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domingo, 23 de febrero de 2014

Lenin, sobre dependencia y liberación nacional (3)

Lenin, sobre dependencia y liberación nacionalRolando Astarita [Blog]

Esta es la tercera y última entrada de “Lenin, sobre dependencia y liberación nacional” (la primera aquí, la segunda aquí).

Planteos conectados

El tema tratado en esta nota enlaza con otros planteos que he presentado en este blog. Una primera cuestión es que no tiene sentido decir que actualmente el país dependiente típico es explotado (seguramente en este punto tengo una diferencia con el planteo de Lenin). Es que en la actualidad la relación económica predominante, en los países dependientes, es capitalista, y por lo tanto la extracción del excedente opera a través de la generación y apropiación de plusvalía, de la queparticipan los capitales según su fuerza relativa, sean nacionales o extranjeros; la cuestión del colonialismo en esto no interviene. Pero si los capitales nativos de los países dependientes participan de la explotación según su fuerza relativa, no tiene sentido decir que son explotados, u oprimidos, por los capitales extranjeros; más bien son socios en la explotación del trabajo. Éste es un punto en el que mantengo una fuerte diferencia con buena parte de la izquierda “nacional”, que piensa que la burguesía criolla es “semi-oprimida” por el imperialismo (según Trotsky, 1937, la burguesía de los países semicoloniales sería una clase “semi-gobernante, semi-oprimida”). Los países dependientes y atrasados hoy no están sometidos al saqueo y pillaje por vía de la dominación colonial, y por lo tanto no tiene sentido afirmar que “la nación” (esto es, comprendiendo a su clase dominante) está oprimida, o explotada en alguna forma.

Para expresarlo con nombres, en Argentina los grupos Socma, Techint, Lázaro Báez, Bulgheroni, Clarín, Macro, Arcor, Pescarmona, Grobo y similares, no son explotados, sino explotadores. Algo similar ocurre con los grandes grupos económicos mexicanos, chilenos, malayos o indios. Pueden estar asociados con capitales extranjeros, sean financieros, comerciales o productivos, pero no por ello están colonizados. Lo mismo se puede decir de los inversores argentinos (o de cualquier otro país atrasado) que realizan inversiones directas en otros países, o colocan fondos en los grandes centros financieros internacionales. Sus intereses están entrelazados con los del gran capital. Un funcionario argentino que invierte sus dinerillos en un paraíso fiscal, no es un explotado por el capital financiero internacional; es alguien que ha participado, y se ha beneficiado, de la explotación de la clase obrera de “su” país, y se sigue beneficiando de la explotación del trabajo a nivel global. En definitiva, la clase dominante argentina, como la de cualquier otro país dependiente, no es “semi-oprimida” ni “semi-explotada”, como aparecía en la visión tradicional basada en la caracterización “Argentina semicolonia”. Por esta razón, tampoco tiene sentido sostener que la clase obrera europea o estadounidense participa de la explotación de la clase obrera del llamado tercer mundo, como sostienen algunos marxistas “nacionales” (hace algunos años, escuché por televisión a la por entonces diputada Ripoll decir que los trabajadores españoles gozaban de “altos salarios” porque las empresas españolas sobre-explotaban a los trabajadores argentinos).


