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sábado, 29 de marzo de 2014

Argentina devaluada

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La economía en tiempos de ajuste
Por Esteban Mercatante
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Fracasada toda una serie de artilugios para frenar la pérdida de dólares, y en un contexto internacional de presión sobre las economías mal llamadas emergentes, el gobierno aceleró la devaluación del peso, que fue de 23 % en enero (lo que sumado a la depreciación del año anterior alcanza un 63 % en un año). Ahora la apuesta es estabilizar la economía limitando las aspiraciones salariales. Como en todas las crisis, los salarios vuelven a ser la variable de ajuste.

Esta medida corona dos años durante los que la disponibilidad de dólares se manifestó como una de las cuestiones más críticas en la economía argentina. Apenas pasada la elección presidencial de 2011, se iniciaron rápidamente las primeras medidas de limitación a la compra de dólares. Junto con eso, rige desde comienzos de 2012 una limitación a las importaciones, apuntando a poner coto a la salida de dólares por esta vía aún a costa de imponer un freno a la economía. Esto no evitó la pérdida de reservas por parte del Banco Central (BCRA), que al cierre de esta nota están en u$s27.500 millones, pero sí tuvo como efecto agrandar la brecha entre la cotización del dólar oficial y la del paralelo.

Estamos ante el último capítulo de un largo proceso de agotamiento del esquema económico que rige desde 2002, que es resultado de los severos condicionantes con los que opera la economía argentina, y que se cocinó a fuego lento gracias a una situación internacional inusitadamente favorable de la cual quedan cada vez menos elementos (como señala en este número Juan Chingo).

Capitalismo dependiente y tipo de cambio
La “cuestión” del dólar responde a las características de la economía argentina. Con excepción del agro y otros pocos sectores con ventajas específicas, los capitales radicados en el espacio económico nacional tienen una productividad del trabajo menor a los promedios internacionales imperantes en sus respectivas ramas. Esto es así tanto para las empresas de origen local como para varias extranjeras, que para la producción para el mercado local o regional no traen la tecnología más avanzada. Requieren por tanto más tiempo socialmente necesario que sus homólogos de otras latitudes para producir las mismas mercancías. Producen a un costo comparativamente más alto que estos últimos. Salvo contadas excepciones, los precios de las mercancías sometidas a la competencia internacional (los llamados bienes “transables”) están dados internacionalmente, y los mayores costos locales no pueden traducirse en un precio mayor de la mercancía. Esta imposibilidad de ajustar los precios a sus costos amenaza con la pérdida de capacidad de valorización, es decir, impide que el precio obtenido cubra sus costos y una ganancia media.

La reproducción del capital en vastos sectores de la economía se encuentra condicionada a una depreciación del tipo de cambio, es decir que la moneda nacional pierda poder de compra con relación al dólar. El tipo de cambio depreciado significa que cada hora de trabajo nacional se va expresar solo como una fracción de ese tiempo en términos de valor internacional. Esto permite que los sectores que producen con costos mayores que los imperantes a nivel internacional en su rama puedan funcionar sin ver erosionada su capacidad de valorización; se logra la llamada competitividad, a costa de reducir los términos de intercambio de la economía nacional con el resto del mundo. El correlato es la depresión del salario medido en dólares y la pérdida de poder adquisitivo de los asalariados.

La competitividad del capital se logra reduciendo la participación de la fuerza de trabajo en el valor generado. La caída del costo salarial es un requisito de toda devaluación exitosa. Desde el punto de vista del Estado, esta depreciación cambiaria contribuye a mejorar el balance externo, limitando las importaciones (al encarecerlas) e incentivando las exportaciones. El crecimiento económico desde 2003 reconoce sus raíces en la megadevaluación de 2002. Como resultado, el costo salarial cayó un 60 % medido en dólares, mientras que el salario real cayó casi un 30 % ese año (por el encarecimiento de los precios atados al dólar, como muchos alimentos). Esto, sumado a la persistencia de la precariedad laboral, fue clave en las altas tasas de ganancia de los años siguientes1, junto con el ciclo alcista en la demanda global de granos y en sus precios que, con altibajos, se mantiene.

