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domingo, 27 de abril de 2014

Las conclusiones políticas del XXII Congreso del Partido Obrero

XXII congreso


El XXII Congreso del PO sesionó durante los cuatro días de la Semana Santa. Fue, como esperábamos todos, un intenso laboratorio de elaboración política. Los casi 400 delegados, electos sobre la base de uno por cada diez militantes, fueron la expresión del avance significativo que el partido ha logrado durante el último período, en el cual se incorporaron centenares de luchadores del movimiento obrero y de la juventud. El congreso permitió constatar que el Partido Obrero, en tanto organismo vivo que se desarrolla con la lucha de clases, vive una transición generacional y política, caracterizada, por un lado, por la afluencia de nuevos contingentes de militantes, muchos de ellos jóvenes, y, por otro lado, por la incorporación de muchos compañeros que provienen de otras tendencias políticas, pero especialmente de otras tradiciones políticas, en especial del peronismo. Para todos ellos, el congreso fue un acontecimiento intensamente formativo, el puente político de una transición de carácter militante.

Transición
El congreso partió de la comprensión de la transición que vive el propio Partido, pero que representa una transición general de la situación histórica tomada en su conjunto.

La bancarrota económica de Argentina, que se manifiesta en forma cada vez más aguda a partir de 2011, es la consecuencia del fracaso de la reconstrucción capitalista del país operada por el kirchnerismo para salir de la crisis del 2001-2002. O sea que integra un ciclo, vinculado -como es obvio- a la situación mundial. La “reconstrucción de la burguesía nacional” (o sea el rescate del capital) consistió en utilizar la recuperación económica subsiguiente para transferir al Estado, a los contribuyentes, los trabajadores y los jubilados la hipoteca internacional dejada por la convertibilidad. Como consecuencia de ello, la deuda pública es en la actualidad superior a la de 2001, luego de haber reducido a la mitad la deuda con los acreedores internacionales. El rescate del capital se tradujo también en la salida de recursos en gran escala al exterior, por medio de transferencia de utilidades y fuga de capitales, requeridos por la bancarrota de las casas matrices en las metrópolis. De aquí el vaciamiento energético, el déficit fiscal y la importación de combustibles, así como la inflación. La crisis actual tiene, por lo tanto, un carácter estratégico, porque expresa el fracaso de la reconstrucción capitalista sobre sus viejas bases. Es una expresión aguda, también, del fracaso del nacionalismo de contenido burgués. El nacionalismo ha dejado un balance de precarización y pobreza de más de un tercio de la población -o sea, la mitad de los trabajadores-, salarios condicionados a las horas extras y a los premios por productividad, y jubilaciones de miseria. Ha sido un instrumento político de la superexplotación de la fuerza de trabajo.

Una conclusión fundamental del congreso fue que la devaluación de la moneda y la entrega acelerada al capital internacional dará lugar a la acentuación de los desequilibrios económicos, que se manifestarán en tarifazos, nuevas devaluaciones y mayores ajustes contra los trabajadores. Una expresión irrefutable de la bancarrota son las tasas de interés usurarias, en dólares, que pagan el Estado nacional y el Banco Central.

Nacionalismo burgués
En la caracterización de la transición, el Congreso se esforzó en remarcar la conexión entre la bancarrota económica y el nuevo agotamiento de una experiencia de nacionalismo burgués. Del cambio de frente de la clase capitalista, luego de la quiebra de 2001-2002, del campo de la dolarización al de la pesificación, asistimos ahora a otro cambio de frente: el que pilotea el kirchnerismo a la búsqueda de asistencia financiera internacional. De lo mismo forma parte el acuerdo de libre comercio en marcha entre el Mercosur y la Unión Europea, que involucra, por lo tanto, a los ‘nacionales’ de Brasil y Venezuela. El agotamiento de esta experiencia es la base de la descomposición del frente kirchnerista, que se ha dispersado en varias coaliciones políticas opositoras.

Argentina asiste a un avance de la descomposición del peronismo, en el que todas las coaliciones pejotistas buscan de modo abierto el voto no peronista. Néstor Kirchner fue un ‘adelantado’, cuando se propuso crear dos polos -de centroderecha y centroizquierda- que pusiera fin al pejoto-peronismo. En el seno del activismo y de las masas, esta desperonización es, naturalmente, mucho más acentuada.

Otro elemento de la transición es la descomposición del centroizquierda, que se ha pasado con armas y bagajes a un derechismo desvergonzado; en el camino ha dejado destrozada a la izquierda democratizante, que buscaba en la centroizquierda la posibilidad de un frentismo ‘plural’. De esta crisis implacable, que no deja títere con cabeza, se ha nutrido el Frente de Izquierda y de los Trabajadores. El centroizquierdismo ha quedado reducido a algunos dirigentes de la CTA-Micheli. La izquierda democratizante se encuentra realizando maniobras desesperadas para llevar al Frente de Izquierda a unas internas sin contenido ni principios -lo más parecido a un bingo.

La transición
en el movimiento obrero

La transición en curso se manifiesta en el movimiento obrero y sus organizaciones: la disgregación de la burocracia sindical y el crecimiento -aunque aún no generalizado- de las corrientes clasistas. Se trata de una tendencia largamente inscripta en el último medio siglo. La burocracia se encuentra dividida en varias centrales, pero también dentro de ellas. Porque también ha perdido peso político propio, en contradicción con los avances que ha registrado la organización obrera en la base. Los candidatos postulados por el moyanismo y la CTA hicieron el ridículo. Políticamente, los trabajadores no los tuvieron en cuenta. La burocracia sindical no se despega de la descomposición del peronismo.