En segundo término, la evolución de la mayoría de los países de colonias a países capitalistas dependientes, no se puede comprender si se sigue aferrado a la idea de que la entrada del capitalismo europeo en la periferia sólo generó retroceso de las fuerzas productivas o estancamiento. O que la oligarquía terrateniente nunca podría evolucionar hacia alguna forma de capitalismo agrario. Se trata de una tesis que se instaló en la izquierda a partir de 1934 (séptimo congreso de la Internacional Comunista), y se mantuvo, con pocas variantes, hasta el día de hoy. Por eso es tan común que la izquierda “nacional” diga que Marx se equivocó cuando pronosticó que en el largo plazo la entrada de los ferrocarriles británicos en India terminaría generando capitalismo indio (y buena parte de la izquierda “ortodoxa” guarda prudente silencio sobre el asunto).
Por eso también, casi nadie quiere recordar los pasajes en los que Lenin planteaba que la entrada del capital extranjero en las colonias daría lugar al desarrollo de fuerzas productivas capitalistas en esos territorios. Según la visión “estancacionista”, en las periferias sólo podían reinar el atraso y el saqueo colonial, de manera que el desarrollo capitalista estaba “bloqueado” (término empleado por Samir Amin, o Ernest Mandel) en algún sentido fundamental. Sin embargo, la predicción de Marx se mostró más acertada que el enfoque estancacionista (véase aquí). Indudablemente, la entrada del capital en el Tercer Mundo, del brazo del colonialismo, provocó enorme devastación y retroceso (véase Bairoch, 1982), y esta situación es el elemento de verdad que tienen las tesis estancacionistas. Pero también generó, dialécticamente, las condiciones para que surgiera una fuerza social burguesa, con raíces propias. En la Argentina dependiente del siglo XIX, por caso, las inversiones británicas de ferrocarriles, alentadas por los gobiernos tradicionalmente considerados pro oligárquicos y pro capital extranjero -Mitre, Sarmiento, Avellaneda- también alentaron, en definitiva, un desarrollo capitalista. Puede, con toda razón, considerárselo un desarrollo tecnológicamente atrasado y desarticulado, pero no dejó de ser desarrollo capitalista. Obsérvese que desde la perspectiva que estoy defendiendo, un libro como Facundo, de Sarmiento, no es la expresión de un programa de desarrollo colonial, como sostiene la corriente nacional, sino capitalista; más precisamente, de acumulación originaria -esto es, por medio de la violencia- capitalista.

El desarrollo capitalista, por otra parte, hace que en la actualidad sea más visible la distancia que media entre los países dependientes, y las colonias y semicolonias que analizaba Lenin. Más aún, hoy la exportación de capitales desde países atrasados, y el surgimiento de  grupos con intereses globales y raíces en los países atrasados, introducen nuevas complejidades en las relaciones de dependencia. En 2000 la participación de los países atrasados en la inversión extranjera directa mundial era del 12%; en 2012 fue del 35% (los BRICS, esto es, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica son los mayores inversores; UNCTAD, 2013)). En 2011 el 42% del stock de IED de los BRICS estaba en países adelantados (y el 34% en EEUU). En 2012, entre los 20 países inversores más importantes del mundo estaban China (segundo lugar, con 123.000 millones de dólares); Rusia, en el octavo lugar (con 51.000 millones de dólares); Corea, en el puesto 13; México en el 15; Singapur en el 16 y Chile en el 17 (con 21.000 millones de dólares; fuente UNCTAD 2013). En la lista Fortune 2012 de las 500 empresas globales más poderosas del mundo, 73 empresas eran de China, 13 de Corea del Sur, 8 de Brasil, 8 de India, 7 de Rusia, 6 de Taiwán, 3 de México, 2 de Singapur, y con una empresa figuraban Malasia, Colombia, Tailandia, Venezuela, Arabia Saudita y Emiratos Árabes. Según el McKinsey Global Institute, de las 8000 empresas que a nivel mundial producen ingresos superiores a 1000 millones de dólares anuales, el 26% pertenece a países atrasados. No estamos diciendo con esto que Malasia o Brasil se equiparan con Japón o EEUU, sino significando que hubo un desarrollo capitalista, y que las burguesías de muchos países atrasados en absoluto pueden ser consideradas simples marionetas de los capitales de las grandes metrópolis.
El desarrollo también involucró a las famosas “oligarquías terratenientes parasitarias”. Por ejemplo, en Argentina, cuando se dieron las condiciones, los grandes propietarios de la tierra en la Pampa Húmeda invirtieron en la producción de soja y maíz, y avanzaron por una vía capitalista. Se puede discutir si es un avance tecnológico mayor o menor que el de los países adelantados, pero no hay dudas de que se trató de un desarrollo capitalista. Lo mismo sucedió con otras esferas de la actividad económica: surgió un capitalismo con bases propias, que actúa en conveniencia con el capital extranjero. Se confirma también que esta evolución terminó acentuando la relación de las economías de estos países con el mercado mundial, y con el capital mundial. El desarrollo capitalista da como resultado que todas las economías sean hoy cada vez más interdependientes. La discusión sobre la “cuestión nacional” (y la famosa “burguesía nacional”) en países como Argentina, se resuelve en la intelección de estos desarrollos.

