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martes, 23 de agosto de 2016

Estados Unidos, en el ojo de la tormenta

Un nuevo eslabón de la crisis capitalista mundial
 
 
18 de agosto de 2016 | #Prensa Obrera 1424 | Por Pablo Heller
 
Hasta hace poco tiempo, se decía que lo peor de la crisis mundial había pasado. Para ello, se exhibían síntomas de recuperación en Estados Unidos. A partir de esas expectativas, las autoridades de la Reserva Federal resolvieron aumentar la tasa de interés a fines del  año pasado, y adelantaron su intención de proceder a nuevas alzas en los trimestres siguientes. Pero estas proyecciones se han desinflado, invirtiendo los pronósticos. The Wall Street Journal advierte sobre el “descenso más prolongado de la productividad laboral en Estados Unidos desde fines de los años ’70 (que) amenaza las perspectivas a largo plazo de la economía del país y podría llevar a la Reserva Federal a mantener las tasas de interés bajas por muchos años” (WSJ, 11/8).
 
Asistimos al tercer trimestre consecutivo de una baja de la productividad -el período más largo desde 1979-, lo que ilustra el empantanamiento en la economía. El crecimiento económico de Estados Unidos en el segundo trimestre fue solamente del 1,2 por ciento.Pero esta impasse integra una tendencia mundial. En Europa, apenas ascendió al 0,3 por ciento. El crecimiento chino continúa en brusco declive, y gran parte de América Latina se encuentra en retroceso.
 
El telón de fondo de estos datos es una crisis enorme de sobreproducción -o sea, un exceso de capitales y mercancías en relación con sus posibilidades de valorización. Esto nutre las tendencias deflacionarias y la caída de los beneficios y, de la mano de ello, un retraímiento de la inversión. Las tendencias deflacionarias  se expresan en el crecimiento de una deuda pública que hoy está colocada a tasa de interés negativa, y que pasó en el último año de 1,3 a 14 billones de dólares a nivel mundial. La ausencia de rendimientos financieros positivos implica una amenaza al sistema bancario y a las compañías de seguros, y constituye un registro inapelable de la tendencia a la depresión económica. La actividad petrolera es un ejemplo elocuente de este proceso: algunos vieron en la caída del precio de los hidrocarburos la oportunidad de un relanzamiento de la economía, a caballo de la reducción de los costos industriales y el aumento del consumo. Lejos de ello, la rebaja de los combustibles sólo condujo a un derrumbe de la industria petrolera, con su secuela de cierres, despidos y concentración industrial. 
 
En 2015, el informe anual del FMI señalaba que la caída de la inversión privada estaba en el centro del fracaso de la recuperación de la economía global desde la crisis de 2008, a pesar del crédito a bajísimas tasas de interés y del rescate multimillonario de los bancos que emprendieron los Estados de las principales potencias y sus respectivos bancos centrales. En el trimestre más reciente, la inversión privada en Estados Unidos cayó 9,7 por ciento, el tercer peor descenso trimestral. Esta caída en la inversión en los países capitalistas avanzados está en la base del desmoronamiento de la productividad.
 
Las grandes empresas han acumulado billones de dólares en efectivo y no los invierten ni en la producción ni en la investigación y desarrollo. Utilizan esos fondos para recomprar acciones, aumentar sus dividendos y llevar a cabo fusiones y adquisiciones 
 
Esto explica la paradoja de que el desempeño productivo sea cada vez más magro, mientras el precio de las acciones en las bolsas mundiales alcanza niveles récord. Cuando se examinan los balances, se observa que una porción significativa de sus utilidades provienen de colocaciones financieras. 
 
Nueva burbuja 
 
Esta hipertrofia del sector financiero ha terminado por socavar la base industrial norteamericana. Su contracara es un aumento de la especulación y una inflación de los activos, que no es otra cosa que capital ficticio. La economía estadounidense está sentada en  una nueva y explosiva burbuja, que prepara una  crisis de mayores proporciones que la de 2008. Esto empalma con las tendencias a la desintegración de la Unión Europea, que han pegado un nuevo salto con el Brexit y el estado de falencia en que se encuentra la banca del continente; con el impasse de la economía japonesa, que no logra salir de la recesión pese a los abundantes recursos puestos por el Estado; con la crisis de China y con el derrumbe de los países emergentes. 
 
El agravamiento de la bancarrota capitalista explica la creciente rivalidad entre los Estados y, con ello, las tendencias a la guerra comercial, monetaria y a la guerra misma. Ello se evidencia ahora en Estados Unidos, en el recurso creciente de los candidatos a la demagogia social y chovinista, que florece en forma proporcional a la desintegración de los partidos tradicionales. Pero esta crisis de fondo es también el laboratorio y el caldo de cultivo de grandes sacudidas sociales y,  al ritmo de ellas, de giros políticos profundos de las masas.
 
 
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