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martes, 24 de septiembre de 2013

No se puede confiar en la demanda externa

No se puede confiar en la demanda externa Por Francisco J. Cantamutto

Dos organismos internacionales han reconocido que el modelo de crecimiento por exportaciones enfrenta severas limitaciones. La distribución del ingreso, un viejo y actual problema en la Argentina.

Nuestro país comparte con el resto de América Latina una historia común. No sólo en lo referido a la conquista europea y los procesos de independencia, sino en la trayectoria económica de largo plazo. Esta situación fue extensamente indagada a fines de los años sesenta, dando lugar al mundialmente famoso enfoque de la dependencia.
La idea central de este enfoque, en lo relativo a la economía, es que los países dependientes están plenamente integrados a la economía mundial, en una posición subordinada. Esta posición hace, entre otras cosas, que se especialicen en producciones de bajo valor agregado, posean una estructura productiva tempranamente concentrada, muy heterogénea y altamente extranjerizada, remitan flujos permanentes de capital hacia el centro -en las formas de pagos de utilidades, regalías, dividendos, intereses, etc.-.

Un dato central de esta especialización de temprana internacionalización es que los rezagos en la capacidad competitiva son suplidos mediante la reducción de los pagos a la fuerza de trabajo local, lo que el economista y sociólogo brasileño Ruy Mauro Marini llamó "superexplotación". El abaratamiento de las ventas externas por la vía de pagos miserables a los trabajadores es el origen de la imposibilidad de formar un mercado interno. Toda vez que los y las trabajadoras no pueden abastecerse de los bienes mínimos para su supervivencia, muy difícilmente se vuelvan una fuente de demanda para otros bienes no básicos.

Otro tanto semejante se puede agregar respecto de la valorización de los recursos naturales, que en la región son explotados sin miras de sostenibilidad a efectos de exportar en el presente. Éste era el doble fundamento de lo que en Argentina se conoció como modelo agroexportador: aprovechar recursos abundantes y pagar mal a la fuerza de trabajo.

Esta especialización se vio modificada durante el período de las guerras mundiales, donde las economías más grandes de la región comenzaron un incipiente proceso de industrialización sustitutiva de importaciones.
Con el final de la Segunda Guerra Mundial (1945), algunos de estos países buscaron continuar esta senda, privilegiando el rol del Estado y apoyándose en las inversiones extranjeras. Este camino, sin embargo, fue modificado entre mediados de los setenta y principios de los ochenta, con un cambio en la estrategia de crecimiento. En los países del Cono Sur (Chile y Argentina fueron pioneros a nivel mundial), este cambio se produjo de la mano de feroces dictaduras, que encontraron en las ideas neoliberales su punto de apoyo.

La inserción externa de las economías latinoamericanas, cada una con sus temporalidades e intensidades, volvió a grandes rasgos a su situación inicial: la apertura comercial y la liberalización financiera las expuso a la competencia externa, favoreciendo una especialización particular.
Las economías, nuevamente, con tiempos e intensidades diferentes, tendieron a favorecer las producciones en las que contaran con ventajas. Siempre en términos generales, esto implicó la explotación de los recursos naturales disponibles -ahora procesados de modo primario como insumos industriales de uso difundido- y de la fuerza de trabajo mal pagada. México, Centroamérica y el Caribe, además, centraron casi todas sus ventas en el mercado estadounidense.
La dependencia volvió a reforzarse sobre las ventas a los países centrales de productos de bajo valor agregado (soja, minerales, etc.), tanto como con los pagos de intereses y utilidades. El dinamismo del sector externo quedó atrapado en las necesidades e intereses de los países centrales.

En su último informe mundial, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que esa especialización, bastante generalizada, no permitió dinamizar ni el consumo ni la inversión interna. Es decir, impulsar las exportaciones no reportaba un impulso a la demanda interna, dañando la capacidad de favorecer el crecimiento. De hecho, puede constatarse para toda nuestra región que el crecimiento de las exportaciones fue mucho más dinámico que la expansión de la producción.
La misma OIT señala además que esta búsqueda de expansión de las exportaciones muchas veces recayó sobre el abaratamiento de la fuerza de trabajo, lo que ocasionó un marcado deterioro de la distribución del ingreso. Así, parece que los organismos internacionales comienzan a reconocer, con décadas de demora, el fenómeno que el enfoque dependentista ya había señalado.

Más llamativo, sin embargo, resulta que otra organización internacional haya señalado las limitaciones de esta estrategia. El último informe sobre comercio y crecimiento de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) advirtió de modo enfático que los países "en vías de desarrollo" debían rectificar su estrategia de crecimiento: dado que la crisis mundial no parece terminarse, estos países no pueden depender de la demanda de los países centrales para exportar. Más bien, dice el organismo, deberán comenzar a elaborar estrategias de fomento de la demanda interna si quieren seguir creciendo en los años por venir.

Este reconocimiento no se puede dejar pasar tan rápidamente. Aunque aún restan pronunciamientos del Banco Mundial y el Fondo Monetario, podemos percibir en al menos dos grandes organismos internacionales el reconocimiento de que el modelo impulsado en las últimas décadas falló. Y, por si esto fuera poco, reconocen que la salida viable es modificar la distribución del ingreso.

Fuente : Marcha

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