Liberación nacional y contradicción capital trabajo

Como no podía ser de otra manera, las diferencias en torno a estas cuestiones desembocan en diferencias en torno al carácter de las luchas sociales y políticas, y los programas que deberían defender los socialistas en los países atrasados. En la visión “a lo Milcíades Peña”, el problema fundamental sería lograr la liberación nacional. El enfrentamiento de la clase obrera con la burguesía se plantea, desde esta óptica, no porque el capital implique una relación de explotación, sino porque juega un rol contrarrevolucionario en relación a la liberación nacional. Volviendo al escrito de Peña, ya citado: “Ante todo, la clase obrera se enfrenta a la burguesía porque ésta es una clase básicamente antinacional y contrarrevolucionaria desde el punto de vista de la realización de las grandes tareas revolucionarias de la nación. Por eso la tendencia a poner en primer plano los antagonismos entre el proletariado y la burguesía nacional olvidando el antagonismo entre la nación y el imperialismo es sin duda condenable, pero igualmente condenable, igualmente nocivo y contrarrevolucionario, es el intento de ocultar, frenar y taponar la lucha de clases en supuesto beneficio de la lucha nacional antiimperialista” (pp. 159-160).

Este pasaje sintetiza en buena medida las diferencias entre Peña (y el trotskismo, la corriente de la dependencia y similares), por un lado; y la izquierda nacional (incluido el stalinismo), por el otro. Pero también permite ver la distancia entre el planteo de esta nota, y el de Peña (y los trotskistas). De acuerdo al enfoque que defiendo, hay que poner en primer plano el antagonismo entre el capital y el trabajo, no porque esté pendiente alguna tarea histórica de liberación nacional, sino porque domina un modo de producción basado en la explotación del trabajo por el capital, sea este último nativo o extranjero. Lo cual conecta, inevitablemente, con la perspectiva internacionalista.

Por otra parte, también pierde sentido el apoyo “crítico” a partidos o corrientes políticas por su pretendido “antiimperialismo”. Una cuestión que, en determinadas coyunturas, ha marcado líneas políticas y mensajes cargados de sentido “nacional”. Por ejemplo, en 2002 muchos dirigentes de la izquierda argentina apoyaron la candidatura de Lula a la presidencia de Brasil, con el argumento de que enfrentaba al imperialismo de EEUU. Así, Vilma Ripoll, del Movimiento Socialista de los Trabajadores, explicaba que el triunfo de Lula terminaría “con años de gobiernos directos del FMI y las multinacionales” (Página 12, 27/10/02); según esta visión, el gobierno de Fernando Henrique Cardoso había sido de tipo semicolonial (cipayo, agente del imperialismo), y con Lula el país, y América Latina, avanzaban hacia su independencia. Luis Zamora se expresaba en términos semejantes: aconsejaba votar por Lula “para enfrentar a EEUU y su política militarista de dominación” (ídem). Estos dirigentes no podían ubicar el programa de gobierno del PT en los marcos de un gobierno más o menos “normal” (y bastante conservador, por cierto) de un país dependiente. Tampoco advertían que las políticas fundamentales de Cardoso (privatizaciones, énfasis en reducir el déficit fiscal, promoción de condiciones para invertir) no obedecían a “dictados” de Washington, sino derivaban de la lógica del capital “en general”, con anclaje en el mismo Brasil. En esta visión “nacional marxista”, la historia queda reducida, en última instancia, a una interminable sucesión de “traiciones” a los intereses de la patria oprimida.
No se trata de errores debidos a falta de información, sino son el resultado de una concepción globalmente equivocada, cuya raíz última es la incomprensión de las tendencias que operan a nivel del capitalismo mundial. En definitiva, volver sobre la distinción leninista entre países dependientes y coloniales y semicoloniales, y su relación con las evoluciones del capitalismo, puede ser fructífero para la elaboración de los programas y líneas de acción del socialismo en los países atrasados.

 Textos citados:
 
Bairoch, P. (1982): “International Industrialization Levels from 1750 to 1980”, Journal of European Economic History, vol. 11, pp. 269-333.
Peña, M. (1974): Industria, burguesía industrial y liberación nacional, Buenos Aires, Ediciones Fichas.
Trotsky, L. (1937): “Not a Workers’ and Not a Bougeois State?”, en http://www.marxists.org/archive/trotsky/1937/11/wstate.htm.
UNCTAD, (2013): World Investment Report, Global Value Chains: Investment and Trade for 

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