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sábado, 3 de mayo de 2014

Verbitsky reconcilia a los ‘dos demonios’


En el 40º aniversario de la digna retirada de la JP de Plaza de Mayo
Horacio Verbitsky acaba de producir un texto infamante.

Bajo el título “Lo que no pudo ser” (Página/12, 27/4), hace una reivindicación política de Perón en el enfrentamiento de éste con los Montoneros. Aquello fue, en realidad, una política para liquidar el ascenso obrero revolucionario que había iniciado el Cordobazo. En este marco, el ‘arrepentimiento’ de Verbitsky representa un apoyo abierto a una política declaradamente contrarrevolucionaria e, incluso, inevitablemente terrorista.

“Pese a la prohibición de entrar a la plaza sin carteles, las columnas de la Tendencia los ingresaron y los desenrollaron dentro del perímetro prohibido. Las consignas que se cantaban eran ofensivas hacia Perón y la esposa y vicepresidente de Perón, Isabel Martínez, y de crítica inflexible con su gobierno. Ante la insultante respuesta presidencial, los militantes dieron media vuelta y emprendieron la retirada, mientras sus desorientados responsables trataban de contenerlos. Nada revela mejor la falta de conducción, la ausencia de análisis sobre las consecuencias de sus propios actos”.

Los jóvenes que fueron movilizados a la Plaza por la dirección de Montoneros, habían sido víctimas fundamentales de la ofensiva feroz del gobierno de Perón contra las libertades democráticas, de mayor regimentación de los sindicatos y el movimiento obrero y de las desapariciones forzadas y las ejecuciones de la Triple A. Apenas pocas semanas antes, en Villa Constitución -Santa Fe-, la UOM había pasado a manos del clasismo y el gobierno peronista, como respuesta de fondo, comenzó un ataque que culminó en la militarización de la cuenca del Paraná, desde Ramallo (Buenos Aires) a San Lorenzo (Santa Fe). La JP fue a una disputa imposible por la Plaza contra el gobierno de las Tres A, pero al menos fue capaz de convertir su impotencia política y estratégica en un acto de dignidad -retirándose de ella cuando Perón comenzó a atacarla en forma abierta.

HV acomoda su nueva interpretación política a las circunstancias actuales, o sea cuando apoya el alineamiento de CFK con Chevron, Repsol, el Club de París, la Corte de Estados Unidos y la política de ajuste contra los trabajadores. Es eso lo que debíamos haber hecho en la década del ’70, dice ahora, en su cómoda función de panegirista de la entrega. No solamente esto, sino que, en lo que debiera interpretarse como un acto de arrepentimiento nacional, como el que piden Duhalde y los editoriales de La Nación recuerda “que en la Esma de la dictadura fueron asesinadas la fundadora de Montoneros, Norma Arrostito, pero también Norma Kennedy, que junto con López Rega organizó la emboscada del 20 de junio de 1973″ en Ezeiza. Norma Kennedy había sido una luchadora popular, durante la mayor parte de su vida activa, que en el 73 se pasó al lopezrreguismo. Verbitsky la invoca con la sucia finalidad de reivindicar al régimen antiobrero de hace cuarenta años, que encabezaron Perón, López Rega y el coronel Osinde. ‘Redondea’, de este modo, la justificación histórico-teórica del apoyo a los K, sin que le importe un bledo mandar al basurero de esa misma historia a la ‘juventud’ con que los mismos K han abonado su relato ‘heroico’ durante la década última.

Para Verbitsky, Ezeiza no fue una masacre organizada por la derecha enquistada en el gobierno “nacional y popular” de entonces sino el “punto inicial del desencuentro (sic) que no haría más que profundizarse”, y agrega que “la pretensión de imponerse por la capacidad de movilización frente al palco… tipifica esa política desatinada”. Es claro que Montoneros entró en el juego de una provocación, pero lo que postula ahora Verbitsky es el ‘reencuentro’ con la derecha peronista, incluso la terrorista.

“Nadie estuvo a la altura de la responsabilidad histórica… y todos contribuyeron a la tragedia”. Verbitsky reconcilia a “los dos demonios”, dentro de los límites del peronismo, pero fue el mismo peronismo el que puso a Harguindeguy como jefe de la Federal y a Videla al frente de las Fuerzas Armadas, pavimentando el camino del golpe).

Verbitsky no dedica una palabra a la crisis política de conjunto (incluidos los golpes militares en Bolivia, Uruguay y Chile) ni la lucha de las masas. Con el Cordobazo irrumpieron en la vida política nacional nuevas capas de trabajadores y jóvenes, que reclamaban un ‘gobierno obrero y popular’ y una ‘patria socialista’. Verbitsky reduce una lucha de clases gigantesca, que condicionaba a Perón a jugar un rol contrarrevolucionario, a un minué entre el foquismo pro Perón de Montoneros, de un lado, y el terrorismo de Perón y acólitos, del otro.

El regreso de Perón fue pactado con la dictadura de Lanusse a través de sus voceros civiles: la UCR y Balbín y todo el arco gorila. Fue el recurso político de la dictadura militar frente a un ascenso histórico de las masas. A Perón lo regresaron para contener al movimiento popular o, llegado el caso, masacrarlo, como empezó a hacerlo. Perón llevó a la tumba al movimiento nacional de contenido burgués y fue responsable de iniciar la peor tragedia para los explotados de Argentina.

Verbitsky se ha asociado con esa experiencia contrarrevolucionaria, en ocasión del 40º aniversario de la retirada de la JP de la Plaza de Mayo. Lo ha hecho en una escueta nota, en un fondo de página, para disimular la vergüenza que debe sentir por sí mismo.

Christian Rath


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