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domingo, 21 de agosto de 2016

¿Costo laboral o empresario?

LAS IMPOSTURAS DE LA UNION INDUSTRIAL
 
18 de agosto de 2016 | #Prensa Obrera 1424 | Por Pablo Heller 
 
La Unión Industrial ha intensificado una cruzada contra lo que denomina una “baja competitividad laboral argentina”. Según los datos que aporta, Argentina estaría en 1,87 de un índice de “costo de producción”, cuando Estados Unidos, Chile y Japón rondan en 0,40 y China en 0,17. O sea que aquí costaría cuatro veces más que en algunos de los países desarrollados producir cada unidad de cualquier producto o servicio. 
 
El problema, sin embargo, no reside en el salario. En esos mismos estudios, y cuando se compara el costo salarial, Argentina aparece en el ranking con 11 dólares la hora; Brasil, con 6,50 y Japón, Estados Unidos y Alemania, entre 23 y 46. Pero incluso esa cifra es engañosa, pues no incorpora en el promedio al 40 por ciento de trabajo en negro de la Argentina, lo que hace que los salarios medios desciendan abruptamente. Esa cifra, además, no se refiere al salario de bolsillo, sino que incluye las cargas patronales. Descontándolas, estaríamos hablando de un salario del orden de los 8 dólares por hora -o sea, unos 20.000 pesos por mes. Pero una franja muy reducida, alrededor del 20% de los trabajadores, alcanza o supera esa cifra. En cambio, más del 50 por ciento de los salarios en blanco no supera los 12.000 pesos, cuando la canasta familiar orilla los 20.000. Lo que es elevado, en pesos y en dólares, es el costo de vida, en tanto que el poder adquisitivo de los salarios está por el suelo. 
 
El problema de la “competitividad”, entonces, hay que buscarlo en el costo empresario. La inversión de la clase capitalista no llega al 20% del producto total de la economía, y ni siquiera compensa la depreciación y obsolescencia de la maquinaria. Incluso en el período de mayor reactivación bajo el kirchnerismo, el capital ha preferido contratar personal en lugar de invertir, aprovechando la baratura de la mano de obra. Estamos frente a una “huelga” de inversiones -no sólo en la Argentina, sino a nivel internacional-, que tiene como telón de fondo la crisis de sobreproducción mundial, que ha estado acompañada de una tendencia a la deflación y a una caída pronunciada de la tasa de beneficio. Pese a años de desinversión, se da la paradoja de que la Argentina “padece” un exceso de capital en relación con sus posibilidades de valorización. 
 
Las promesas sobre la “lluvia de inversiones” y un despegue económico en el segundo semestre han quedado archivadas. Adicionalmente, los tarifazos y la devaluación han aumentado los costos industriales. El retroceso del PBI podría superar al 3% este año, mientras que la industria tuvo una caída superior al doble de esa cifra. La devaluación de la moneda ha sido incapaz de sacar del pantano a los resultados del comercio exterior, que sólo registraron un leve resultado positivo en el semestre porque la recesión económica contrajo las importaciones. El cuadro recesivo viene acicateado por el agravamiento de la bancarrota capitalista y, particularmente, por el colapso económico de Brasil. La industria automotriz de ese país, a la que se destinan seis de cada diez vehículos producidos localmente, se ha desplomado en 2016 y se espera el mismo resultado en 2017. Esto crea una capacidad ociosa, lo que explica el aumento de los costos por unidad producida y no el nivel salarial. Precisamente en Brasil, donde los salarios -según los cálculos de la UIA- serían la mitad de los de la Argentina, los valores por este concepto se disparan. 
 
Cuando se habla de “competitividad” no se puede soslayar tampoco el costo financiero. Aún después del arreglo con los buitres, la Argentina sigue pagando tasas propias de defol. El financiamiento de la quiebra del Estado -del Tesoro nacional, los Estados provinciales y el Banco Central- como resultado del pago serial de la deuda pública, es una hipoteca pesada sobre el conjunto de la economía y, a la vez, una fuente de beneficios extraordinarios para quienes lucran con ella. Los dólares que han ingresado al país engrosan esa bicicleta financiera, que otorga rendimientos usurarios a los inversores. Ello oficia como una barrera a cualquier tentativa de reactivación, mientras agrava el déficit fiscal y el quebranto de las finanzas públicas. No es ocioso señalar que uno de los sectores que más lucra con esta operatoria es la propia burguesía nacional, que detenta una parte importante de los títulos públicos. Los recursos que el capital sustrae del ámbito productivo y se fugan del país vuelven bajo la forma de préstamos y colocaciones especulativas.
 
La campaña contra la falta de “competitividad” o “productividad laboral” es una pantalla para promover un salto en el grado de explotación de la clase obrera. La Unión Industrial -pero en eso coinciden las demás fracciones capitalistas- impulsan una reforma laboral que acentúe la precarización y la inseguridad (reforma del régimen de las ART). 
 
Por otra parte, la patronal industrial, particularmente aquella vinculada a la exportación, plantea la cuestión del “aumento de costos” para reinstalar el reclamo de una devaluación, lo que a su turno, avivaría las tendencias inflacionarias.
 
Lo que actúa como un freno al desarrollo de las fuerzas productivas es el capital y no la fuerza de trabajo. Frente al chantaje patronal, reclamemos que se abran los libros y las cuentas de las empresas, que se exhiba y se ponga bajo el escrutinio popular cuáles son sus costos reales, en cuánto incide el precio (y el sobreprecio) de los insumos y de las tarifas, cuál es el costo financiero y, por sobre todo, cuáles son los márgenes de utilidades -incluidas las ganancias financieras y las de los sobreprecios monopolistas- y cuáles son los niveles de inversión, para comparar toda esta enorme cuenta con la de los salarios. Esto pondrá en la superficie el enorme parasitismo patronal y la necesidad de invertir la fórmula: que la crisis la paguen los capitalistas, lo cual debe ser encarado como parte de una reorganización integral del país liderada por la clase obrera.
 
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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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