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martes, 11 de julio de 2017

Trump terminó de enterrar el acuerdo contra el cambio climático

6 de julio de 2017 | #Prensa Obrera 1465 | Por Martín Sánchez

El anuncio hecho por Trump de que Estados Unidos se retirará del Acuerdo de París contra el cambio climático generó una larga onda de críticas. La cuestión ambiental había sido uno de los aspectos más polémicos en la campaña electoral de Trump, ya que prometía flexibilizar las regulaciones de la actividad contaminante de las empresas y salirse de los acuerdos internacionales. Según las palabras del magnate, el cambio climático es un “cuento chino” y las regulaciones ambientales un escollo para la competitividad de la industria norteamericana.

Trump se hizo eco del reclamo de una parte importante de la burguesía yanqui, que no está dispuesta a hacer las inversiones necesarias para desarrollar una producción no contaminante. El empresario del carbón, Robert Murray (de Murray Energy) fue uno de los principales financistas de la campaña del presidente. En Kentucky o Virginia, fuertemente afectados por la decadencia de la industria del carbón, Trump llegó a conseguir el 80% de los votos.

Un primer paso de esta agenda anti-ambiental de Trump fue la designación del negacionista del cambio climático Scott Pruitt como jefe de la Agencia de Protección Ambiental, quien se hizo famoso como fiscal de Oklahoma, por intentar bloquear leyes ambientales promovidas por dicha agencia (como la restricción a la emisión de mercurio o de preservación de parques nacionales). Empresas hidrocarburíferas y grupos de presión como Koch Industries, Continental Resources o Devon Energy han donado generosas sumas a la Asociación de Procuradores Generales Republicanos que Pruitt dirige.

En la actualidad, Trump ya cuenta con una batería de decretos contaminantes: la construcción de los gasoductos de Dakota Access y Keystone (un proyecto que estaba frenado por su riesgo de impacto ambiental), la atenuación de las revisiones ambientales en los proyectos de infraestructura, revisión de las protecciones a arroyos y humedales, eliminación del plan “energía limpia” y, con ello, el desmantelamiento de los límites a las emisiones de carbono a las centrales eléctricas y la minería.

El acuerdo que no fue

La cumbre en la que se firmó el acuerdo contra el cambio climático fue financiada por grandes pulpos imperialistas, muchos de ellos de un penoso legajo contaminante, como Volkswagen o corporaciones de energía nuclear. El tratado fue firmado por casi todos los países del mundo, a los que no comprometía a nada en concreto. Estaba planeado para entrar en vigencia recién a partir de 2021 y su objetivo global era evitar que la temperatura del planeta se eleve por encima de los 2°, aunque sin fijar metas ni obligaciones por país.

Por esta laxitud, muchos en el entorno del presidente recomendaban mantenerse en el acuerdo y simplemente revisar los compromisos, cambiando las metas productivas y financieras contraídas en la administración anterior. Sin embargo, Trump prefirió dar una clara señal de apoyo a las industrias como la automotriz, siderúrgica o hidrocarburífera, mostrando que ahora existe piedra libre para bajar costos a expensas de la depredación ambiental.

División capitalista

Este planteo echó leña al fuego de la crisis política norteamericana y a la división interna de la burguesía.

Desde Silicon Valley surgieron las primeras quejas, ya que las grandes empresas tecnológicas han invertido fuertemente en el desarrollo de las energías renovables. Dieciséis compañías, entre ellas Apple, Facebook, Google, Microsoft, Hewlett Packard y Morgan Stanley enviaron una carta abierta pidiendo al presidente que se mantenga en el acuerdo. Además, las energías renovables se volvieron cada vez más atractivas para un arco muy amplio de inversores, ya que su costo fue disminuyendo drásticamente.

En el plano político, asistimos a las quejas de Obama, responsable del autoabastecimiento de petróleo en Estados Unidos a partir del desarrollo ilimitado de la supercontaminante industria del fracking. Los mismos lamentos se escucharon por parte de los gobiernos de Europa, India y China, principales responsables de las emanaciones de carbono junto con Estados Unidos.

El fracaso del Acuerdo de París, como en su momento del más ambicioso Protocolo de Kioto, muestra la incapacidad del imperialismo de frenar el cambio climático y el calentamiento global. El desarrollo de la ciencia y la técnica permiten posibilidades ilimitadas de progreso en la transformación de la naturaleza de forma sustentable. Pero una planificación racional de la economía en función de las necesidades sociales sólo será posible bajo un gobierno de trabajadores.

Mientras persista la organización social capitalista y la producción se rija por el lucro y la competencia anárquica, marchamos hacia la barbarie y la autodestrucción.

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Coordinadora Sindical Clasista - Partido Obrero

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