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domingo, 6 de septiembre de 2015

Trotsky y su legado

#Prensa Obrera 1379 | Por Partido Obrero

No debiera sorprender que, ante cada nuevo aniversario del asesinato de León Trotsky, se desaten polémicas cruzadas en el ámbito de la militancia política y en el de la academia referidas a la valoración de la trayectoria del revolucionario, su papel en la historia, su obra y su legado(*). Este simple hecho, de por sí, revela que la polémica entablada en torno a la vigencia, o no, de la perspectiva histórica defendida por León Trotsky, aun habiendo transcurrido 75 años de su muerte, se encuentra en debate y no ha logrado ser "borrada del mapa". Es lo que reconoce Héctor Landolfi en su columna de opinión del 21 de agosto pasado en este diario, titulada "Las matanzas del camarada Trotsky", en la que deja traslucir su sorpresa por el "reverdecimiento del trotskismo en los márgenes australes del mundo", aludiendo al Partido Obrero y al Frente de Izquierda. 
 
Digamos a modo de introducción que, contradiciendo la visión interesada que sentencia al revolucionario ruso como un carnicero sin escrúpulos, Trotsky fue parte de la corriente política que se opuso y luchó contra la Primera Guerra Mundial y uno de los líderes indiscutidos de una revolución que triunfó reclamando la paz, en oposición a la guerra imperialista. En el Programa de Transición que León Trotsky redactó en 1938, se dotó al movimiento obrero socialista internacional de los instrumentos programáticos para enfrentar la catástrofe humanitaria que engendra la bancarrota capitalista. Allí, llamó especialísimamente a los trabajadores y a la juventud del mundo a enfrentar la nueva conflagración mundial que se encontraba en gestación, levantando la consigna "confiscación de las ganancias y expropiación de las empresas que trabajan para la guerra". La violencia revolucionaria que León Trotsky y los socialistas reivindicamos se distingue de cualquier otra por ponerse al servicio de la aplastante mayoría de la sociedad, en detrimento de una clase minoritaria y explotadora que maneja los hilos del aparato represivo (el Estado) y que arrastra a la humanidad a la barbarie. Esa violencia responde, por ende, a una necesidad histórica: la de abrir paso a una nueva sociedad emancipada de la explotación y el yugo capitalista.
 
Landolfi, en su artículo, no indaga sobre cuáles serían las causas que fundamentan el "reverdecimiento" del trotskismo en esta parte del hemisferio. Le hubiera sido útil, para eso, detener su atención en el impacto que tiene en la región la crisis capitalista mundial, que casualmente el 24 de agosto pasado se ha anotado un "lunes negro" en las bolsas de todo el mundo. La profundización de la recesión brasileña se combina con una aceleración de la fuga de capitales, mientras arrecian los despidos masivos de trabajadores. En paralelo, Argentina arrastra una recesión por tercer año consecutivo que se prepara para ingresar al cuarto, se desploma el superávit comercial y enfrenta una enorme crisis de deuda. Uruguay sufre la caída de la producción industrial y de las exportaciones, mientras aumenta el déficit fiscal y el desempleo. La caída internacional del precio del petróleo golpea especialmente a Venezuela, que luego de casi dos décadas de gobiernos bolivarianos no ha superado su condición de país rentista y es acosado por una inflación galopante. 
 
En una palabra, la bancarrota capitalista mundial desatada en el 2007 ha puesto en la picota a los gobiernos nacionalistas y centroizquierdistas de Sudamérica que ascendieron al poder con posteridad a la crisis del 1999-2002. 
 
Una vez más se hicieron evidentes los límites insalvables de las burguesías nativas: por un lado, para romper los lazos de sometimiento que el imperialismo les impone a los países atrasados; por el otro, para desenvolver las fuerzas productivas de sus propios países y elevar las condiciones de vida de las masas. Los Estados latinoamericanos no pueden hacer frente a sus problemas estructurales si no es por medio de una planificación, la que supone una gestión económica y política de la clase obrera. Se vuelve a poner de manifiesto la vigencia y la actualidad de la tesis más renombrada de León Trotsky (revolución permanente), que señala a la clase obrera de los países semicoloniales como el único sujeto social capaz de liderar un proceso de emancipación nacional y social, acaudillando detrás de sí al resto de las clases oprimidas. 
 
El desarrollo de la crisis capitalista ha echado definitivamente por tierra el relato esgrimido por los gobiernos vernáculos, que reivindican una unidad latinoamericana sobre bases capitalistas. Del mismo modo que sucede en el Viejo Continente, donde los choques entre los distintos Estados han puesto de manifiesto las tendencias disolventes que se incuban en la Unión Europea, los Estados latinoamericanos se revelan como los garantes de los intereses de sus burguesías nativas. Con la devaluación de la moneda china, la caída de los precios de las materias primas y la caída del comercio internacional, en América Latina se acentúa la competencia interburguesa, como lo demuestran las devaluaciones en Brasil y la que se prepara en nuestro propio país. La unidad latinoamericana solo será posible sobre bases socialistas, su realización ha quedado enteramente reservada a la intervención histórica que desenvuelvan los obreros y campesinos del continente. 
 
La acción política del Partido Obrero en la última década tuvo como eje fundamental levantar una oposición estratégica -es decir desde el campo del socialismo- al nacionalismo burgués encarnado en los gobiernos de los Kirchner. Los progresos del Partido Obrero y el Frente de Izquierda -que no solo se miden en el terreno de la representación parlamentaria sino también en el terreno sindical y en el del movimiento de la juventud- están íntimamente vinculados a esa lucha fundamental.

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