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jueves, 7 de julio de 2016

Yoko Ono: instrucciones para imaginar otro mundo

7 de julio de 2016 | #Prensa Obrera 1418 | Por Daniel Mecca

El espíritu de la obra de Yoko Ono, más allá de las consideraciones, sigue siendo el mismo que tenía en los sesenta y setenta: la imaginación de un mundo nuevo, la reivindicación del amor, la ilusión y la sensibilidad en medio de la barbarie capitalista. La imaginación de un mundo donde no hay un único soñador. 
 
El arte conceptual -consolidado en los años sesenta- vino a terminar con la idea de la presencia material de la obra de arte, de las “bellas artes” y llevó la obra a un plano filosófico. Fue un giro desde la experiencia sensible hacia el pensamiento. Así, marcó una línea de evolución respecto de las ideas de Duchamp, del dadaísmo y de los nuevos soportes que comenzaron a surgir en los años cincuenta: performances, happenings, instalaciones, intervenciones. El arte empezó a poner el cuerpo, a romper fronteras disciplinarias. 
 
"Dream come true" -la muestra de la artista japonesa Yoko Ono (83) presentada por primera vez en Buenos Aires- se enmarca en lo conceptual. Son más de 80 trabajos: instalaciones, videos, objetos cotidianos y registros sonoros producidos desde los sesenta hasta hoy. Como desarrolla el texto curatorial, la artista produce eventos, rituales y acciones, cuya precisa elaboración se completa a través de la participación del público. En otras palabras, se pone al espectador en un lugar de poder: es el borramiento de las fronteras entre aquellos que actúan y aquellos que miran, la constitución de una nueva narrativa. 
 
Se trata de “instrucciones” planteadas por Ono en las paredes (a través de versos) que llama a los espectadores a realizar acciones: subirse a una escalera para “mirar el cielo”; “añadir colores” en un cuadro; envolverse en una manta negra; dejar un mensaje en la pared para las madres; martillar un clavo en una cruz de madera o estar atento a un antiguo teléfono que lleva la leyenda “cuando suene el teléfono, sepan que seré yo”: en algún momento, dicen, Yoko Ono llamará a ese número. 
 
La muestra está atravesada por una tonalidad pacifista, ecologista y antibélica, un “peace and love” permanente con el espíritu del ‘flower power’ de los sesenta: nacida en Tokio en 1933, la época primaria de Yoko -hija de una de las familias más ricas de Japón- estuvo atravesada por la Segunda Guerra Mundial y la barbarie de las bombas atómicas. De este modo, por ejemplo, la obra que invita a los visitantes a reparar objetos rotos de porcelana opera como “una metáfora de la destrucción del mundo y posibilita su sanación y reparación", según uno de los curadores. Hay una esencia lúdica que atraviesa las distintas piezas, una recuperación de lo surrealista y, en el mismo gesto, de lo infantil y lo inocente. 
 
Otra obra trascendental es “Resurgiendo”, donde cientos de mujeres latinoamericanas, víctimas de la violencia de género, van relatando sus historias a través de breves textos en papel y con la imagen de su mirada, conformando en un mural la brutalidad que vivieron. "Ten coraje / Ten rabia / Estamos todas juntas", reza la instrucción de esa pieza. Los testimonios son recibidos hasta el 16 de octubre en http://www.malba.org.ar/arising/ 
 
Un señalamiento merecen los videos co-realizados con John Lennon, su entonces pareja, como “Freedom”, donde una mujer intenta romper su corpiño violentamente. Y el “Film N 5. Sonrisa” (1968), donde se ve al ex beatle, en primer plano, mirando en forma luminosa a la cámara, con un fondo de paisaje zen -la muestra, de hecho, produce un cruce de las culturas de oriente y occidente, en sintonía con el artista John Cage (1912-1992). A pesar de la fuerte imagen que lo asocia a Lennon, ella, con su obra, logra quebrar la atadura al nombre del músico y adquirir una identidad propia. 
 
La muestra de Yoko -presentada en el Malba hasta el 31 de octubre- se mueve en una compleja tensión. Tiene, por un lado, un progresista sentido político: su denuncia contra la violencia de género, el poder que le otorga al espectador y la resignificación de un movimiento artístico trasgresor en medio de la crisis general. La naturaleza de este tipo de obras, incluso, opera como una resistencia al mercado, ya que problematiza su venta como mercancía. 
 
Pero en su intento de acentuar el discurso pacifista Yoko cae, por momentos, en un tono "hippie naif" propio de la imagen que la burguesía quiso construir sobre Lennon tras su muerte (PO, 23/12/10). Hay que recordar que, tras la separación de los Beatles, él había alcanzado una mayor radicalización de sus posiciones políticas y su activismo antibélico, reflejadas en canciones como "Working class hero", “Imagine” y "Power to the People". Es aguda, asimismo, la tensión entre el discurso imperativo (las “instrucciones” que ordena la artista) y la idea de libertad que se desarrolla sobre el visitante. 
 
El espíritu de la obra de Yoko Ono, más allá de las consideraciones, sigue siendo el mismo que tenía en los sesenta y setenta: la imaginación de un mundo nuevo, la reivindicación del amor, la ilusión y la sensibilidad en medio de la barbarie capitalista. La imaginación de un mundo donde no hay un único soñador.
 

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