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viernes, 7 de abril de 2017

LA HUELGA DEL 6A: UN PLEBISCITO OBRERO


El paro general del 6 de abril ha sido cumplido en forma masiva y, en la industria, unánime. Esto lo convierte en un plebiscito de la clase obrera contra la política de ataque social y político contra los trabajadores. Hubo incluso un apoyo de hecho a la huelga de parte de la llamada clase media, que se manifestó en el elevado cierre de persianas del negocio minorista y en la caída fenomenal del tránsito vehicular en las ciudades principales. Lo contrario ocurre con frecuencia, por ejemplo en las capitales europeas, donde las huelgas del transporte son la ocasión para embotellamientos espectaculares. A los intendentes no les sirvió de nada habilitar el libre estacionamiento y la gratuidad del peaje para incentivar el uso del automóvil particular. Como la necedad abunda más de lo que podría ser natural, la mayoría de los medios de comunicación eligieron mirar hacia otro lado.


La vanguardia de la huelga fueron los sindicatos y agrupamientos gremiales combativos y la mayoría de los partidos, organizaciones o simples grupos de izquierda. Fieles a los planteos que han venido realizando desde hace meses, impulsaron cortes de ruta, piquetes y actos públicos, para darle a la huelga un carácter activo. No desarrollaron nada artificioso, porque la huelga activa y los piquetes están inscriptos en la historia del movimiento obrero de Argentina. Que la CGT los haya dejado de lado sólo demuestra que es una burocracia que ha deformado la naturaleza de clase de los sindicatos. La huelga es un método de lucha colectivo y ha sido recogido por la Constitución de ese modo; la huelga individual no se ejercita ni por los monjes budistas. Es además la forma en que se manifiesta la voluntad de lucha colectiva de los trabajadores, que ponen el cuerpo en defensa de sus derechos y de sus reclamos. Los cretinos que oponen a la huelga el derecho al trabajo, son los mismos que promueven los despidos masivos y que denuncian que la ‘mafia sindical’ manipula a la base para, a renglón seguido, atacar la posibilidad de que la base se manifieste en forma combativa en las calles y en el ingreso de los lugares de trabajo.

En la retaguardia de la huelga se colocó la burocracia sindical, que no movilizó a nadie y que no dejó de repetir que su propósito era desahogar la presión de los trabajadores. El país entero sabe que esta burocracia nunca quiso un paro nacional. Hasta las cero horas del 6A estuvo encerrada firmando ‘acuerdos sectoriales’ que contemplan flexibilidad laboral y subsidio a las patronales. La burocracia cegetista es una de las patas del régimen de coalición a la carta entre el gobierno y los partidos patronales en el parlamento; los diputados sindicales han votado las cien leyes que han habilitado los ataques del macrismo y las patronales contra la clase obrera. Más relevante es, si cabe, el apoyo nulo de la burocracia a la huelga de los trabajadores de la educación, a sabiendas, precisamente, de que es la pulseada que ha elegido el macrismo para imponer acuerdos salariales a la baja, con el pretexto de la llamada inflación futura – que de paso es ya superior a la más alta de sus propias previsiones. La CGT dice ahora que la “huelga fue contundente” pero no dice que ha sido plebiscitaria, y que constituye, por lo tanto, un mandato.

En el fondo de la tabla se puso el kirchnerismo, que rechazó apoyar la huelga activa, esto con independencia de la movilización que emprendieron algunos sindicatos o corrientes en forma individual. “Vamos a volver”, no contempla el método de la movilización y la lucha de clases. No se vieron a intendentes o punteros K resistiendo la represión de la Gendarmería en los cortes, ni tampoco a los movimientos sociales papales. Carnerear una huelga no es solamente presentarse a cumplir tareas – es también sabotear que se convierta en activa. Esta delimitación política no es para nada menor – es de principios -, y demarca los campos entre la clase obrera y los nacionales y populares.

El 6A marca, como se ha hecho hábito decir, un antes y un después, pero a condición de que introduzcamos en la caracterización otro elemento: la burguesía respaldó en toda la línea al gobierno. Ninguna fracción capitalista ‘coqueteó’ con el paro, como ocurre cuando busca apalancar su oposición al gobierno de turno usando una acción popular. El mismo día del paro tuvo lugar el Mini-Davos del capital internacional en Buenos Aires. Los medios de comunicación repitieron como loros que la huelga vulneraba el derecho a trabajar, y que los piquetes en las rutas infringían el Código Penal. La misma uniformidad de la burocracia en el apoyo al paro, a pesar de sus divisiones y más aún de sus discrepancias sobre el paro mismo, desnuda que está advertida de que no debe exponer brechas que puedan servir a una expresión más abierta y resuelta del descontento de los trabajadores. Es simplemente por esta razón que la burocracia de UTA y de la CATT convino en paralizar toda forma de transporte sin por eso inmutar en lo más mínimo al gobierno. El ‘low cost flight’ ya está arreglado, a pesar del golpe mortal que significará para el transporte terrestre de larga distancia si no recibe subsidios. El régimen político todavía procesa sus contradicciones por adentro. La consigna inmediata de todo el arco político es derrotar a los docentes.
El conjunto de esta caracterización nos advierte que la pelea que tiene la clase obrera por delante es dura.
Con el 6A se cierra en forma definitiva la primera etapa del gobierno de Macri, que consistió en imponer el ajuste mediante maniobras parlamentarias y la complicidad del peronismo y la burocracia, para pasar a una política de golpes más fuertes en nombre de la ‘productividad’. El macrismo intentará hacer suya la consigna de otrora: “ramal que para, ramal que cierra”. Para esto seguirá contando con el apoyo del peronismo, el FpV y la burocracia, más allá de los escarceos electorales y de sus propias contradicciones internas (UCR, Lousteau, reclamo del círculo rojo para que amplíe las alianzas políticas).

La huelga del 6A mostró, del otro lado del mostrador de la lucha de clases, una tendencia promisoria. Nos referimos a la coordinación de luchas, como en la periferia industrial de Rosario, incluida la GM de la zona sur; las movilizaciones conjuntas en Mendoza y en Córdoba (Mendoza atraviesa por una terrible crisis de la vitivinícola, a pesar de que los bodegueros fueron la punta de lanza de la devaluación efectuada en los inicios del gobierno); o en el caso de Baradero, donde la multisectorial de patronales, burócratas y partidos afines, ha sido incapaz de dar salida a la quiebra industrial. Los reclamos de plan de lucha deben ir acompañados del desarrollo de coordinadoras, frentes clasistas en los sindicatos y una vigorosa campaña política para que las elecciones de Octubre pongan a la izquierda revolucionaria en el lugar que la ponen sus peores críticos y los mismos acontecimientos combativos de marzo y abril.

Manos a la obra.

Jorge Altamira

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