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lunes, 17 de julio de 2017

El viraje del 4 de julio de 1917

13 de julio de 2017 | #Prensa Obrera 1466 | Por Christian Rath

“Los actuales soviets han fracasado”
 
“En julio de 1917… nosotros contuvimos a las masas con todas nuestras fuerzas y, como no lo logramos, las condujimos -con inauditos esfuerzos- hacia la retirada, evitando una batalla sin esperanza”. De este modo, en enero de 1919, Karl Radek, enviado del Partido Comunista soviético, trató de impedir que los jóvenes miembros del Partido Comunista Alemán transformasen las manifestaciones de obreros y soldados en una insurrección prematura.
 
De no haber sido puesto aquel freno a las movilizaciones políticas y armadas de las masas rusas, que pasaron a la historia como las Jornadas de Julio -3 y 4-, las manifestaciones podrían haber derivado en una insurrección que, en la victoria o en la derrota, habría quedado aislada dentro de los límites de San Petersburgo. Reprimida, habría golpeado duramente a la cabeza de la revolución. Los bolcheviques superaron de este modo una prueba histórica, desde el momento que muchas de las revoluciones previas habían tenido sus propias Jornadas de Julio. A una primera oleada revolucionaria, la burguesía que se cubre con estas banderas considera que ha cumplido su misión y busca el compromiso con las clases desplazadas. El pueblo, desengañado, cree que con una nueva intervención puede enderezar rápidamente el rumbo y emprende un nuevo asalto revolucionario, sin preparación, sin considerar la disposición de fuerzas y las consecuencias. La burguesía que ha llegado al poder espera este momento para liquidar la iniciativa del pueblo. Fue lo que ocurrió en la Francia de 1848 o la Comuna.
 
Debe repararse en otro punto. Después de las Jornadas de Julio, el Gobierno Provisional intentó aprovechar la intervención empírica de las masas para una embestida represiva y un fortalecimiento del Estado: planteó la continuación de la guerra, el restablecimiento de la pena de muerte y se arrogó la autoridad para censurar y efectuar detenciones sin orden judicial. En particular, trató de golpear a los bolcheviques, acusándolos de constituir una agencia de los alemanes, de recibir su oro y haber garantizado el ingreso de Lenin en la Rusia revolucionaria a través del “vagón precintado”. Los locales del partido fueron asaltados, la prensa fue prohibida, numerosos militantes fueron detenidos. Sin embargo, los bolcheviques pudieron resistir la embestida adaptándose de inmediato a la semiclandestinidad. Numerosos militantes zafaron de la detención apoyándose en las redes secretas existentes y en las nuevas oportunidades que planteaba la intervención en los soviets, la prensa silenciada fue reemplazada por centenares de hojas clandestinas y una nueva prensa legal. En días, el partido fue una organización actuante. Quedó expuesto el mérito histórico de los bolcheviques al defender la vigencia de una organización conspirativa fuertemente centralizada, en un período en el que el proletariado del resto de Europa actuaba en la legalidad, sin dejar de estimular nunca la conquista de la libertad política como un factor fundamental y hasta decisivo en la educación en gran escala de obreros y explotados.
 
El fin de la posibilidad de un período pacífico
 
A mediados de julio, sólo diez días después del vuelco en la situación, Lenin declaró caducas todas las consignas del período anterior, las que habían estado vigentes “digamos, desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio”. Esto valía, en particular, para la consigna de ¡Todo el poder a los Soviets!, que presidió la posibilidad de un desarrollo pacífico de la lucha por el poder. ¿Por qué pacífico? Porque ninguna fuerza política o militar importante, en ese período de fines de febrero a inicios de julio podía oponerse a la conquista del poder por los Consejos Obreros. Por otra parte, la lucha de clases y de partidos se habría desenvuelto dentro de los soviets, de un modo relativamente indoloro y, no menos importante, “habría dado un gran paso en la labor de apartar a los campesinos de la burguesía, de aproximarlos a los obreros, para acabar uniéndose con éstos”.
 
¿Qué había cambiado, en lo esencial?
 
En el inicio de la Revolución de Febrero todas las clases se habían unido contra la monarquía y parido un Gobierno Provisional, enlazado a la dirección de los soviets, que se presentaba a sí mismo como condescendiente con los reclamos de las masas -paz, pan y tierra. A partir del 4 de julio, la burguesía, con los monárquicos como furgón de cola, convirtió en cómplices de su acción a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques para emprender una cruzada contrarrevolucionaria. Unos y otros aceptaron el envío de tropas “probadas” a San Petersburgo para desarmar a las masas y reprimir a los bolcheviques, al mismo tiempo que se fusilaba a los insubordinados en el frente militar.
 