La huelga docente de 17 días, en la provincia de Buenos Aires; el paro nacional del 10 de abril y la huelga docente de Salta expresan la tendencia de fondo en el movimiento obrero contra el ajuste de oficialistas y opositores. La resistencia masiva y creciente de los trabajadores contra el ajuste plantea de este modo la cuestión de la huelga general, como ocurriera con el Rodrigazo de 1975, contra Isabelita-López Rega. El Congreso del Partido Obrero, en lo que fue uno de sus debates más desarrollados, concluyó que la lucha por la huelga general contra el ajuste debe plantearse en forma conjunta con la convocatoria a un congreso de bases del movimiento obrero: la huelga política de masas debe estructurar a la clase obrera como un sujeto político social independiente.

El crecimiento de la izquierda de los sindicatos tiene raíces en el conjunto del proceso político. De acá se desprende que el trabajo en los sindicatos y empresas debe ir de la mano de un trabajo político integral; no en sí mismo, sino vinculado a la crisis política y al desarrollo de un partido propio de la clase obrera. Para desenvolver este trabajo, el congreso votó impulsar la salida de un periódico sindical de la Coordinadora Sindical Clasista-PO.

La izquierda
El congreso consideró el crecimiento del Frente de Izquierda como un elemento fundamental de la transición política.
Los resultados en Salta, en cuanto entrañan un enfrentamiento directo con el peronismo y su gobierno, constituyen la expresión más clara del contenido histórico potencial de esta transición. El Frente de Izquierda se ha convertido en un polo imantado, en una fuerza de atracción sobre los trabajadores sin tradición de voto a la izquierda y sobre los sectores intermedios.

El proceso político objetivo que canaliza el Frente de Izquierda tiene lugar junto a una crisis creciente en su interior, que se manifiesta de diversas maneras, pero por sobre todo en el intento de crear alternativas políticas antagónicas disimuladas como sindicales. Esa crisis no se manifiesta, al menos objetivamente, en la exteriorización de diferencias de principios y de programas. Esto lo prueba el Manifiesto Político, redactado por el Partido Obrero y suscripto por unanimidad en el Frente. Las diferencias programáticas pueden superarse por medio de la discusión o dar lugar a compromisos de acción práctica común; la lucha faccional y la intriga crean situaciones insuperables y son liquidacionistas. En la izquierda revolucionaria, el futuro que se anida en la transición política sufre el grillete y el peso de una inmadurez histórica y del sectarismo con el carácter del propio frente.

El llamado Encuentro de Atlanta emerge, en especial en este cuadro faccional, como un bloque político antagónico al Frente de Izquierda. Especialmente porque no se ha formado en la claridad, es decir, sobre la base de una delimitación sobre la necesidad de una acción política independiente de parte de los trabajadores y la lucha por un gobierno de trabajadores. No es casual que en ese Encuentro se metiera enseguida el caballo de Troya del seguidismo al moyanismo. El Encuentro, como bloque, participó de la huelga del 10 de abril pasado sin una delimitación de la burocracia sindical. Por eso no quiso firmar la declaración presentada por el Sindicato del Neumático de San Fernando, que jugó un gran papel en la huelga. La ausencia de un planteo de independencia política de clase, que se expresa en el desarrollo del Frente de Izquierda, crea un vacío que pretende ser llenado por una corriente pseudopluralista y democratizante.

Un congreso

político, obrero y socialista

Atendiendo a todos los elementos que caracterizan la transición política en curso, el XXII Congreso del Partido Obrero resolvió interesar al Frente de Izquierda en la realización de un congreso obrero y socialista de la izquierda y el movimiento obrero, para desarrollar en un plano más elevado la fusión creciente entre el socialismo y la clase obrera, o sea para operar el tránsito definitivo del ciclo de la burocracia de colaboración de clases y del peronismo hacia la preparación del gobierno de los trabajadores. El congreso debe ser preparado con un método, o sea con la propuesta de un programa y una organización definida de la discusión de ese programa. Debe servir para mostrar que, en la crisis nacional, hay una salida revolucionaria más allá de los cuatro jinetes del apocalipsis que promueven las patronales. El congreso deberá desarrollarse sobre la base de un frente único y de los métodos del frente único.
El eje programático del congreso es, como no podría dejar de ser, la independencia política de la clase obrera y la lucha por el gobierno de los trabajadores. Estos principios se encuentran desarrollados en el Manifiesto Político del Frente de Izquierda. Contra el inmovilismo fatal que genera el faccionalismo sin principios, llamamos a convocar a un congreso obrero y socialista del movimiento obrero y la izquierda, que potencie la iniciativa política de los revolucionarios.
Mediante la fusión del movimiento obrero y la izquierda revolucionaria, expulsaremos a la burocracia de los sindicatos, los cuales se convertirán en democráticos e independientes, y en instrumento poderoso de la lucha de la clase y de su desarrollo político, y sentaremos la premisas históricas, únicas, de un partido de trabajadores auténtico.

Gabriel Solano -
Jorge Altamira

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