Tipo de cambio depreciado y “subacumulación” de capital
Podría parecer que el tipo de cambio depreciado es una varita mágica que compensa las desventajas de productividad. Pero no es tan sencillo. La depreciación tiene un impacto contradictorio sobre la rentabilidad esperada de nuevas inversiones. Hace más competitiva la producción nacional, pero al mismo tiempo encarece los medios de producción importados medidos en moneda nacional (al igual que ocurre con los componentes y partes importadas de los bienes nacionales). Esto significa que al momento de invertir se debe utilizar una porción mayor de plusvalía para importar un medio de producción que la que gastan los capitalistas de otros países; reaparece así la desventaja competitiva. La brecha productiva que la depreciación cambiaria se propone compensar, tiende a preservarse a causa de sus efectos sobre la inversión.



Se puede ver en el caso de la Argentina actual, que tuvo uno de los períodos más altos de crecimiento de su historia pero que no tuvo correlato equivalente en la inversión productiva. Aunque la tasa de inversión no es baja en términos históricos, sí lo es en relación a los requerimientos que habría conllevado seguir manteniendo altas tasas de crecimiento, como las que se registraron hasta 2008, y nuevamente en 2010 y 2011.

Lo más notorio es que la inversión resulta baja en relación la elevada rentabilidad promedio de la última década, lo que se puede ver de forma pronunciada en las empresas más grandes que forman parte de la Encuesta Nacional de Grandes Empresas (ENGE) relevada por el Indec2. Se trata de una característica estructural del capitalismo argentino: impone con las devaluaciones fuertes privaciones al pueblo trabajador, con la promesa de un desarrollo que, aunque ilusiona una y otra vez a sectores del progresismo. Es una ilusión falaz: el capitalismo es un sistema mundial integrado; dentro de él, la economía argentina se encuentra ya desarrollada como dependiente y atrasada. Puede cambiar los niveles relativos de dependencia, pero no subvertirla, sin trascender las relaciones de producción capitalistas.

La inflación, el fin del dólar caro y la corrida contra el peso
Otra contradicción del tipo de cambio depreciado surge por sus efectos sobre el nivel de precios. La devaluación desata un cambio en los precios, que a su vez genera condiciones para nuevos ajustes de los mismos, y como contragolpe también de salarios. Los que producen bienes transables trasladan a los precios locales los efectos cambiarios. Con la depreciación, cae de forma relativa la rentabilidad de los capitales radicados en áreas de bienes y servicios no transables, sectores que además favorecen un tipo de cambio bajo (peso apreciado) porque eleva la expresión en moneda mundial de la ganancia que realizan en el país. Por eso, ante una devaluación que eleva los precios de los bienes “transables”, los demás sectores también buscarán ajustar sus márgenes elevando precios. Esto contribuye a crear efectos de retroalimentación que pueden generar inflación. Esto ocurrió con posterioridad a 2002 en el país, pero con efecto retardado de varios años. La profunda recesión que se extendió entre 1998 y 2001 obligó a los sectores perjudicados a absorber los costos en lo inmediato. En estas condiciones, la devaluación tuvo inicialmente un traslado limitado a los precios de los bienes exportables y con componente importado, que no fue replicado.

La alta capacidad ociosa extendió durante varios años los plazos para los ajustes. Pero a partir de 2005 las condiciones económicas motivaron ajustes de precios en muchos largamente postergados, que eran a la vez respondidos con otros aumentos. Esto empujó a los trabajadores, que desde 2004 habían iniciado duras luchas para recomponer los salarios, a reforzar la presión para obtener aumentos y evitar que los nuevos ajustes de precios siguieran carcomiendo al salario. La profundidad del ajuste realizado en 2002 había dejado margen de tolerancia. Pero eventualmente los ajustes sucesivos de precios se transformaron en inflación, alimentada también por cuellos de botella sectoriales, la crisis energética y otros elementos3. En 2007, esto signa la entrada de una nueva etapa, donde aparecen los síntomas de agotamiento del “modelo” aunque sigue el crecimiento fuerte.

