas plantearon que para terminar con el antisemitismo había que derribar el capitalismo-imperialismo. 
No puede pasarse por alto que las posiciones del PTS en lo esencial se asemejan a las del kirchnerismo. Mientras Altamira decía desde su cuenta de Twitter que el capitalismo era el responsable de la trata, Cristina Kirchner distribuía, con diferencias de horas, desde su Facebook personal, un texto de su hija Florencia afirmando, como el PTS, que “era el machismo y el patriarcado”. Al contrario de lo que dicen las series yanquis, aquí todo parecido entre el kirchnerismo y el PTS no es pura coincidencia. 
La importancia del debate que se ha desarrollado radica en que distingue a los defensores de la lucha de clases de quienes ofrecen, bajo el ropaje de la “pluricausalidad”, una política de compromiso y de conciliación de clases alejada del socialismo. Una estrategia conduce a la revolución proletaria, la otra al frente popular. El tuit de Altamira tuvo la virtud de disparar una polémica que aportó a la clarificación política.

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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