El poder había pasado de manos. Durante los meses de marzo y abril de 1917, no se sabía si el poder efectivo estaba en manos del Gobierno Provisional o del Soviet. Luego del 4 de julio, el Estado pasó a manos de la burguesía, los terratenientes y la camarilla militar reaccionaria, aunque su máscara fuese el Gobierno Provisional. La tarea era derrocar ese poder.
 
Seguir planteando ¡Todo el poder a los Soviets! era engañar a las masas, porque esos mismos soviets habían caucionado el accionar de los verdugos, era desenvolver la ilusión de que socialistas y revolucionarios todavía podían plantearse la toma del poder y borrar la divisoria de sangre producida en las Jornadas de Julio. 
 
Lenin apostará vigorosamente, en función de la guerra, la catástrofe económica y la crisis en el campo, a una segunda oleada revolucionaria. “En esta nueva revolución -dirá- podrán y deberán surgir los soviets, pero no serán los soviets actuales, no serán órganos de una política de pactos con la burguesía, sino órganos de lucha revolucionaria contra ella”. Denunciará que por la acción de mencheviques y socialistas revolucionarios los soviets habían sufrido una bancarrota completa.
 
El Frente Popular
 
El 24 de julio, empujado por las derrotas en el frente militar, Kerensky -compañero de ruta de los socialistas revolucionarios- exigió la suma del poder público. Los Comités Ejecutivos de los Soviets, orientados por mencheviques y socialistas revolucionarios votaron por 147 votos contra 46 en contra y 42 abstenciones, que el poder le fuera entregado sin limitación alguna. Fue el inicio de un intento bonapartista. El nuevo gobierno, esta vez con mayoría de ministros “socialistas”, tuvo el visto bueno de las clases propietarias, un visto bueno otorgado en función del aplastamiento definitivo de la revolución. Una vez que ésta se consumara, el nuevo Gobierno Provisional no tenía razón de ser. El Frente Popular, el recurso último de la burguesía contra la revolución, expresado en la colaboración de socialistas revolucionarios y mencheviques con la burguesía en el Gobierno Provisorio, estuvo presente en la Revolución Rusa. Fue quien preparó la contrarrevolución, instaurando una dictadura y convirtiéndose en cómplice de la última tentativa de golpe militar que hubo en Rusia. Las experiencias de Frente Popular tendrían, luego de la burocratización de la URSS, el aliento vigoroso de Stalin, como medio de aplastar los procesos revolucionarios. Pero en la Rusia de 1917 no hubo un partido estalinista. El bolcheviquismo repudió y combatió la colaboración de clases con la burguesía, llamó a enfrentar al gobierno bonapartista en nombre de un gobierno de trabajadores. “Es precisamente el proletariado revolucionario el que, aprovechando la experiencia del mes de julio de 1917, tiene que hacerse cargo por su cuenta del poder del Estado, sin eso es imposible que triunfe la revolución” (destacado de Lenin).
 
¿Cómo se explica…?
 
En junio de 1917, el órgano central del partido tenía una tirada de 50.000 ejemplares. El partido había pasado de 5.000 miembros en febrero a más de 20.000 a mediados de abril.
 
León Trotsky, en la Historia… se preguntará cómo era posible que un partido relativamente débil, con este nivel de propaganda, pudiese hacer penetrar sus ideas y consignas. “La solución de este enigma es muy sencilla: las consignas que responden a las necesidades agudas de una clase y de una época se crean por sí sola miles de canales. La ardiente atmósfera de la revolución es un agente conductor de ideas extremadamente elevada”. Las consignas aparecían como sencillas, no sólo porque respondían a los deseos de las masas. Los trabajadores se orientan no sólo por sus necesidades, sino por la experiencia práctica y, lejos de ignorar esta experiencia, los bolcheviques fundaban en ella su política.
 
Fuentes:
Pierre Broué: El Partido Bolchevique, Ayuso, Madrid, 1973.
V.I Lenin: Obras Completas, Tomo XXV, Cartago, Buenos Aires, 1958.
León Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, Galerna, Buenos Aires, 1973.
J.J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008.
 
 

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