El kirchnerismo buscó alimentar la idea de que mantener la rentabilidad corporativa y la mejora paulatina de los salarios (partiendo del bajo piso de 2002) no era incompatible. Ante las primeras muestras de que esto no era tan así, puso en juego la carta fuerte con la que contaba: los recursos fiscales acumulados. El ajuste de 2002 también se había dado en el gasto público, que ese año cayó un 37 % por recortes y por la inflación. El default de la deuda pública que interrumpió los pagos hasta 2006 (salvo al FMI), y la mayor recaudación por la aplicación de retenciones a las exportaciones, contribuyeron a una holgura fiscal inédita. Estos recursos se usaron desde 2007 con el objetivo de atenuar las dificultades, a través de subsidios que solventaban una parte de la masa total de ganancias del capital, con el fin –no conseguido– de atenuar la presión alcista de los precios.

Al mismo tiempo, de la mano de la burocracia sindical, comenzaron los intentos de imponer techos a los aumentos de salarios. Con los subsidios el gobierno “internalizó” una presión imparable al aumento del gasto público. En vez de contener las contradicciones, estas se derivaron en una sangría de recursos. En 2007 los subsidios fueron de $14.600 millones, en 2014 serían de $140.000 millones. Como consecuencia de esto, el superávit fiscal se transformó en déficit, luego del pago de deuda, a partir de 2009. Dado que el financiamiento externo no era una alternativa (las últimas emisiones de bonos en 2007 pagaron una elevada tasa de 13 %), el gobierno buscó financiamiento a través de la ANSES y de otros organismos con fondos propios, y posteriormente en una medida cada vez mayor del BCRA. A la par de esto, cada vez confió más en la inflación como vehículo para un inconfesado ajuste: bajaba los gastos y aumentaba la recaudación en pesos nominales (aunque desvalorizados), liberando fondos. A pesar de estos malabares, cada año se hizo necesario ampliar las fuentes de financiamiento para cerrar el programa financiero. Todo esto, digámoslo de vuelta, para sostener el pago de la deuda y los subsidios a la ganancia capitalista.

En este esquema fue clave el saldo externo favorable que se observaba desde 2002, ya que permitía fortalecer las reservas del BCRA, cada vez más importantes para la política económica. Este superávit se explicaba básicamente por los niveles que mantuvo el superávit comercial (exportaciones menos importaciones) a causa del crecimiento en las exportaciones de granos.

El hecho de que el BCRA tuviera un nivel elevado de reservas, contribuyó durante los últimos años de diversas formas a sostener el esquema de financiamiento imprescindible para afrontar un gasto público en aumento: 1) permitió que una parte de las mismas fuera usada para pagar deuda pública externa, sin contrapartida de mayor endeudamiento del Tesoro (el Fondo del Bicentenario); 2) modificación de la Carta Orgánica del BCRA mediante, se amplió la posibilidad de adelantos transitorios al Tesoro, que hoy tienen un límite máximo de $162.000 millones, y es probable que se amplíen para aumentar el financiamiento; y 3) como la cotización del peso no se quedó inmóvil sino que el peso de depreció para compensar en parte la inflación (nunca con un salto como el de estos últimos meses), esto generó utilidades a la autoridad monetaria porque sus tenencias de dólares “valen” más en pesos, una ganancia ficticia pero que se transfirió de todos modos al tesoro para maquillar el déficit.
Sin embargo, aún con superávit comercial, en 2011 reapareció el fantasma de la “restricción externa”. Es decir, del estrangulamiento de la economía por falta de dólares, problema que muchos consideraban que era cosa del pasado. No es un resultado azaroso ni circunstancial, sino el emergente de las condiciones de dependencia y atraso que caracterizan al capitalismo argentino, y se mantuvieron incambiadas. Basta con ver los capítulos que explican la salida de divisas: el déficit industrial, el déficit energético, los pagos de la deuda, las remesas de capitales y la lisa y llana fuga de dólares, que durante todo el ciclo kirchnerista agregó no menos de u$s90.000 millones de activos de residentes argentinos en el exterior. Las dos últimas fuentes de salida de dólares se deben a la baja tasa de reinversión de ganancias que explicamos más arriba. El kirchnerismo convivió alegremente con estas gangrenas durante los años de crecimiento, porque a pesar de ellas el saldo comercial permitía mantener o acrecentar las reservas del BCRA. En 2011 sonaron las alarmas porque los dólares de la soja (y otros granos) ya no alcanzaban. Ese año concluyó con una caída en las reservas. Con esto peligraba la base estrecha sobre la cual se administraban precariamente los desequilibrios del esquema económico.

Ya desde ese momento, entramos en una nueva situación. Si el kirchnerismo buscó utilizar los recursos del Estado para colocarlo en el medio, como elemento de distensión de las relaciones entre las clases, conteniendo las aspiraciones populares pero permitiendo algunas concesiones, su política adquirió desde entonces de conjunto un sesgo contrario, el del ajuste. Eran los tiempos en los que comenzó a hablarse de la “sintonía fina”. Los techos al salario en niveles más bajos a la inflación; la reticencia a mover los mínimos del capítulo cuarto del impuesto a las ganancias que gravan al salario, acompañada de un discurso contra los supuestos privilegios de sectores obreros que en muchos casos debían pagar por ganar apenas el equivalente a una canasta familiar; las medidas aplicadas para preservar los dólares frenando las importaciones, fueron todas en ese sentido. Sin embargo, por la persistencia de la inflación, que siguió incentivando la huida del peso, la gangrena energética (junto al déficit industrial y en turismo) y el uso de dólares para pagar deuda, la presión sobre el dólar no hizo más que profundizarse.

Tiempos de ajuste
La devaluación representa un salto en calidad. Con esto buscan cortar la sangría de dólares, aparte de mejorar la rentabilidad de los sojeros y el resto de la economía, a costa de los asalariados. Junto a esto, el BCRA sube las tasas y retira pesos de circulación, contribuyendo al enfriamiento del crédito. Con ardides como obligar a los bancos a deshacerse de tenencias en divisas para volcar dólares al mercado, esperan contener el mercado hasta que se liquide la cosecha gruesa.

Pero la suerte del “modelo” está atada a lo que ocurra con los salarios, cuya contención es clave para afianzar el ajuste. Después de años de alimentar la promesa de mejoras paulatinas y sostenidas (“nunca menos”), otra vez y como siempre, el salvataje de la economía argentina impone hacer tragar a la clase obrera otro mazazo a los salarios. Conspira contra este objetivo la devaluación acelerada de enero que aumenta la presión inflacionaria.

Pero la devaluación prepara otros efectos que nublan el horizonte. A causa de los subsidios varios y el déficit energético, que se solventa con gasto público, la devaluación va a empeorar la situación fiscal o a apurar el recorte sobre los subsidios agravando la inflación. Además, por la deuda y el déficit del balance de pagos, el pronóstico actual es de una pérdida de reservas que podría llegar a u$s13.000 millones. Aún descargando el ajuste sobre la clase trabajadora, la perspectiva es que lejos de reordenarse las variables luego del salto cambiario, se va a acicatear la crisis fiscal, la inflación, y a realimentar la corrida sobre el dólar preanunciando nuevas devaluaciones. Aunque el gobierno ha logrado evitar que la pulseada terminara en un descontrol, el futuro está cargado de nuevas amenazas. Incluso si resultan los guiños al capital financiero internacional y emiten deuda, esto gana tiempo pero no cambia la tendencia de fondo.

Después de años en los que se dieron condiciones extraordinariamente favorables, se pone sin embargo en evidencia lo falaz de las ilusiones de que un capitalismo “en serio” escape de la sucesión de crisis recurrentes de la economía nacional, con su correlato de privaciones que recaen sobre los trabajadores. La única manera de evitarlo es que la clase trabajadora acaudille al conjunto del pueblo pobre para llevar adelante un programa para cortar los nudos gordianos de la dependencia y el atraso.

Blog del autor: puntoddesequilibrio.blogspot.com.

1. Como demostraba el actual ministro Axel Kicillof cuando todavía se decía economista “crítico”. Ver “La trayectoria de las ganancias después de la devaluación: la ‘caja negra’ del crecimiento argentino”, Notas de la Economía 4, CENDA, 2007.

2. Mercatante, E., “La Argentina, a 10 años de la salida de la convertibilidad: contradicciones recurrentes para la continuidad de la acumulación capitalista. Una mirada desde la teoría marxista”, Blog del IPS, www.ips.org.ar, 4-8-12.

3. Mercatante, E., “Las raíces de la inflación en la Argentina. Un análisis desde el marxismo”, disponible en www.ips.org.ar, febrero de 2013.

Fuente : Ideas de Izquierda

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